Una mirada a los niveles de crecimiento económico registrados en la República Dominicana durante los últimos cincuenta años, podría confundir a cualquiera de los mortales, cuando se contrastan dichos datos con la situación real en la que se encuentra la población dominicana. El crecimiento de la economía no se ha traducido en bienestar colectivo y por consiguiente el modelo de desarrollo implementado en el país solo ha servido para reproducir la desigualdad, deteriorar la calidad de vida y limitar las potencialidades de desarrollo de la sociedad.
La planificación para el desarrollo producida en el país durante las últimas décadas ha contribuido con la incorporación la desigualdad, ya que la misma no ha sido concebida con una visión territorial. Como resultado en la actualidad se evidencian niveles importantes de inequidad entre las distintas regiones que integran la República Dominicana tanto a nivel demográfico, económico, social, en la dotación de servicios públicos y en la existencia de infraestructuras básicas; todo esto provocando el aumento de la migración que reside en las zonas mas deprimidas del país, hacia los principales centros urbanos en busca de oportunidades, las cuales brillan a lo lejos como “lingotes de oro” y no son mas que “espejismo” de una supuesta abundancia de oportunidades, convertida en indigencia, penurias y miseria, replicando de forma mas acentuada el nivel de desigualdad identificado a nivel rural.
Una practica incorrecta en la dinámica nacional consiste en identificar problemas que afectan puntualmente comunidades o sectores de la vida nacional, sin tomar en cuenta el territorio en cuestión y la relación del mismo con el sistema regional; estas acciones solo han conducido al fracaso de los planes impulsados.
Estas soluciones inmediatistas, ausentes de la dimensión territorial, impactan las necesidades de los habitantes de manera superficial; son “paños con pasta” que no solucionan las demandas de la población de manera troncal, sino que consolidan las diferencias existentes entre las regiones del país.
Es tiempo de orientar la planificación del desarrollo nacional por otros caminos que permitan construir una nueva generación de dominicanos con las capacidades y oportunidades necesarias para hacer de la República Dominicana un país verdaderamente próspero, en lugar de continuar incorporando la pobreza y la miseria como marcas de fábrica nacional, dentro de un sistema precario de habitabilidad.