La prensa internacional ha destacado la defensa de la censura realizada por el último Premio Nobel de Literatura, Mo Yan. Las reseñas periodísticas resaltan las palabras del escritor: “No creo que la censura deba interferir con la verdad, pero cualquier difamación o rumor debe censurarse”.

En una sociedad democrática, la difamación puede ser objeto de penalización si se confirma en un tribunal. El delito de difamación es el castigo al ejercicio indebido de un derecho ciudadano, la pena impuesta por la transgresión a un límite que debe ser preservado para garantizar la coexistencia pacífica.

Por el contrario, la censura es un castigo a priori que trata de prevenir supuestas consecuencias para la estabilidad social. No obstante, bajo el alegato de esta supuesta defensa del orden público, las opiniones disidentes, la crítica a las autoridades públicas, una denuncia contra determinadas prácticas institucionales, o la violación de un derecho ciudadano puede ser declarada como injuria o difamación, castigándose con la multa, el exilio, la cárcel o la pena de muerte.

Mo Yan trazó una analogía entre la censura y los procedimientos de control de seguridad característicos de los aeropuertos contemporáneos. Desde su perspectiva, ambos funcionan como mecanismos para garantizar la seguridad colectiva.

La analogía del escritor no es válida. Los estrictos controles existentes en los aeropuertos tienen como propósito impedir que individuos o grupos fundamentalistas aprovechen espacios públicos con el propósito de perpetuar crímenes contra objetivos civiles o contra puntos estratégicos para la seguridad del Estado.

Por el contrario, tras la censura subyace la finalidad de silenciar las voces discrepantes con respecto al poder establecido. Cuando se acalla la voz de un artista, como Ai Weiwei, o de un activista pro-derechos humanos como el Premio Nobel de la Paz, Liu Xiaobo, no se defiende a la ciudadanía de un peligro social eminente. Lo que está en juego en estos casos no es la seguridad del Estado, sino la defensa de los privilegios de los grupos de poder. Se defiende a una camarilla que, adueñándose del control del Estado, se arroja el derecho de decidir lo que debe ser dicho y escuchado.

La censura coarta el ejercicio de un derecho que posibilita disfrutar de una auténtica calidad de vida, socava los procesos creativos, posibilita la conformación de una cultura de la impunidad, envilece a la ciudadanía y destruye la cultura del libre debate necesaria para la producción del conocimiento.

El silenciamiento, convertido en política de Estado, pervierte la defensa de la seguridad colectiva mediante el atrofiamiento de la libertad ciudadana.

Al mismo tiempo, dicha política se sustenta en un supuesto ancestral en la tradición del pensamiento autoritario: Un grupo selecto de escogidos tiene la facultad para decidir por el resto de la ciudadanía, porque ésta carece de la facultad de evaluar y tomar decisiones por sí misma. Ya sea en el arte, la moral o en la política, los “expertos” deben decidir lo que es saludable o bueno para todos los individuos de una sociedad, sin que estos sean partícipes de decisiones que afectarán su prácticas en el espacio público.

Hace más de doscientos años, Inmanuel Kant definió la Ilustración como la salida del ser humano de su minoría de edad, significando con éste último término la condición en que los individuos son incapaces de valerse de su propia razón. El espíritu de la Ilustración implica abandonar el paternalismo, asumiendo que los seres humanos adultos son sujetos de derecho y de responsabilidades.

La defensa de la censura constituye la apuesta por un paternalismo insostenible, que se da una mano compromisaria con intereses políticos autoritarios. Se trata de una defensa de prácticas pre-ilustradas que en el nombre de la protección social nos hace a todas las personas más vulnerables.

En los senderos de la libertad, un Nobel se ha extraviado. Se le reconoce como Mo Yan. Su verdadero nombre es Guan Moye que en mandarín significa: “No hables”. Crátilo, el personaje de Platón, defensor de la tesis según la cual los nombres designan la esencia de las cosas, hubiese sonreído satisfecho.