Tengo la sensación de que hay palabras como anclas, que se sumergen y atan para siempre, como si los procesos vitales no le tocasen. "Patria" es una de ellas.
Cuando leo a Hölderlin, a Baudelaire o a José Joaquín Pérez, camino junto al río en Heidelberg, siento el París todavía con humo y al poeta tragándose "el mundo de un bosteza infinito", y finalmente vuelvo a caminar por los inicios del barrio de Ciudad Nueva, en Santo Domingo.
Para mí la "Patria" es algo visible. Son todas las visiones que recuerdo: desde la violencia de la guerra de 1965 hasta ese paisaje de torres borrando el fondo de montañas de Santo Domingo. Es el barrio de Gualey donde tengo mis recuerdos más antiguos, es la Villa Francisca donde crecí y el San Carlos donde vivo. Es la sensación de transterrado, porque la casa de Gualey fue borrada para poder construir el puente Sánchez, porque la casa de la Juana Saltitopa fue borrada para levantar multifamiliares, porque la reconversión de la Av. Tte. Amado García en 27 de febrero fue un zarpazo a una zona vital de mi vida, al igual que la agresiva expansión de Plaza Lama, La Gran Vía, La Sirena y CODETEL, que convirtieron en parqueos zonas vitales. "Pero así es el progreso", se me dirá.
Haciendo un poco de autosicoanálisis, tal vez por eso me decidí a estudiar Sociología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. La ciudad había que sufrirla menos y conocerla más. Aunque la cátedra de "Sociología urbana" no fue todo lo que esperaba, estudié de manera paralela lo que entonces se podía leer en aquél Santo Domingo ochentino: desde los clásicos –Emile Durkheim y Max Weber-, hasta los contemporáneos –Henry Lefebvre, Michel Foucault y Manuel Castells-. La venta de sus libros que hacía un antiguo estudiantes de Sociología en la mítica pulga de 1982 en el Parque San José, me permitió adquirir un libro fundamental, de Edward Hall, "La dimensión oculta del espacio".
En 1988, recién graduado, asumí la docencia de "Sociología aplicada a la Arquitectura". Un año después, Rubén Silié me dejaba su materia "Sociología General" en UNIBE. En ambas aulas, los trabajos finales fueron similares. En la UASD los estudiantes tuvieron que hacer un registro visual de Santo Domingo, a partir de las concepciones de "The image of the city", de Kevin Lynch. En UNIBE, las notas dependieron de una especie de glosario de las palabras y frases de la "jevitería", ese nuevo aposento de la clase media entonces espumeante. Aquella canción de Toque Profundo, "El Jevito", fue estudiada y hasta cantada. En ambos casos, la sensación de estar frente en los límites de ciudades y palabras fue la misma. Es el mismo sentimiento que luego me acompañó cuando me trasladé a Berlín en 1990: la necesidad de registrar imágenes y palabras, porque luego aquellas patrias chicas con seguridad que se esfumarían. El tiempo me ha dado la razón. ¿Qué queda de aquél Santo Domingo de 1989? ¿Cómo pensarnos desde entonces? ¿País y/o patria? ¿Tiene sentido trazar la historia de los procesos de intervención en el espacio urbano?
En el pensamiento dominicano la variante predominante en cuanto al concepto "patria" ha sido la temporal. La "dominicanidad" se funda en mitos que aunque señalados –como los de "los padres de la Patria" por J. I. Jimenes Grullón-, no acaban ni de estudiarse ni de asimilarse institucionalmente.
La patria siempre es la de "los fundadores de la República". El símbolo máximo es la bandera. El punto visible es el Altar de la Patria. Todo estaría bien con estos tres elementos si no fuera por tres simples detalles:
1.- De los "tres padres" de la Patria, como lo demostró Jimenes Grullón, el único realmente consecuente hasta el final fue Juan Pablo Duarte.
2.-Nuestra bandera es reconversión de la haitiana, la que a su vez es de la francesa. El pasaje de la Biblia que se muestra es el de Juan 8:32, "conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres". Aunque este pasaje nos muestra la relación entre verdad y liberación, lo cierto es que en el trujillato se propagó la idea de que el sentido de la Biblia en nuestra bandera era para enfrentar el supuesto "oscurantismo" africanista de los haitianos, es decir, como si fuésemos un valladar hispánico-católico.
