Diario de la ciguapa

De Pedro Jiménez a Claudio Nasco

Por Sara Pérez

En los años de universidad, solo tuve un amigo verdaderamente cercano: Pedro Jiménez. Ambos estudiábamos lo mismo, éramos hijos únicos -ser hijo único es como pertenecer a una sociedad secreta y hay un tipo de universo al que solo nosotros tenemos  acceso- y ninguno de los dos encajaba sin algún esfuerzo en el rompecabezas ucamaymiano, demasiado monocromático y uniforme para nosotros (una apreciación que ahora me luce bastante daltónica) que nos considerábamos como dos guacamayos, en medio de una bandada de cuervos.

Visto desde parámetros griegos, Pedro era excepcionalmente hermoso. La figura parecía recién salida de un cuadro de Velázquez. Alto, esbelto, grácil, fibroso, de huesos largos. El rostro como el de una virgen de Tiziano. Tenía un pelo copioso, de suaves y brillosos rizos oscuros; enormes ojos negros, intensos y atormentados, de pestañas sedosas y espesas, que casi parecían cortinas de terciopelo. Alguna vez las halé para confirmar que de veras no eran postizas. Boca como la de Angelina Jolie, primorosamente dibujada y llena, como un fruta carnosa, que él mantenía humectada con un discretísimo brillo de labios ligeramente rojizo. Así debían ser Ganímedes, Antinoo y Bagoas. De respuestas chispeantes y sediento de afecto y comprensión, Pedro tenía un carácter amoroso, sensible y dulce.

Caminaba, hablaba y pensaba como muchos suponían que lo debía hacer una muchacha. Solía contarme, con más desconcierto que irritación, las agresiones que sufría cuando caminaba por la calle y su "feminidad" trastornaba la, al parecer muy vulnerable, masculinidad de otros.

Era muy atildado con su aspecto y dedicaba largas horas a verse como, según su criterio, resultaba mas bello y sofisticado. Usaba perfume "de mujer", unos maravillosos zapatos italianos andróginos y unos pantalones que él hacía modificar minuciosamente, para que se ajustaran a sus piernas  con unos muy quisquillosos criterios de elegancia y perfección.

Dibujaba, pintaba cuadros, tomaba clases de baile y canto y era maquillador profesional. Muchas veces visitó mi casa en Nibaje - uno de los pocos amigos a quien mi mamá recibía con mucha amabilidad, porque no era de los que intentaría llevarme para ninguna parte- y muchas veces yo visité su casa, en La joya, en una  de las calles perpendiculares a la Independencia, muy cerca de La Plaza Valerio.

Era una casa modesta, cuidada con mucho esmero, pintada de amarillo y blanco, hecha con listones superpuestos de madera y en cuyas paredes colgaban los cuadros pintados por Pedro. La vida familiar era un infierno. Su madre lo adoraba, pero el padre, que tenia la cara de un bulldog, vivía permanentemente crispado con la delicadeza de su hijo, que para él era una afrenta, muy impropia de lo que se espera de un rudo macho heterosexual dominicano. No le hablaba, le ladraba y no perdía oportunidad de zaherirlo y molestarlo.

Pedro pudo haber sido un gran pintor. Era un jovencito y ya tenía un estilo propio. Pintaba al óleo cuadros con unos bustos femeninos que en realidad eran elocuentes e intensos autorretratos. Larguísimos cuellos imposibles de tan etéreos, coronados por rostros preciosos y serenos, en los que de todas formas había un pálpito de angustia: la propia.

Terminada la universidad, perdimos  la frecuencia del contacto, pero una vez nos encontramos casualmente en Santo Domingo y a veces hablábamos por teléfono. En esa época yo trabajaba como periodista en El Nacional y Hoy. Pedro me contó que tenía un novio -alguien tan gentil y dulce como él- estaba trabajando como maquillador y trataba de iniciar una carrera como cantante de baladas. Su nombre artístico sería Ramuat. Incluso llegó a presentarse en varios programas de televisión.

