Hay que dejarse de cuentos, los dominicanos, por muy pobres, rústicos, finos, ricos o educados que seamos, alguna o muchas veces hemos pasado por una fritanga y después de mirar y remirar la carnosa mercancía nos hemos ajustado unos crujientes chicharrones, una humeante morcilla, un socorrido bofe o cualquier otro manjar de barrio con sus correspondientes tostones o un buen pedazo de yuca de compaña y, oiga, ¡lo rico qué está ¡ ¡ lo increíble de ese sabor! aunque al comerlo uno se empuje para el cuerpo una tonelada de triglicéridos y un quintal de colesterol del malo, las frituras…son una sabrosura, valga la frase, hasta como eslogan.

Tal vez el secreto de ese sazón único sea el aceite de baja calidad frito, refrito o requetefrito una y mil veces, que más parece aceite usado de carro que uno comestible, o por el polvo del ambiente y el humo de los vehículos que sazonan las carnes o por la falta de higiene que suelen tener todos esos tarantines de cristales grasosos y  pobres bombillos solitarios, lo que sea, pero el asunto es que usted cocina lo mismo en su casa y por más cuidado y hierbas finas que le ponga, por más limpio que esté…el gusto nunca es igual. Misterios del un arte culinario popular ancestral que ha calado hondo en el dominicano

¿Y que me dicen de los pescados fritos de Boca Chica, por poner un ejemplo cercano, con su aspecto un tanto grotesco y primitivo, sazonados con simples aderezos naturales, con cuatro cortes en los costados y que una señora avejentada con apenas un par de dientes en su boca y un pañuelo a la cabeza,  los ofrece espantando las glotonas moscas con una varita?

Ustedes me perdonarán que les manifieste la siguiente herejía culinaria, tal vez más grande que una catedral, pero ni el mero a la bretona o a la minier, ni la merluza a la vasca, ni el chillo a la espalda se les pueden comparar…¡ni de lejos ¡ Es posible el sabor de estos platos gourmets sea más delicado, las salsas le den más sutileza, las recetas sean más sofisticadas, los precios más caros –sobre todo- pero el inconfundible sabor primario, original, verdadero, a puro peje recién sacado del mar, ya sea de primera clase como el mero o de segunda como el loro…sólo está en esos desvencijados puestos de las playas de nuestro hermoso país.

Y si usted lo acompaña con una ordinaria tajada de batata semejante a una suela de zapato cocinada, o unos tostones tan grandes que parecen un CD, ni digamos…placer de placeres…hay quien dice que el dios del mar Poseidón se le ve al anochecer llevarse una buena porción de ellos para cenar. Y

qué me dicen de los desayunos de trabajadores que una guagüita convertida en cocina rodante sirve a media mañana a un enjambre de obreros de la construcción, una espaguetada espesa, mitad pasta y mitad grasa con salsa de tomate, pero sin duda bien sabrosa, todo un viaje de calorías para aguantar la dura labor en los andamios, o el curioso huevoberguer con un especial tono verdoso ¡deberían hacer una franquicia con el nombre de Eggberguer!

¿Y qué decir de la ensalada ya mareada del mediodía que acompaña a un locrio de bacalao a pie de obra? ¿O del añugante yaniqueque de esquina como proletario y harinoso desayuno mañanero? La verdad es todas estas comidas populares, en su estilo y en su ambiente, son verdaderas delicias, pero tienen en contra los prejuicios del ascenso social, los gimnasios, las dietas, los chequeos médicos y otros.

En fin, si cuando pase por una fritura le vienen ganas de comerse un buen pedazo de cerdo, recuerde lo que decía el genial escritor inglés Oscar Wilde: la mejor manera de evitar una tentación es caer en ella. Además, un viaje de grasa al año, no hace daño.