Diversos comentarios, suscitados por mi artículo anterior (24/08/2012), entre los que me sugieren exponer las soluciones que habrían de ser tomadas para implementar los diagnósticos que he señalado, habrán de ser respondidos en el transcurso de los próximos días.
Partiendo de casi cero, en 1966, a esta fecha, hemos pasado las 60,000 habitaciones construidas en el litoral marítimo de nuestro país. Todas ellas en los llamados “resorts” (balnearios) de playa que, en su mayoría, son construidos por empresarios extranjeros, principalmente españoles. Estos complejos, inicialmente fueron diseñados para venderse en la modalidad del todo incluido, que es lo mismo que decir, un con to´, que al turista, contratado y facturado off shore, se le ofrece un alojamiento bastante completo, servicios de comida, y bebidas nacionales, y todas las amenidades disponibles. Regularmente, los precios son aceptables para la categoría de los turistas que más los frecuentan, durante la temporada alta, de diciembre a abril. Este concepto fue iniciado, en 1970, por el autor de estas líneas, en su calidad de propietario-constructor de PALMAS DEL MAR CABAÑAS CLUB, conjuntamente con los del HOTEL VILLAS DEL MAR, ambos ubicados en la playa de Juan Dolio. Originalmente, Palmas del Mar había sido concebido como un pequeño conjunto de 13 villas, o cabañas, a las que se le agregaron otras 30, sumando unas 120 habitaciones dobles, que la convirtió en el primer proyecto de esa categoría en nuestro país.
Estos primeros turistas, de origen canadiense, provenían, en una buena medida, de la clase trabajadora, que escogían nuestras playas para pasar sus vacaciones invernales.
Con el paso del tiempo, los beneficios que arrojados por dicha modalidad empezaron a ser insuficientes, motivo por el cual los propietarios dejaron de ocuparse del necesario mantenimiento, por lo que al transcurrir el tiempo empezaron a deteriorarse, y al cabo de unos cuantos años, se han requerido grandes inversiones para reciclarlos. Así pues, un negocio que originalmente parecía fabuloso se fue convirtiendo en algo así como un dolor de cabeza.
Mientras esto ha estado aconteciendo en la República Dominicana, en otros países han ido surgiendo otros tipos de resorts, más exclusivos, que atraen turistas más exigentes y cuidadosos, pero capaces de pagar más. En este caso, la mayoría de las veces contratados directamente, permitiendo que la mayor parte de los ingresos se queden en poder de las empresas, permitiendo así, que la rentabilidad sea mayor, y el deterioro mucho menor.
Hasta aquí algunos conceptos de lo que tiene que ver con los aspectos económicos y financieros. Que son, en definitiva, los que priman al momento de llevarse a cabo las inversiones en productos turísticos de esta naturaleza.
A todo esto, habría que preguntarse. ¿Y no fueron estos proyectos similares a los que surgieron originalmente en España?, por solo citar un ejemplo, del impresionante despegue del turismo playero de esta nación europea, hace ya más de sesenta años. ¿Y no es así como muchos países del mundo han iniciado, al mismo tiempo que nosotros, sus respectivos despegues turísticos? Habiendo sido así, habría que preguntarse, como les ha ido a ellos, en comparación con nosotros.
Por otra parte, hemos de convenir en que la actual oferta turística mundial es enorme, y la demanda, en tiempos revueltos, como los que estamos viviendo, se reduce, cada vez más. En términos de atracción, la diferencia entre muchos de esos otros países y el nuestro es la pluralidad de las ofertas que estos disponen, para complementar la playera, entre las que se encuentra la de turismo cultural, y de ocio.
Con respecto a Europa, no hay nada que hablar. El turismo que ellos explotan nunca ha sido, principalmente, de mar, sol, y arena. Por lo que no es posible establecer comparaciones. Pero en nuestra región caribeña, si que tenemos competidores, que en términos plurales nos aventajan, considerablemente. Ahí tenemos, de un lado, la vecina isla de Puerto Rico, y del otro, a Cuba. Ni hablemos del Caribe mexicano, del colombiano, ni de Jamaica, y más recientemente Panamá, Costa Rica, y otros.
Todos estos, unos más que otros, entendieron el mensaje a tiempo, y han desarrollado, hábilmente, el turismo cultural, explotando su riqueza monumental, histórica y artística, al igual que la de su ecología. Lo que les ha permitido rescatar y poner en valor sus principales centros históricos y monumentos aislados, convirtiéndolos en verdaderas atracciones, no solo para un público sofisticado y exigente, procedente del extranjero, sino para los nacionales, que tienen algún grado de apreciación cultural.
Los puertorriqueños deben a su Viejo San Juan, entre otras atracciones, el arribo a su puerto de infinidad de cruceros, cargados de turistas deseosos de conocer parte de la historia y el patrimonio de la Isla del Encanto. A los cubanos, lo único que les falta es abrirse al mundo, como dijera el Papa Juan Pablo II, en su visita a la isla, y poner en orden la casa. No obstante, han estado realizando trabajos de conservación del patrimonio histórico, no solo en la Habana Vieja, sino en casi toda la isla. A partir de esa tan esperada apertura, nosotros los dominicanos tendremos que ponernos las pilas, y poner en práctica toda la creatividad e imaginación posibles, para enfrentar una competencia mayúscula.