Con una diferencia de 46 años, Estados Unidos escenificó la semana que transcurre otra evacuación militar y diplomática de emergencia en el continente asiático, esta vez en Afganistán, y con la que busca poner fin a una intervención que a todas luces violaba la soberanía de este país, ubicado en el Asia Central.
Ocupar militarmente a la fuerza, o inmiscuirse en los asuntos internos de otras naciones ha sido una de las políticas de dominio que gustan implementar las naciones consideradas potencias mundiales como EE.UU., Rusia y en menor medida China, para imponer su hegemonía fuera de sus territorios.
Vietnam del Norte, con el apoyo inicial de la República Popular China y la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), quería expandir su régimen comunista atacando militarmente a Vietnam del Sur, que tenía como aliados a Francia y EE.UU.
Intentando impedir la unificación de un régimen comunista en Asia, es que Estados Unidos invadió Vietnam del Sur en noviembre de 1955.
Las pérdidas en vidas humanas en esta cruenta guerra de Vietnam sobrepasaron los 5 millones, a lo que se agrega millones de desaparecidos e incalculable número de heridos.
Los EE.UU. reportaron que, cerca de 60 mil de sus soldados murieron en combate y más de 1,500 fueron declarados desaparecidos.
La primera retirada forzada de EE.UU. del continente asiático se produjo en Saigón, antigua capital de Vietnam del Sur (hoy Ho Chi Ming), en abril de 1975, y la segunda en Kabul, capital de Afganistán, que se inició el pasado 15 de agosto y deberá concluir el día 31.
Está claro que los norteamericanos y sus aliados no huyeron de Kabul, como lo hicieron en Saigón.
El avance de los guerrilleros del Viet Cong a Saigón fue a tiro limpio, obligando a los EE.UU. a evacuar el personal militar y diplomático de su embajada en medio del caos. Mientras, el retiro que se está produciendo en Kabul ha sido menos deprimente, más pacífico y negociado previamente con los talibanes.
Después de 20 años de misión militar, EE.UU. y sus aliados de la OTAN se retiran de Afganistán, dejando atrás miles de militares norteamericanos y afganos muertos en combate, y millones de dólares invertidos por Washington en su intento de sostener el régimen islámico del hasta hace poco presidente Asharaf Ghani, quien huyó al exterior antes de la llegada de los talibanes.
EE.UU. invadió Afganistán en octubre del 2001, un mes después de los actos terroristas en la que, usando aviones comerciales, derrumbaron las torres gemelas el 11 de septiembre en Nueva York, y estrellando otra nave aérea en el Pentágono, dejando un saldo de más de 3 mil muertos y decenas de heridos.
El expresidente George W. Bush, días después de esos atentados terroristas, dijo que los mismos fueron organizados por Al Qaeda.
En respuesta política-militar a esos sorpresivos ataques en suelo estadounidense, Bush ordenó intervenir militarmente a Afganistán, reclamando a Naciones Unidas, su derecho a la defensa.
El entonces inquilino de la Casa Blanca sabía que los atacantes de las torres gemelas no eran afganos sino saudíes, bajo la dirección de Osama Bin Laden, quienes se refugiaron en Afganistán luego de los ataques.
En poco tiempo, la coalición internacional encabezada por EE.UU., la Alianza del Norte y otros grupos locales amparados por la OTAN, invadieron Afganistán y desalojaron a los talibanes en 2004, replegándose estos hacia las montañas.
Los guerrilleros afganos, junto a sus aliados los muyahidines, nunca se rindieron. Por espacio de casi 20 años se mantuvieron realizando ataques sorpresivos a objetivos militares norteamericanos y del ejército afgano, aliado a EE.UU.
Se debe recordar que la Unión Soviética abandonó Afganistán en la década de los 80’s, al no poder derrotar a los talibanes.
Washington gastó más de 80 mil millones de dólares en armar y equipar al ejército afgano para que combatieran con eficacia a los talibanes.
La Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), descubrió luego que Bin Laden y su grupo se encontraban en una zona residencial aislada y privada en Pakistán, ordenando de inmediato un operativo de captura o muerte al sindicado como principal responsable de los ataques del 11 de septiembre.
Barack Obama, entonces presidente de EE.UU., autorizó el sorpresivo asalto, el cual fue ejecutado durante la madrugada del 2 de mayo de 2011, por una unidad especial de los Navy Seal, quienes lograron con éxito su misión, matando a Bin Laden y varios de sus lugartenientes en su residencia en Bilal, Abbottabad, Pakistán.
Consumado el hecho, el presidente Obama ordenó el retiro escalonado de los soldados de EE.UU. en Afganistán.
Donald Trump reafirmó en 2019 el retiro de las tropas de Afganistán, previo acuerdo firmado en Moscú entre los EE.UU., la OTAN y los talibanes, quienes se comprometieron, entre otras cosas, a respetar los derechos fundamentales de los afganos, de la mujer, educación escolar infantil y evitar que Afganistán sea refugio de los terroristas.
Ante esos acuerdos, es cuando Trump accedió a reducir drásticamente el número de tropas en 2020 hasta sacar en agosto de 2021 la totalidad de las tropas de Afganistán.
Al llegar al poder, en enero de este año, el presidente Joe Biden se comprometió a mantener ese cronograma de retirada, asegurando que los EEUU nunca intentaron construir una nueva nación democrática en Afganistán, y que su único interés fue prevenir un nuevo ataque terrorista en suelo norteamericano.
Se estima que el número de bajas de norteamericanos muertos en combate en Afganistán entre 2001 y 2020 ascendió a cerca de 1,900.
Es tiempo ya de que los EE.UU. detengan su política intervencionista que solo genera pérdida de vidas jóvenes norteamericanas y millones de dólares que salen de los bolsillos de los contribuyentes.