Y entonces fue asesinado. Hace mucho tiempo de esto. Al menos 25 años.  Lo encontraron vendado, con las manos atadas, tenía golpes y mutilaciones y había sido torturado. No fue un robo. Ni el cobro de ninguna deuda económica.

El oficial de la policía encargado del departamento de homicidios en esa época -no recuerdo el nombre- me enseñó el anillo de la universidad, entre otras prendas que Pedro llevaba al momento de morir y como para probar que la víctima era culpable de algo, me mostró un manojo de cartas -en esa época, la gente todavía escribía cartas- intercambiadas por mi amigo con su novio, en la que se ponía de manifiesto el carácter de su relación.

La mamá estaba deshecha y se sentía terriblemente ultrajada por los titulares de los periódicos: "Asesinan homosexual" y tenía razón en lo que reclamaba, porque todo lo que Pedro era, no se sintetizaba, ni se definía, por su preferencia sexual, que fungía como explicación y excusa implícitas de un crimen, que nunca fue esclarecido. Yo ni siquiera escribí nada. Estaba paralizada. Duré meses sin dormir.

Cuando vi en las redes los comentarios, tan insensibles y estúpidos, ante la muerte del presentador y periodista Claudio Nasco, recordé, una vez más, a Pedro, un ser inofensivo, lleno de sueños y creatividad, que amaba la vida y cuya muerte atroz no fue  adecuadamente investigada, ni su asesino o asesinos, sancionados.

Recordé a la madre de Pedro, transida de dolor y recordé a otras personas, cuyos asesinatos tampoco se esclarecieron, en parte, porque la preferencia sexual de las víctimas se ha enarbolado, rápida y ligeramente, como explicación de la tragedia, que es presentada, de forma explícita o implícita, como un asunto previsible y un desenlace justiciero, en cierta medida, "adecuado", para quienes se "extravíen" y tomen un camino que no es el "correcto".

No conocí a Claudio Nasco, pero volví a revivir con esta tragedia el horror de la muerte de Pedro. El horror ante una muerte cometida por criminales ensañados y el horror ante las mismas reacciones, que pretenden hallar excusas en particularidades accesorias del estilo de vida de las víctimas y no las explicaciones de una criminalidad desbordada, donde todos los abusos son legítimos y matar es un banalidad, si es que no es una prueba de masculinidad y parte de una carrera de prestigio.

No se qué porcentaje de homicidios y asesinatos son resueltos por los investigadores de la Policía, pero sea cual sea el número, es de temer que una parte muy considerable de esos casos "resueltos", no sean tales.

Habrá muchos sobre los que la policía echa tierra, porque hay oficiales protegidos o personalidades poderosas directamente involucrados, o se desvía el desenlace acertado, no solo por interés, sino por dejadez o impericia.

En las fotos y vídeos que muchos medios publican de casos de homicidios y asesinatos, siempre se puede ver a la policía, al público y a los periodistas contaminando las escenas de los crímenes con la mayor naturalidad.

También está la jerarquización  de los casos. La muerte violenta de un infeliz anónimo, no suele conmocionar al público, como la muerte de alguien con nombre conocido o con recursos y poder y lo disponible -que entre lo que no hay y lo que se roban, debe ser bastante parco-  debe emplearse en los casos de alto perfil, para resolverlos...o para encubrirlos.

Que la víctima tenga una preferencia sexual diferente, dispara el morbo colectivo y toda esa mediocridad espiritual, se precipita en una avalancha de fruslerías, que contribuye a ahogar los hechos concretos y  esconder culpables.

No tengo la menor idea de si el caso específico de Nasco es uno de estos, pero sí se, que la policía no considera demasiado grave ningún asesinato -a menos que afecte a alguno de ellos- y que siempre ha tenido mucha prisa por encasillar los crímenes que afectan a algunos sectores discriminados, como incidentes de los que las víctimas son culpables.

¡Cuánto atraso! ¡Cuánta perversidad! ¡Cuánto retorcimiento! ¡Qué poco respeto por la vida! ¡Cuánta frivolidad ante la muerte! ¡Cuánta insensibilidad ante el horror! ¡Y cuánta miseria en estos corazones falsos, resecos y apolillados!

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