Tiempo para construir

Diálogo del ateo y la joven creyente en Dios

Por Fabio Abreu

A los jóvenes estudiantes de Comunicación y Filosofía, de quienes he aprendido mucho más de lo que ellos imaginan.

En el mes de febrero del año 2018, un estudiante de Filosofía, declarado ateo, y una chica creyente en Dios dialogaban sobre su existencia. Ambos cursaban la carrera de Filosofía de la Universidad de Santo Domingo, Recinto de San Francisco de Macorís. El ateo decía, con la mirada inquieta y las manos temblorosas, que no creía en las religiones, pues todas profesaban la fe en dioses diferentes. Además, hay muchos que creen en Dios y cometen crímenes peores que los ateos y otras personas se hacen rica con su fe. Dios no existe. Es un mito, una droga, un invento de los capitalistas para mantener dormido al pueblo y explotarlo. Lo que existe es la materia desde siempre y nadie la creó de la nada. Todo es materia y energía. De la materia surge la vida. Esta evoluciona y da origen a otra materia hasta el infinito.

La joven, extrañada por la opinión del ateo y su elocuencia, le comentó con una voz suave y la mirada fija en él:

 confundes la existencia de Dios con las religiones. Dios existe independiente de ellas y de todo cuanto hay en el universo. Yo misma soy muy crítica de las personas que tienen doble cara, una para Dios y otra, para lo malo, pero entiendo que Dios está por encima de los hombres y mujeres. La fe en Dios me ayudó a mí a superarse. A los 10 años empecé a trabajar en la limpieza en una casa de familia, a los 15 me uní a un hombre, el papá de mis dos hijos; me humilló, me echó en cara lo que había hecho por mí; me maltrató físicamente y me abandonó, a aun estando embarazada de siete meses. Si no es por la fe en Dios que he tenido desde pequeña, gracias a mi abuela y a mi madrina que me regaló una biblia, no estuviera hoy en la universidad. Me hubiese perdido en las drogas, igual que mi exesposo y varias de mis compañeras del liceo. Vivía a una esquina de un colmado donde se vendía la droga, igual que el arroz y azúcar.

El ateo la interrumpió y le dijo:

eso que tú has logrado, no es por Dios, sino por tu propio esfuerzo. Tú fe en Dios es porque te lo inculcaron desde niña, sino fuese así, no creyera que existiera. La joven creyente le dijo: ¿Acaso a ti, no te inculcaron las ideas del ateísmo? ¿Qué mal te ha hecho Dios a ti para que lo niegues de esa manera? Déjemelos ahí. No quiero convencerte, pero sí te aconsejo que no vaya tan de prisa sobre tu negación de Dios. Es algo que tú todavía no ha profundizado lo suficiente. Estás muy joven y puedes cambiar.   

Le respondió el ateo con acento categórico, el rostro descompuesto y los labios cenizos de tanto argüir:

yo no voy a cambiar nunca. Mi madre está enferma de leucemia y mi padre se está muriendo, a causa de un tumor maligno. Si Dios existiera, ¿por qué no los sana de esas enfermedades y detiene todo el mal que hay en este mundo y en mi propio barrio?

En febrero del 2019 me encontré con el joven ateo en un pasillo de la universidad. Quedé sorprendido con su vestimenta estrafalaria, aretes en las orejas, la cabeza raspada, y un mechón de cabello erizado, rojizo, en el centro de la cabeza. Estaba muy nervioso, macilento y hablaba esquivando la mirada.

En enero del 2020, la joven creyente en Dios y el joven ateo se encontraron por coincidencia en el aula universitaria. Cursaban la última asignatura para inscribir el Monográfico y posteriormente graduarse. El joven ateo había cambiado. Hablaba sin nerviosismo, con el pelo rubio recién cortado y declarando su fe en Dios. La joven creyente se cruzó de brazos delante de él, al ver ese cambio de actitud. Le preguntó:

¿qué pasó en tu vida para que creyera en Dios? 

Le respondió:

soy un joven renovado. Mi padre y mi madre se sanaron de sus enfermedades. Comprendí que estaba en un error. Ahora escucho música en inglés para mejorar el aprendizaje del idioma, y cuando termine la licenciatura me voy para los Estados Unidos, a cursar una maestría, si consigo una beca.

Después de escuchar el diálogo entre los dos jóvenes, escribí el relato y se lo leí a los estudiantes de Introducción a la Filosofía en Santo Domingo. Se alborotaron con el contenido e hicieron muchas preguntas.

