Me consideraba un dichoso porque durante tantos años, en mi entorno, en la prensa y en todos lados, escuchando sobre asaltos, atracos, crímenes y a mi no me había tocado.
Hace algunos días cuando salía de mi despacho me dirigí al supermercado con el fin de comprar los alimentos habituales. Me desprendí la corbata, me desabotone un espacio de la camisa y entre. Mi cadena de oro sencilla, nada esplendorosa, con un crucifijo que durante décadas nunca me había quitado, ignoraba que esa tarde pasaría a malas manos. Vestido de traje formal me desplacé con mi carrito de mano, seleccionando los precios oportunos para estericar mi presupuesto sin afectar los pagos cotidianos de cada fin de mes. Traía encima todo el dinero de mis compromisos familiares. La cadena me brillaba entre la chaqueta y la camisa blanca. Hice mis pagos en la caja, me acompañó el empacador hasta mi vehiculo, le di su propina y me dirigí a casa.
Mientras esperaba que el semáforo de la Luperón cambiara, frente a la plaza, tres individuos en una motocicleta me miraron fijamente, me sonrieron y antes de que le devolviera la sonrisa, un bocinazo detrás me empujo a reiniciar la marcha. Tome la ruta hacia los entornos del Jardín Botánico a visitar la tienda de bonsáis de mi maestro Alexander, para saludarle e intercambiar ideas sobre mis propuestas innovadoras de Bonsáis Tainos.
Eran las 5.30 de la tarde, el sol medio isleño dominicano se resistía abandonarnos y brillaba como si fueran las tres. Los tapones de vehículos, los policías de tránsito, desordenando el avance, hacia una especie de pandemónium frente a la universidad INTEC. En la rotonda de la Luperón, para virar hacia el Botánico, me detuve un poco para ceder el paso a un camión que de forma indecente forzaba a los mas pequeños a dejarle abierto el tramo.
Los ocupantes de la motocicleta coincidieron, de nuevo, con mi parada efímera. Me sonrieron y esta vez sí que le devolví la pendiente sonrisa. Arranqué y me dirigí a la tienda de Bonsáis. Pasé la entrada del enorme jardín, me devolví hacia el otro lado y me estacioné frente a la tienda de mi maestro. Bajé de mi auto, subí la pendiente de su galería, él me vio y los dos nos confundimos en el abrazo de los amigos.
Un “clack-clak” inconfundible y mecánico sonó tras mi cabeza y cuando viré, unos ojos de fuego, asustados y decididos, borraban la sonrisa de minutos anteriores en los tapones de la Luperón y una voz militar me ordenó levantar las manos y a mi maestro que se tirara al suelo. Obedecimos sin salir del asombro. Mientras la pistola 9 milímetros apuntaba mi cabeza, unas manos profesionales en el registro corporal, se desplazaron por todos mis entornos buscando y desprendiéndome todo objeto de valor. El primer golpe, que sentí seco en mi cuello, fue el desprendimiento que desvirgenizó mi cadena. Luego, al mismo tiempo dos manos que entraban en los bolsillos delanteros de mi pantalón, donde en ambos tenia un celular, uno de poco valor, viejo y análogo, archivo legendario de mil números y el otro muy moderno y costoso.
Las manos expertas discriminaron mi viejito celular dejándolo en su sitio y tomando el Iphone. Sentí mi cartera en el bolsillo trasero derecho como salía de forma magistral, revisada, violada y retornada sin efectivo a su lugar. El maestro intentó tornar la mirada sobre el sujeto que apuntaba el arma y fue amenazado de muerte si lo volvía hacer.
-“¡Vámonos!” – ordenó el que apuntaba con gesto policial. –“No se muevan”-, sentenció. Ambos bajaron la pendiente del negocio y la motocicleta les esperaba sobre la acera. Se subieron en confianza y por la misma acera, desorillaron el tránsito, casi las seis y se alejaron triunfantes.
-Ponga la querella- Me gritaron algunos que se acercaron !Mi maestro no habló, ni yo. En silencio me entregó los alambres para modelar las ramas de los bonsáis, le pedí la cuenta, me la condonó y nos despedimos. Di gracias a Dios por no salir ni siquiera herido.
¡PONER LA QUERELLA! ¿Y para qué? ¿Quién demonios se puede querellar en un país donde los que administran justicias primarias están en el ejercito de las violaciónes? Pensé en el hoyo fiscal, sintiéndome yo, en una especie de agujero dentro del mismo remolino que me acababa de dejar sin dinero para renta, comida, ropa, escuela, salud, combustible, medicina…Decidí no querellarme. Decidí no hacer del ridículo. Pues me dió miedo ir a presentar una querella y que me encontrara recibiéndomela, como ya han contado muchos, a los propios delincuentes con carnet policial.
Decidí no denunciarlos sabiendo que la justicia dominicana está blindada entorno una especie de demiurgo principesco que se la diseñó asimismo para protegerse él y sus iguales. ¿Para que querellarme? !Carajo! si los altos jueces y tribunales están al servicio de la canalla y la corruptela siendo siervos de sus amos los corruptos? ¿Para qué querellarme si la Procuraduría responde a sus amos, los impunes?
Consideré que era injusto denunciar a simples obreros del delito, cuando sus amos se desplazan por el mundo con los cuartos de este pueblo. Decidí ser una de las miles de victimas que pagamos a nuestros propios asaltantes para que nos atraquen en las calles, a nuestros propios ladrones para que nos administren el porvenir y nos hipotequen el futuro. Pero un día y desde ya, junto al pueblo me preparo para denunciar y anunciar la construcción de una nueva democracia. Por todo eso y por más, decidí no querellarme.