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El Dios: historia de telenovela

Por Tony Pérez

Pedernalesha erigido dioses terrenales con sus cortes de adulones para que le rediman de su destino azaroso. El médico Moisés Marchena ha sido el más resonante de la historia de este pueblo empobrecido del extremo suroeste dominicano.

Llegó por primera vez, a principios de los 90, discreto, amistoso, agarrado de la mano de una mujer, y se hospedó en la posada de Socio, en la Duarte frente al Palacio de Justicia. Vestía con suéter, pantalones jean cortos y chancletas, y nunca se apeaba de encima una mariconera.

Agotaba las horas del día paseándose por las anchas calles, y, de la noche, jugando dominó con jóvenes que salían de la cancha de basketball cercana. 

Durante tres semanas, aquel turista intrascendente repitió la escena. Pero un día, “cansado del frío de Nueva York”, volvió para quedarse… Y ahí mismo comenzó su parafernalia con su mina de dinero que unos atribuyeron a fraude al Medicare, otros, al narcotráfico, y otros, a la falsificación de dólares.

Hasta su muerte “rara” en la cárcel, a mediados de noviembre de 2010, sus excentricidades fueron recurrentes. Sus acciones semejaban las de un personaje de la telenovela “Sin tetas no hay paraíso”, basada en el libro homónimo sobre el mundo de los narcos (2006), de Gustavo Bolívar.

Compró el local del hotelito del teniente Nin, en la Libertad casi con Santo Domingo, instaló una empresa de cable y ordenó a sus técnicos a que tiraran las líneas por las ventanas de las viviendas de todos, incluyendo a la gobernadora Evelyn Khoury, al comandante policial Pedro Candelier y al párroco Raúl Pérez, aunque estas últimas personas, lo rechazaron. Otros, los menos, botaron los alambres a la calle.

El “Dios” tenía sin embargo su propia biblia y su templo. La inauguró con una fiesta en plena calle, con Los Rosario. Luego contrató a Fernando Villalona para que amenizara un baile a sus pocos empleados en el patio de su hotel.

Compró un autobús para transporte gratis a Barahona y la capital. Ordenaba a la población a que retirara todos los produtos de los colmados cercanos. Ni un grano de arroz quedaba. Él pagaba.

Rompía limpiabotas y bicicletas de niños solo para verles llorar, impotentes, y luego solazarle calmándoles con un fajo de dinero superior al valor del daño causado.

Camino a la playa, pagó a precios extravagantes viviendas y apartamentos de bajo costo, pese a la nostalgia de los dueños. Y convirtió aquello en cómodas villas y hoteles. Pocos resistieron la tentación de dos o tres de millones de pesos por una vivienda rutinaria donada por el gobierno de Balaguer.

Organizó actividades deportivas, gastó millones en páginas de periódicos nacionales, llevó personalidades del extranjero y de la metrópoli. Montó en la capital actos de reconocimiento a todo pedernalense que se le ocurriera, y hasta entregó certificados con orlas y todo.

Compró tierras por doquier. Su nombre suena aun en cada piedra del gran robo de Bahía de las Águilas y en la depredación de los manglares frente a la playa de Bucanyé, en el mismo pueblo, donde había comprado al cubano Daniel, de no grata recordación. Luego instaló --nadie sabe cómo-- un furgón que le servía de casa, y un faro que alucinaba. Poco le importó el malestar social provocado por su agresión.

La denuncia sobre tal crimen, publicada en un reportaje por Ultima Hora movilizó al Presidente Balaguer, quien –según confesó después en su casa el secretario de las Fuerzas Armadas, Constantino Matos Villanueva: “Recibí órdenes estrictas del Presidente para sacar eso de ahí”. Confesó, sentado en su mecedora: “Lo saqué con un helicóptero y me lo traje preso”.

Para el “Dios”, eso era inaceptable. Cuentan que llamó al vicepresidente Jacinto Peynado y le advirtió sobre la situación. “Yo he invertido mi dinero en la campaña”.

Pronto llegaría orondo, a bordo de un helicóptero que, según él, pertenecía al Vice. Abajo, en la fortaleza, tres Mercedes Benz idénticos y una hilera de motociclistas previamente “abastecidos”, esperaban con estruendosos aplausos. Allí inició la ruidosa caravana que recorrió todas las calles, celebrando el triunfo del “mi papá”.   

Su corte de áulicos era interminable: desde legisladores, abogados, ingenieros, periodistas y políticos, hasta cuentapropistas y desarrapados. Sus humillaciones y desprecios provocaban los aplausos de los cortesanos. Disentir de sus exabruptos los alborotaba. Y llovían las descalificaciones y amenazas. Constituían uno de sus anillos de protección.

Marchena ya no era el turista de poca monta, ni el forastero humilde y discreto que había llegado a la posada de Socio. En poco tiempo se convertiría en “Papá”, “Dios”, adulado casi por todos. Ya era un Moisés arrogante, enigmático, abusador, que gozaba con arrastrar dignidades.

Según fuentes de su entorno, el consumo de alguna sustancia le impulsaba a menudo al aislamiento en su lujosa morada. Se quedaba en calzoncillos y comenzaba deambular como loco, solo, durante días. Nadie podía acercarse.

En ese momento parecía un guiñapo, muy diferente a cuando se tiraba en su tumbadera, al lado de su piscina, rodeado de chicas, menores o no, que le hacían cosquillas con plumas, mientras los mozos más formales del mundo le satisfacían todos sus gustos, sin derecho a equivocarse, mientras la recua de lambones esperaba ansiosa su orden para tirarse al agua con todo y traje formal. 

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