¿Era necesario que el joven ateo viviera una experiencia fuerte, como la cura de sus padres, para que creyera en Dios? ¿Cómo fue la infancia del joven para que se convirtiera en ateo? ¿Era ateo por alguna influencia de otra persona, o por convicción propia? ¿Qué tan fuerte es su creencia en Dios?¿Qué vacío tendría él que le llevó a buscar de Dios? ¿Era creyente en Dios antes de ser ateo? ¿Si le cuenta el cambio en su vida a un ateo, cómo reaccionaría?¿Se mantendrá siendo fiel aún a Dios, cuando tenga otra prueba? ¿Tendría Dios un propósito especial para este joven?

Después del diálogo y las preguntas de los estudiantes me acordé del filósofo Federico Nietzsche. En su juventud era un joven inteligente, extrovertido y rebelde contra un sistema de incoherencias de la fe de los cristianos. Pero hay un secreto que no han develado los nietzscheanos modernos, los cuales se han quedado con el ateísmo del filósofo y divulgado sus postulados contra la fe en Dios. Me refiero a esa incertidumbre que vivió el filósofo ante el misterio del Dios desconocido y su búsqueda desesperada (Würzbach: El legado de Friedrich Nietzsche…).

, el cual se puede evidenciar en los dos poemas que escribió: uno, en la flor de la juventud, a los veinte años de edad; y el otro, en el ocaso de vida, a los cuarenta y cuatro años.

Con un tono piadoso escribió en su poema juvenil, titulado, Al Dios desconocido: “Hacia Ti, al que me acojo, al que en el más hondo fondo del corazón consagré, solemne, altares para que en todo tiempo tu voz, una vez más, vuelva a llamarme. Abrásese encima, inscrita hondo, la palabra: Al Dios desconocido(...) ¡Quiero conocerte, …”

Al final de su vida, escribió atormentado y desilusiono de los seres humanos:“Mis lágrimas, a torrentes, discurren en cauce hacia Ti, y encienden en mí el fuego de mi corazón por Ti. ¡Oh, vuelve, mi Dios desconocido! Mi dolor, mi última suerte, ¡mi felicidad!”. 

¿Acaso hubo algo terrible en su vida para convertirse en ateo, como le ocurrió al joven ateo? ¿Será que al final se encontró de frente con Dios de un modo especial y su terquedad no le permitió arrodillarse y pedirle perdón? ¿Habrá una contradicción entre el Dios desconocido de la juventud y de la vejez? ¿A caso fue víctima de su propio nihilismo?

Para el teólogo y filósofo, Henri de Lubac, el siglo XX era dominado por la oposición herética, Dios y hombre, lo cual caracterizaba el ateísmo contemporáneo de su época. Decía que cada época tenía sus herejías, en la que se libraban batallas en los fundamentos históricos, religiosos y metafísicos: “ La lucha de nuestra época no es un problema de orden histórico, ni metafísico. Es un problema espiritual”(Drama del humanismo ateo, 2008).De acuerdo a sus palabras, el ser humano buscaría el sentido de su existencia y su realización, libre de los “obstáculo”  de la fe en Dios y de los presupuestos metafísicos.

Montados en los caballos de los pensadores modernos(Comte, Nietzsche y Feuerbach)hay una élite global y local académica dominicana que a todo galope reproduce esos discursos de oposición Dios y hombre o mujer, unidos a una abundante producción artística. Es una teología negativa que considera la fe en Dios como un obstáculo para la realización libre del ser humano. El error ha sido la construcción de un discurso que no toma en cuenta los estudios de cada caso particular y esparce valoraciones negativas sobre un terreno en constante cambio.

En definitiva, considero que fue necesario el surgimiento de la ilustración francesa y de los pensadores que sacudieron las creencias de las religiones cristianas para que abandonaran el fundamentalismo de los que se creían salvados y los demás condenados, y asumieran el compromiso transformador de este mundo de inequidad e injusticia. Igualmente fue necesario para sacudir las conciencias de aquellos que comprometieron su palabra y su vida con aquellos que hunden al pueblo en la miseria y se lucran como representantes de los pobres. Ojalá otras religiones, inclusive, expresiones cristianas, sean sacudidas por estas críticas mordaces para que abandonen el fanatismo ortodoxo y sean más coherentes entre lo que dicen y hacen.

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