¿Hace falta separar al hombre del escritor, a su vida de sus libros? ¿O debe considerarse todo, hombre, escritor, vida y libros como la misma cosa? Estas preguntas dividen a los lectores en bandos difícilmente reconciliables. Los hay que pueden sumergirse hasta el cuello en un buen libro sin importarles la vida de su autor. Los hay también que no tocarían ni con la puntica del meñique una obra maestra si el escritor – o más bien el hombre – no es de su agrado.
El último grupo, el que no distingue entre hombre y escritor, entre vida y obra es, con mucho, el más numeroso. Su animadversión por ciertos libros es causada, sobre todo, por la ideología o la personalidad de sus autores, o por una mezcla de ambas. Y de este desencuentro no se han librado ni obras maestras.
La política lo politiza todo, hasta la literatura. Así, muchos “reaccionarios” se abstienen de leer a García Márquez, por “castrista” y muchos “castristas” de leer a Vargas Llosa, por “reaccionario”. Muchos “rojos” no leen a Cela por “franquista” y muchos “franquistas” no leen a García Lorca por “rojo”.
A esto se suman los que no leen a García Márquez por “vulgar”, a Vargas Llosa por “altanero”, a Cela por “mal educado” y a García Lorca por “homosexual”.
Es evidente que es una necedad confundir al hombre con el escritor.
Céline quizás sea el mejor ejemplo. Eminente escritor francés, autor de obras maestras como “Viaje al final de la noche”, fue también antisemita y condenado por colaborar con los nazis.
Malraux lo definió magistralmente: “un pobre diablo, un gran escritor”.
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No existe una mejor traducción del “pauvre type” de Malraux que “pobre diablo”. Dice el diccionario que un “pobre diablo” es un hombre bonachón y de poca valía. Edward Chá es un pobre diablo. (Que no se queje: lo de bonachón le va de ñapa). Edward Chá es pura postura. Su vocación de provocador es pura impostura. Como provocador no vale una guayaba podrida. Y esto por cuatro razones.
En primer lugar, un provocador de verdad no tiene vacas sagradas. Un provocador de verdad es un iconoclasta que no deja santo entero ni en su sitio. Sin embargo, en sus ácidos escritos, Chá no toca ni con la espina de una rosa ni al asesino Balaguer ni al corruptor corrupto Leonel ni a los nazistas Vinchos. Es evidente que Chá tiene diablos de su devoción.
En segundo lugar, un provocador de verdad tiene piel de rinoceronte: es inmune a las reacciones de los demás. Sin embargo, Chá tiene piel de papel de cebolla. Muchas veces se deshizo en explicaciones, dolido por las críticas de los lectores a los que provocó.
En tercer lugar, un provocador de verdad es valiente: asume sus provocaciones hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, Chá ha debido tragarse sus provocaciones y pedir excusas en más de una ocasión, por miedo a procesos por difamación y “amenazas de muerte”.
Finalmente, a un provocador le basta su propia provocación. Sin embargo, Chá pretende, además, las simpatías de los provocados. Una vez manifesté en ACENTO mi repudio a uno de sus artículos, en los que abogaba por el “dale p’abajo”. Chá no solo no me lo agradeció (el provocador no es nadie sin la indignación de sus provocados), sino que me acusó de no hacer gala de la “solidaridad” que debe reinar entre “colegas” (entonces escribía en ACENTO).
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El que Chá sea un pobre diablo no quiere decir que no sea un buen escritor. No vi talento en sus opiniones pero sí en cómo las expresaba. No he leído su libro, por lo que me abstendré de emitir juicios (cosa que no hace con otros su líder e intelectual de papel vejiga, Leonel Fernández). Pero estoy tentado a leerlo.
Primero, porque pertenezco al grupo de lectores que hace abstracción de la persona detrás de la pluma. Cela era un grosero, pero bordó obras maestras. Céline – al igual que Knut Hamsun, por cierto – era un nazista, pero leyendo “Viaje al final de la Noche” alcancé cotas de satisfacción pocas veces igualadas.
Y segundo, porque he leído – no sin cierta sorpresa, lo confieso – la crítica hecha por José Luis Taveras, a quien no conozco, pero de cuyo rigor intelectual, rarísimo entre nuestros escritores, me fío.
Me comprometo a publicar una crítica imparcial de la novela de Chá. Que alguien me la preste, por favor.