(Advertencia. Este micro relato es PG6, no apto para vecinos y gatos. Léase con la compañía de un perro).
Hace más de dos años me mudé con mi mujer a mi actual departamento, el cual tiene sus ventajas apreciables: buena ubicación y ventilación de lujo, única en su clase. Envidiable. Es una delicia mirar a través de una de sus ventanas la noche oscura y descansar la vista recibiendo esa brisa refrescante… (Ni tanto, coño. El otro día cogí un “mardito” sereno que me dejó la garganta y el pecho “apretao”).
En un principio se veía tranquilo, apacible y silencioso, con gente educada, limpiecita y bien peinada.
El primer síntoma que me demostraría que todo no podía ser perfecto, fue sentir, todo el santo día, el movimiento de muebles constante y los pasos del vecino encima de mí, quién corría como un desaforado.
Era sorprendente, llegué hasta ponerme paranoico, igual como se puso mi madre cuando en su apartamento, ante la misma situación, me decía que su vecino de alguna manera sabía donde ella se encontraba para molestarla con ruidos justo encima de ella.
Pero lo más insólito fue saber que quien corría sin descanso, ¡era el hijo de tres años de mi vecino! ¡Jesusantísimo, ese muchacho le ganará a Félix Sánchez! ¡Es un maratonista! Lo único que falta es que entrene con el “soundtrack” de la película “Carros de Fuego” de Vangelis.
Pero la cosa no terminó ahí.
A la semana de mudado, me entero que mi habitación colinda con una propiedad que es usada como albergue infantil. A las 6 AM comienza la gritadera de las muchachitas, donde Angelina, una carajita de lo más linda, se destaca con un galillo tan finito y penetrante que pareciera ser un taladro de esos que usan en la Línea II del Metro. Nunca me imaginé que la almohada pudiera usarla encima de mi cabeza. Fastidiado de la tortícolis, me agencié unos tapones industriales maravillosos que no dejaban escuchar ni siquiera el rugido de los motores y el reguetón de mi vecino del frente. Lástima que por alguna razón, aún desconocida, siempre los tapones se me salían de mis oídos en algún momento de la noche y aparecían entre medio de mis calzoncillos. Apenas Angelina me despertaba, revisaba mis verijas para dar con los dichosos tapones.
Pero si encima tenía a un futuro “Félix Sánchez”, abajo tenía al mismo Satanás encarnado en una dulce y angelical criatura infantil.
Ese carajito se pasa todas las tardes gritando endemoniadamente. No he confirmado si la cabeza le rota 360°, de si levita, o de si le sale espuma por la boca, pero con lo que grita y la manera de como lo hace, creo estar convencido que este caso precisa la intervención del Cardenal para que realice un Santo Exorcismo.
¡Estamos rodeados, compañeros! ¡No hay escapatoria; ni por los lados, ni por detrás, ni por el frente!
¡Tampoco por debajo y por arriba!
Pasado los meses desde mi mudanza, soy testigo, con ubicación preferencial, de un incidente ocurrido entre dos vecinos míos. Uno de los contrincantes era el “dueño” (él así se lo cree) del edificio, un señor de cierta edad (vamos, digamos las cosas como son, un viejo mañoso y de mal carácter) a quien, cuando mi humanidad se cruza con su humanidad, trato con suma consideración y amabilidad, remitiéndome exclusivamente a tres cordiales frases de dos respetuosas palabras: «Buenos días», «Buenas tardes» y «Buenas noches». Si me salgo de ese guión, seguro que queda la “cagá” (tengo la Luna en Aries). En la otra esquina estaba el otro vecino, cuya frescura motivó la justa queja del anterior, quien habitualmente llenaba unos tinacos con el agua del área común, para luego montarlos en una camioneta de carga y despacharlos hacia una de sus construcciones (era ingeniero, creo). Éste tuvo la desafortunada idea, en el fragor de la discusión, de amenazar con ir a buscar su pistola. Craso error, ya que, además, en esos días sucedió el caso del asesinato motivado por la disputa del estacionamiento aquel. El lío se resolvió con abogados, con impedimentos de 50 metros y con el desalojo del vecino “roba agua” (¡coño, hasta eso re roban aquí!).
Pero la señora del “dueño” no se queda atrás.
Tal para cual.
Hoy me mandaron una comunicación a mi departamento. Me han deslizado una carta reclamándome que mi gata con sus lamentos calenturientos, no ha dejado dormir a la vieja chismosa del edificio y a otra, no tan vieja, pero igual de chismosa.
En la misiva, me han recomendado que la lleve al veterinario. No sé para qué, me imagino para que el veterinario le haga la paja a la gata, en lo que pasa el período de celos.
Lo extraño de todo esto es que mi gata es… ¡”operada”!
¿Es que en su afán de joder -ya ha hecho anteriores e infructuosos intentos- no se le ocurrió pensar que la gata que grita pidiendo macho -seguro que mucha envidia debe darle- es una de las tantas que merodean alrededor del edificio nuestro?
¡No! ¡Tenía que cogerle con mi gata!
– «Usted está equivocado. Entonces deben ser los gatos machos del barrio los que gritan y gimen, y que se acercan al edificio cayéndole atrás al celo de su gata.»
-«¡Doña, que no, que mi gata es “operada”!»
-«¡Ah! ¡Pues son sus otros dos gatos machos los que gimen y gritan alrededor de su gata!»
– «¡Doña, que no, que mi gata parece puta, pero está “operada”! ¡Y mis gatos no tienen granos, están castrados, y mariconean entre ellos! ¡Y viera usted lo silenciosos que son los gatos maricones!»
Mientras más conozco a la gente, más quiero a mi gata -aun “operada”- y a mis dos gatos desgranados.