Desde Norteamerica

EE.UU., y el mito de la “unidad política”

Por Marcos Antonio Ramos

El Presidente Barack Obama, que ha salido, al menos por el momento, como triunfador de la reciente crisis política en torno a la aprobación del presupuesto, la cuestión del “techo” de la deuda externa y la actitud negativa de la mayoría republicana de la Cámara de Representantes, ha hecho una apelación a lograr la unidad política en este momento difícil de enfrentamiento sobre todo con un sector que parece dominar por ahora el Partido Republicano. Se trata de politicos que hacen que hasta el anterior Presidente George W. Bush pueda, comparativamente, ser considerado progresista. A todo eso se añade una larga lista de asuntos surgidos de este período de cierre de gobierno, temporal y parcial pero que ha dañado  no sólo la economía nacional e internacional sino también la imagen de la nación y la credibilidad de sus gobernantes, sobre todo de la Cámara de Representantes.

El mandatario ha acudido a un discurso conciliador en el cual se afirma que no hay vencedores en todo esto, a la vez que ha pedido un mínimo de unidad política, al menos a lo que se considera el sector más confiable y responsable de la oposición. Sin duda que el Presidente ha hecho bien con sus palabras, pero el cuadro es mucho más complicado.

Un gobierno eficiente con una oposición responsable es quizás el mejor de los remedios para una crisis, pero la unidad es otra cosa. Claro que el actual ocupante de la Casa Blanca no pretende obtener unanimidad, ni siquiera unidad en el sentido más estricto de la palabra. También es cierto que cierto grado de unidad es alcanzable, al menos por un tiempo y ante situaciones que afecten a todos, como lo son una guerra o una crisis económica. Ahora que se ha logrado un acuerdo temporal, pero suficiente para calmar a los que controlan la economía, no necesariamente funcionarios electos, puede reflexionarse un poco más abiertamente sobre las realidades de nuestro tiempo, que a veces son las de todos los tiempos.

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Tristemente, si los demócratas quieren gobernar realmente tendrán que lograr mayoría en la Cámara para fortalecer su actual control de la Casa Blanca y el Senado

Para acudir a un período conocido y no demasiado lejano, al menos para los sexagenarios como el que escribe este artículo, la Segunda Guerra Mundial permitió la formación de gobiernos “de unidad” en países como la Gran Bretaña. En la URSS, con su sistema de partido único y de ciudadanos “sin partido”, se logró al menos cierta unidad, o más bien entendimiento, entre el Partido Comunista y la Iglesia Ortodoxa Rusa con el propósito expreso de derrotar la amenaza nazifascista. En EE.UU., el Presidente Franklin Roosevelt designó, como otros presidentes en momentos difíciles, a varios miembros del partido contrario en importantes cargos del gabinete y al frente de ciertos proyectos.

En la Cuba de aquel entonces, el Presidente Fulgencio Batista, elegido en 1940, designó en su gabinete a miembros de todos los partidos que quisieron participar. Hasta el Partido Unión Revolucionaria Comunista (después conocido como Partido Socialista Popular) logró que su presidente histórico el doctor Juan Marinello Vidaurreta, uno de los grandes intelectuales cubanos de todos los tiempos, así como uno de sus teóricos con mayor formación intelectual, economista y maestro en la filosofía marxista, el doctor Carlos Rafael Rodríguez, fueran miembros del Consejo de Ministros.

Pero se trataba de arreglos muy temporales y en medio de una guerra espantosa. Y a pesar de todo eso, Roosevelt siguió recibiendo en la prensa grandes ataques de sus adversarios. No olvidemos que Roosevelt  fue constantemente acusado por los republicanos, hasta durante la guerra, de ser “socialista” y “traidor a su clase social”, a pesar de haber sido en realidad el salvador de un capitalismo que se hundía durante la Gran Depresión y al cual glorificaban tanto republicanos como demócratas.  En ese mismo período, en Cuba, el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) se negó a formar parte de la administración de aquél a quien denominaban “el sargento taquígrafo Batista” y de quien se burlaban llamándole “el mulato lindo”. Batista sería luego el mismo que después les entregaría el poder mediante elecciones impecables en 1944, las únicas en que el gobierno admitió el triunfo de un candidato presidencial que se le oponía abiertamente. Curiosamente, Batista les arrebataría después el poder mediante un golpe militar en 1952, derrocando al democrático, pero supercorrupto gobierno del auténtico Carlos Prío. Las “unidades políticas” son por lo general temporales, parciales y sujetas a manipulación. Y los viejos agravios o diferencias no mueren por decreto o mediante discursos.

Todo lo anterior puede matizarse país por país y período por período. A veces existe, se impone, es absolutamente necesario, el mayor grado de unidad, por imperfecta que ésta sea, pero el Presidente de los 50 estados de la Unión norteamericana y sus territorios “asociados”, “incorporados” y “no incorporados”, por utilizar el lenguaje del gobierno federal, debe conocer muy bien que desde el día en que se anunció su triunfo electoral, la oposición decidió hacerle la guerra, hasta el punto que el máximo lider senatorial republicano anunció, hace mucho tiempo, que la prioridad de su partido debía ser impedir su reelección. Es decir, que eso era más importante que aprobar presupuestos, evitar el problema del “techo” de la deuda y todo lo demás.

Así se comportan con frecuencia líderes de ambos partidos políticos. La obsesión con triunfar en las elecciones, a cualquier costo dentro de las limitaciones o ventajas del sistema, ha prevalecido sobre cualquier intento de unificarse para hacerle frente a los mayores problemas. El pastel es muy grande, tanto que impide repartirlo, lo cual parece una contradicción. La realidad política estadounidense al respecto consiste en que con excepciones fundamentales, como en los períodos presididos por Ronald Reagan y Bill Clinton, aunque sin “unidad política”, los presidentes pudieron gobernar con bastante efectividad.  Aquí no surgen con frecuencia líderes como Reagan y Clinton.

Tristemente, si los demócratas quieren gobernar realmente tendrán que lograr mayoría en la Cámara para fortalecer su actual control de la Casa Blanca y el Senado. Y si los republicanos quieren echar abajo el “Obamacare” y todo lo demás, tendrán que triunfar en el 2016 en las elecciones presidenciales y obtener mayoría en ambos cuerpos colegisladores. Mientras tanto, con el ambiente actual y la feria de extremistas y demagogos de distinto cuño, la “unidad política” solicitada razonablemente por el Presidente, será más un mito que un objetivo que se puede alcanzar.

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