3.-Sobre el "Altar de la Patria" –título decretado por el trujillato para la Puerta del Conde en el Parque Independencia en 1944- mucho se ha escrito y propuesto; lo más significativo, bajo la sindicatura de Johnny Ventura y a partir del gran trabajo del arquitecto Pablo Bonnelly. Sin embargo, las ambivalentes consideraciones de Patrimonio Cultural ha llevado a que sus alrededores se hayan convertido en una gran zona gris, descontando las apropiaciones y daños de la escala que ha producido la empresa Telemicro.
La "patria" de la que se habla en los medios se refiere a una historia, al verde de nuestros campos, a la dureza de algunos paisajes, al síndrome de "Volvió Juanita". Todo suena muy bien y todo tiene su razón de ser. Pero, ¿y nuestras ciudades, no son en realidad nuestras patrias táctiles? ¿Cómo puede sólo dominar ese concepto de patria a partir de la templanza que dan los aires acondicionados, en un país tan tropical como el nuestro? ¿Dónde se mueven nuestros "patriotas"?
Parece que la patria dominicana está en todas partes, menos en el centro del Caribe. La patria se pone bien en alto, pero hay una vergüenza sobre todo un glosario de lo realmente nacional. ¿Por qué en lugar de vinos no se brinda con agua de coco o mabí? ¿Por qué en lugar de esos ajustados sacos, nuestros funcionarios no andan en camisas "normales"? (En Chile acaban de aprobar una disposición para que en el verano los funcionarios tengan que ir en camisas "normales" porque así no habría que prender tantos aires acondicionados, de manera el medioambiente no sufra tanto con la emisión de esos tan letales…)
¿No tendríamos también que hablar de "patria" con nuestros arquitectos, y pedirles a ellos como a sus empleadores pensar más en una "patria" tropical y no solamente en diseños para los alpes suizos o como competidores del domini-barroco de Repostería Nittín?
¿Dónde está la patria? ¿Es sólo un ideal?
Pienso en Los Mina, donde completé mis estudios de bachillerato. Siempre que estoy en Santo Domingo camino por esas calles polvorientas y tan estigmatizadas, descubriendo encantos en la Av. Marcos del Rosario, o cruzando hasta el Barrio de Las Frutas.
Pienso en Cristo Rey y en la gente que cree en Cristo Rey, como el editor Miguel De Camps, que se quedó con su negocio ahí…
Pienso en el INVI, en las huellas que por dejó el grafista José Mercader y Luis Días, y la manera magistral con que Aurora Arias pintó ese cuadro de la patria chica.
Cuando recorro los viejos lugares de las emociones, advirtiendo que gran parte –cines, librerías, heladerías, casas de familia- han sido borrados por las leyes del mercado o por el simple abuso del que tiene más, vuelvo a Pedro Mir por aquello de "Si alguien quiere saber cuál es mi patria":
Siga el rastro goteando por la brisa
y allí donde la sombra se presenta,
donde el tiempo castiga y desmorona,
ya no la busque,
no pregunte por ella.
Su propia sangre, su órbita querida,
su instantáneo chispazo de presencia,
su funeral de risa y de sonrisa,
su potrero de espaldas indirectas,
su puño de silencio en cada boca,
su borbotón de ira en cada mueca,
sus manos enguatadas en la fábrica y
sus pies descalzos en la carretera,
las largas cicatrices que le bajan
como antiguos riachuelos, su siniestra
figura de mujer
obligada a parir
con cada coz que busca su cadera
para echar una fila de habitantes
listos para la rueda,
todo dirá de pronto dónde existe
una patria moderna.
Mientras la "Patria" oficial engola la voz y saca sus soldaditos de plomo, dejo caer en la casetera "MI patria en mis zapatos", de El último de la fila. También oigo el país de Juan Lockward, aquél "Puerto Plata, pueblito encantado" al que nadie más volverá. Accedo al nuevo Santo Domingo gracias a la prosa de Juan Dicent, Rita India Hernández, Frank Báez y Rey Andújar, y ya se puede respirar con más calma. La puertas se siguen abriendo, y ahí viene Josefina Báez con esas "patria" romanense-manhattanera" que logró conformar en el East-Side, y todo brilla más que las peras de los pobres en tiempos de navidad. Las fotografías de Alexis Guerrero también permiten nuevas perspectivas, donde los plátanos de Baní crecen de repente en los Heights. Cuando vuelvo a la Isla, Jaime Guerra es tal vez uno de los más incisivos alquimistas de las patrias para viandantes, entre la Duarte, la Mella y el infinito
Las patrias son tantas como habitantes tiene un país.
"Mi patria en mis zapatos" sigue sonando en la casetera.