En el mundo, las ciudades que tienen malecón son privilegiadas. La belleza que proporciona la cercanía del mar ofrece un espacio gratuito y gratificante, que es el contacto con la naturaleza.
En un malecón se suelen instalar negocios y locales que contribuyen a enriquecer un espacio urbano privilegiado. Se oferta generosamente al ocio y entretenimiento de quienes viven en las ciudades. Desgraciadamente nuestro malecón no es eso, no responde a esos requerimientos de las ciudades privilegiadas con malecón.
Esa fantasía solo está en la mente de los ilusos turistas que llegan hasta nuestras playas atraídos por una fotografía, creyendo que encontrarán algo parecido.
Nosotros, en la ciudad capital de República Dominicana, vivimos de espaldas al Malecón. No queremos ver todo el daño que le han hecho, y la gran mayoría no tiene idea de lo que es un malecón – que bien podría ser ese lugar especial en el cual realizar una caminata, salpicados ligeramente por el golpeteo y murmullo de las olas.
Nuestro malecón se ha convertido una vía peligrosa, por la que transitan 85 camiones de carga pesada cada 15 minutos, a alta velocidad.
Sí, ese malecón que podría ser el espacio para eliminar las tensiones existenciales de los que viven en la ciudad, con sólo bajar al atardecer a tomar el aire, como se hizo durante décadas.
De aquí que he pensado que debería surgir algo, algún movimiento que defienda el Malecón de estas autoridades ante tanta improvisación, ya que una nunca sabe con cuál nuevo experimento urbano vendrán
Hoy no es recomendable, se corren muchos riesgos en plena vía pública. Preguntándose uno, entonces, ¿cuál es la utilidad del Malecón, aparte de estar en una linda foto para que algún turista se ilusione?.
Muy a pesar de todo, el Malecón tiene una utilidad, y es servir a la clase política de turno – algo de lo cual dan fe las palmeras impávidas.
Porque si Ud. no lo sabía, el Malecón es un lugar experimental del cual se apropian los gobiernos locales cada 4 años (ahora será cada seis) para realizar experimentos urbanos.
Una verdadera locura inédita de la gestión municipal. Estos experimentos consisten en arrasar con todo lo que está a su paso (por ejemplo, el Obelisco que es una réplica de un monumento parisino, aporte de la arquitectura trujillista, es masacrado anualmente. En este monumento se colocan cualquier tipo de cosas, pinturas, árboles de navidad, hasta zapatos, al tiempo que se cierra el transito los días domingo, en un arrebato populista de mal gusto).
Mientras que en las intersecciones de las calles se colocan llaves gigantescas, se alquilan los espacios públicos para montar los negocios más inusitados, violando todas las ordenanzas municipales, conviviendo los capitales de reconocidas cadenas hoteleras con aquel arrabal, al tiempo que la antes idílica Guibia, desaparece durante años tras una cortina de zinc, para emerger bajo los efectos de un nuevo experimento.
Mientras tanto, las edificaciones interrumpidas se levantan tan erguidas como las lujosas torres y nadie asume la demolición o la terminación.
El parque Eugenio María de Hostos, preciado vestigio de la arquitectura local de calidad, de lo más bello que tuvo el país, es y ha sido usado para mítines, concursos, kermeses.
El parque Eugenio María de Hostos, hoy agotado, tras tantas agresiones urbanas languidece rodeado de vallas. Aquellas aceras están hechas para cualquier cosa, menos caminar. Y que lo diga la prostituta entre la penumbra de un anunciado pero todavía no instalado alumbrado, como parte de un plan.
A esto hay que agregar la policía turística, otro experimento: basta con ver aquellos personajes a los abrigos del sol, sin porte, recostados, eternamente cansados. Todo esto da una pena, señores.
Hoy ante el rumor de un “Plan” para el Malecón, no hemos podido más que sobresaltarnos, y unirnos a las voces preocupadas por el destino de la ciudad.
De aquí que he pensado que debería surgir algo, algún movimiento que defienda el Malecón de estas autoridades ante tanta improvisación, ya que una nunca sabe con cuál nuevo experimento urbano vendrán.
Que los protectores del Malecón, como primera tarea, hagan firmar un pacto con la clase política de “no agresión al malecón” que ningún partido pueda hacer uso del malecón para mítines, colgar propaganda ni pintarla. Que el uso de la pintura en el Malecón sea cuidadosamente estudiado (el amarillo tiene una simbología, los urbanistas lo saben). Y por favor, que no le hagan más daño a las palmeras; que las edificaciones a medio construir sean revisadas; que el tránsito vehicular sea cuidadosamente regulado; que los permisos a negocios sean estudiados por una comisión de arquitectos urbanos independientes.
No hay que hacerle muchas cosas al malecón, lo único que hay que hacerle es respetarlo, entiendo que eso es mucho pedir, pero podemos intentarlo.
¡Ah!, por favor, no hagan más “planes”, sino tomen en serio algunos de los ya propuestos por el sector privado, como la limpieza de las alcantarillas.
Eso sería bien bonito, aunque entiendo la dificultad de los políticos de fotografiarse en el subsuelo. Planes reales y concretos. Hechos por profesionales serios. Eso no cuesta nada, a no ser el compromiso de no seguir haciendo negocios con la ciudad.
Asonahores, el Cardenal, los empresario del malecón, los Bonarelli, los Vicini, Patricia Read, los Hoteleros, las facultades de Arquitectura, los medios de comunicación, geógrafos, sociólogos y antropólogos urbanos, los ciudadanos todos, deberíamos crear el patronato para defender el Malecón de la creatividad política nacional, y hacerlo ya, antes de que el malecón desaparezca y nos hagan un elevado, un parque temático acuático, un parque Canquiña frente al Obelisco o un muro a todo lo largo para que no se vea definitivamente el mar… Hagamos algo, démosle el frente al malecón, necesitamos vivir de frente a la naturaleza.