Opinión

El abogado del diablo

Por Domingo Caba Ramos

Nació en San Francisco de Macorís el 18 de julio de 1931. Abogado prominente, sofista de fácil, fluido y engañoso verbo, y presidente de un partidito o “ventorrillo” político de parasitaria naturaleza, compuesto por sus cuatro hijos y quizás algunos de sus nietos u otros parientes cercanos. Un supuesto “partido”, especie de club familiar llamado Fuerza Nacional Progresista, estructurado con  el único propósito de luchar para que el PLD se mantenga siempre en el poder. Antes dedicó esfuerzos similares para que Joaquín Balaguer y el PR gobernaran de manera absoluta.

Consciente de su histórica impopularidad o de que la mayor parte de los dominicanos “no lo soportan”, el ejercicio del poder siempre lo ha concebido para otro, nunca para él. Cuando ha intentado competir por la presidencia de la República nunca ha alcanzado los 8 mil votos.

Se trata de un ser que parece haber nacido para incubar y expeler odios, maldad, intrigas y conflictos. Por eso, su simple tono de voz genera angustia, intranquilidad, desasosiego y depresión.

Trujillista de turbia imagen y defensor de los gobiernos represivos que durante los famosos doce años encabezó Joaquín Balaguer, el siniestro personaje que nos ocupa siempre ha estado al lado del mal y presto a defender los peores intereses. Por eso ha sido señalado durante años, y con sobradas razones, como “El abogado del diablo”.

Su nombre, desafortunadamente y con letras malditas, yace grabado en mi memoria desde 1978, año en cuyas elecciones presidenciales desempeñó un rol protagónico o contribuyó de manera significativa para que se materializara el "Madrugonazo" o "Fallo Histórico", maniobra mediante la cual Joaquín Balaguer logró despojar fraudulentamente al Partido Revolucionario Dominicano de cuatro senadores, lo que le permitió a su partido mantener una mayoría en el Senado.

Ante tan nefasta y antipatriótica maniobra, unida a los fraudulentos intentos del presidente Balaguer de continuar en el Palacio Nacional, el pueblo amarró sus voces en un solo grito de protesta para reclamar que se respetara la voluntad popular que el líder reformista, con el apoyo del “abogado del Diablo” y otros seres de las tinieblas, pretendían robarle a ese mismo pueblo. Este, en lugar de demandar que se respetara dicha voluntad, se alió al Partido Reformista para vulnerarla y pisotearla.

Por eso no me extrañó que desde que el actual Procurador General de la República, Francisco Domínguez Brito, en un gesto que todos a quien le duela nuestro país debió apoyar y aplaudir, anunció recientemente que solicitaría a la Suprema Corte de Justicia reactivar el expediente de corrupción en contra del senador Félix Bautista, la reacción adversa del famoso abogado, hoy presidente de la Dirección General de Ética e Integridad Gubernamental, no se hizo esperar.

El hombre de la “ética e integridad gubernamental” no está de acuerdo de que se reabra un expediente acusatorio en contra de un funcionario acusado de cometer actos de corrupción. No está de acuerdo con que se procese a los funcionarios corruptos y antiéticos, y mucho menos si esos funcionarios formaron parte de la administración que encabezó su jefe Leonel Fernández.

Ese mismo hombre de la “ética e integridad gubernamental” fue el abogado de un banquero sentenciado y enviado a la cárcel por incurrir en acciones corruptas y antiéticas: Ramón Báez Figueroa. Aunque todos lo llaman Vincho, el nombre de pila del antiético Director de Ética de quien estamos hablando es Marino Vinicio Castillo Rodríguez.

Ese es el Vincho histórico. El ser a quien por sus venenos verbales, hasta el expresidente Leonel Fernández le temía “como el Diablo a la cruz”, razón por cual nunca se atrevió a separarlo de su gobierno.

Danilo Medina, no sé si también por temor o agradecimiento, va, igualmente, por el mismo camino: no solo lo confirmó en el puesto en el que lo había nombrado Leonel, sino que lo ascendió de nivel.

Ese es el auténtico Vincho Castillo: para la minoría, quizás un Dios o héroe nacional que por el miedo que infunde en sociedad dominicana, se cree incuestionable e intocable. Para la mayoría, un verdadero “Abogado del Diablo”, y uno de los seres a quien el pueblo dominicano nada, absolutamente nada, tiene que agradecerle.

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