Opinión

De la normatividad a la normalidad

Por Eduardo Jorge Prats

[Publiqué el artículo que transcribo más abajo hace 1 año. Lo republico porque lo creo muy pertinente, precisamente ahora que algunos reivindican obscenamente la ley de la selva y otros se sienten descorazonados ante el desprecio a la ley y a la institucionalidad de que dan muestras algunos de nuestros líderes políticos, con el aplauso irresponsable de una parte minoritaria de la opinión pública, que no recuerda la sangre y las gestas de los héroes y heroínas que lucharon contra los autoritarismos y las tiranías que nos han azotado desde 1844. Los dominicanos rechazamos la violencia en todas sus formas].

La gente se queja de que en nuestro país la Constitución y las leyes son letra muerta. Que los derechos de las personas y los límites a la acción del Estado que consagran las normas son simples proclamas políticas, mera poesía para diletantes, pura retórica que hace que, en la realidad diaria que vive el pueblo, nuestras normas sean tan solo Derecho simbólico sin ninguna fuerza vinculante y efectiva para los poderes y órganos del Estado. Para decirlo con la terminología de los filósofos del Derecho, los ciudadanos, con justa razón, denuncian que el “deber ser” se queda en eso, un deber ser que en nada impacta la configuración del “ser”.

Esta situación, que podemos palpar todos los días, y que se evidencia en hechos tangibles, desde el policía que, en lugar de cuidar por la seguridad de sus conciudadanos, se dedica a extorsionarlos, hasta el juez que, en vez de amparar los derechos de un arrendatario, por miedo al poder político y económico del propietario o sencillamente por dinero pagado por aquel, legitima con sentencia infundada su arbitrario e ilegal desalojo, ¿cómo puede ser cambiada? En otras palabras, ¿cómo podemos transformar nuestro país de uno en el que las autoridades viven como “chivos sin ley” a otro en el que el Estado esté sometido a Derecho?

Para los juristas positivistas, basta con una reforma legislativa que solo por la manipulación de los textos legales, transforme la sociedad. Para los escépticos, que el ser responda al deber ser únicamente puede lograrse o bien por la acción de un iluminado que, cual mesías cambie la sociedad y aplique con mano dura la ley, o bien por la transformación de las estructuras de poder que termine de eliminar una “superestructura” legal que, en realidad, actúa como máscara para esconder la dominación de las élites sobre las masas oprimidas.

¿Habrá una posición intermedia entre la credulidad de los ingenuos positivistas y el escepticismo de los realistas conservadores o revolucionarios? A mi juicio sí y esa posición fue delineada por Eugenio María de Hostos cuando señaló hace más de un siglo que los derechos fundamentales “son medio de progresión social” en la medida en que logramos forjar “una sociedad compuesta de individuos que ejercitan concienzudamente su derecho”.

Más de medio siglo después que Hostos, el constitucionalista alemán Peter Haberle lo diría con otras palabras: “los derechos fundamentales como institutos dependen de lo obrado por una pluralidad indeterminada de individuos”.

Lo que esto significa es que para que los derechos fundamentales sean cotidiana y continuamente respetados se requiere de una pluralidad de personas que luchen por estos. Y es que los derechos fundamentales solo viven “mediante y al interior de la actualización que sucede a su reivindicación”, que es lo que produce “comportamientos similares y homogéneos”. En consecuencia, los derechos fundamentales son efectivos, tienen vigencia social, cuando no son simple norma sino “cuando fruto del obrar personal devienen en realidad vital. Por eso, “si sólo pocos ejercitasen efectivamente sus derechos fundamentales, estos no serían más una realidad vital” y “perderían validez efectiva”.

La vigencia social y efectiva del Derecho y de los derechos requiere que los individuos luchen por convertir el “Derecho de los libros” en un “Derecho en acción”. El aseguramiento de los derechos solo puede ser el fruto de un obrar colectivo en el que se unen iniciativas “desde arriba” –de los sectores con seguridad, dinero y poder- y “desde abajo” –desde los sectores más empobrecidos, débiles y vulnerables-. “Aunque estas dos clases de iniciativas se han apoyado entre sí –como bien explica el filósofo norteamericano Richard Rorty- la gente que está abajo siempre corre los riesgos, recibe los palos, sufre los mayores sacrificios y hasta a veces es asesinada. Pero su heroísmo no daría sus frutos si las personas que viven más tranquilas, gente con buenos estudios y relativamente libre de riesgos no se hubieran comprometido en la lucha. Quienes sufren palizas de muerte a manos de matones o linchamiento de masas, habrían muerto en vano si la gente que vive más segura y tranquila no hubiera echado una mano”. Solo así, como afirmaba Herman Heller, la normatividad se convierte en normalidad.

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