PARA UN EXTRANJERO, como yo, el sistema electoral de Estados Unidos parece disparatado.

El presidente es elegido por un "colegio electoral", lo que no necesariamente refleja la voluntad del pueblo. Este sistema, enraizado en las realidades del siglo XVIII, no tiene relación con las condiciones de hoy. Conduce fácilmente a la elección de un presidente que ha atraído a los votos de solo una minoría, privando a la mayoría de sus derechos democráticos.

Debido a este sistema arcaico, los tres últimos días de la campaña se dedican exclusivamente a los "estados indecisos", aquellos cuyos votos en el Colegio Electoral todavía están en duda.

Es, en el mejor de los casos, una forma curiosa de elegir al líder de la potencia más poderosa del mundo, autoproclamada campeona de la democracia.

El sistema de elegir a los gobernadores, senadores y representantes también es muy dudoso, en cuanto a lo que tiene que ver con la democracia. Es el antiguo sistema británico de que “el que gana se lo lleva todo”. Esto significa que no hay posibilidades, en absoluto, de que las minorías ideológicas o sectarias estén representadas en el sistema político total. Las ideas nuevas y controvertidas no tienen cabida.

La filosofía que respalda un sistema como esté es la que se prefiere la estabilidad, el cambio lento y la innovación sobre la democracia plena, o evitarlos todos. Es típico de una aristocracia conservadora.

Al parecer, no hay voces serias en EE.UU. que defiendan un cambio en el sistema. Si el presidente Obama o Romney son elegidos esta semana por una pequeña mayoría en Ohio, cualquiera sea la votación popular en el resto del país, que así sea. Después de todo, el sistema ha funcionado bastante bien durante más de 200 años, así que ¿para qué pulirlo ahora?

EN LAS ELECCIONES de Israel, por el contrario, varios partidos hablan incesantemente sobre “El Sistema”. “El Sistema es malo”. “Hay que cambiar el Sistema”. “Vote por mí, porque voy a cambiar el Sistema”

¿Cuál sistema exactamente? Eso le toca decidirlo a los electores. Usted puede interpretar lo que usted quiera (o mejor, cualquier cosa que a usted no le guste). Las elecciones. La economía. Los tribunales. La democracia. La religion. Lo que usted desee.

Francamente, cada vez que un político empieza a hablar de “el Sistema”, me erizo, Si usted traduce estas dos palabras al alemán tendrá “Das System”

“Das System” fue el principal objetivo de la propaganda de Adolfo Hitler durante su batalla de 13 años por el poder. Fue increíblemente eficaz. (La segunda más efectiva fur su condena a los “criminales de noviembre” que firmaron el armisticio, después de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Nuestros propios fascistas ahora hablan de los “criminales de Oslo”.

¿Qué querían decir los nazis cuando hablaban de “Das System? Todo y nada. Lo que su auditorio odiara en determinado momento. La economía, que condenó a millones al desempleo y al abandono. La república, que fue responsable de la política económica. La democracia, que fundó la república. Los judíos, por supuesto, que inventaron la democracia y dirigieron la república. Los partidos políticos, que sirvieron a los judíos, Y así por el estilo.

CUANDO LOS POLÍTICOS israelíes truenan contra “el Sistema”, por lo general se refieren al sistema electoral.

Esto comenzó desde el mismo momento en que se creó el Estado. David Ben-Gurión era un demócrata, pero también un autócrata. Quería más poder. Estaba disgustado por la proliferación de partidos políticos que lo obligaban a improvisar coaliciones engorrosas.

El Estado de Israel era sólo una continuación del movimiento de Sionista, que siempre tenía una especie de elecciones. Éstas elecciones eran rigurosamente proporcionales. Cada grupo podría establecer un partido y cada partido estaba representado en los congresos sionistas, según el número de sus votantes. Era algo sencillo y democrático.

Cuando el estado israelí fue fundado en 1948, este sistema fue adoptado automáticamente. Y no ha cambiado hasta hoy, salvo que “la cláusula mínima” fue elevada de uno a dos por ciento. En las últimas elecciones, 33 partidos compitieron, 12 de los cuales pasaron el umbral del 2 % y están representados en el Knesset, que recientemente acordó disolverse.

En general, este sistema funcionó razonablemente bien. Y esto aseguró que todos los segmentos de la sociedad –nacional, étnico, confesionario, socioeconómico, etc.‒ estuvieron representados y podían sentir que pertenecían al sistema. Las nuevas ideas podían encontrar expresión política. Yo mismo fui elegido tres veces.

Esta es una de las explicaciones del milagro que constituía la democracia israelí –un fenómeno que es casi inexplicable, considerando que casi todos los israelíes vinieron de países severamente antidemocráticos: la Rusia del Zar y los comisarios, y Marruecos, Irak e Irán de reyes autoritarios; la Polonia de Jozef Pilsudski y sus herederos, y por supuesto, judíos y árabes nacidos en la Palestina otomana y británica.

Pero el fundador del movimiento Sionista, Theodor Herzl, era un admirador de la Alemania del Kaiser, en la cual la democracia se desarrolló hasta un cierto grado, y también de Gran Bretaña. Los padres fundadores que vinieron de Rusia  querían progresar como los habitantes de la Europa Occidental.

Por esta razón, Israel mantuvo una democracia que era, al menos al principio, igual a la mejor. El lema “la Única Democracia en el Oriente Medio” no era todavía un chiste. Esto también proporcionó un gobierno estable, basado en coaliciones que cambian.

Ben-Gurion odiaba el sistema electoral. Sus fulminaciones en contra fueron desestimadas por el gran público, incluso por sus propios votantes, como un capricho personal. En 1977, un nuevo partido, llamado Dash, ganó 15 asientos basado en el único punto de su plataforma, cambiar el sistema electoral, al que culpó de todos los males del país. El partido desapareció en la siguiente elección.

EL HEREDERO LEGÍTIMO de este partido desaparecido es el nuevo partido Ya’ir Lapid (“Hay un Futuro”), que quiere “Cambiar el Sistema”, incluso el sistema electoral.

¿En qué dirección? Hasta este momento, eso no está nada claro. ¿Un tipo sistema presidencial al estilo de EE.UU.? ¿Un sistema al estilo británico de que “el ganador se lo lleva todo”? ¿El sistema alemán de la posguerra (el que yo prefiero), bajo el cual la mitad del Parlamento es decidida en elecciones nacionales proporcionales, y la otra mitad en distritos electorales mediante el voto de la mayoría?

¿Qué más quiere cambiar el partido Lapid? Es plausible que este sea el único partido que ha abordado la cuestión palestina, al declarar que no formará parte de ningún gobierno que no reanude las conversaciones con los palestinos. Esto no significa demasiado, puesto que las conversaciones pueden continuar infinitamente y no conducir a ninguna parte, como en el pasado. No mencionó "la paz" mundial. Y también prometió que Jerusalén no será dividido –una promesa que garantiza que cualquier negociación sería imposible‒. Hizo su declaración en Ariel, la capital de los colonos, boicoteada por el movimiento de paz entero.

SIN EMBARGO, el enemigo principal del “Sistema” es Avigdor Lieberman. En sus labios, esas dos palabras recobran sus matices fascistas originales.

Esta semana Benjamín Netanyahu dejó caer un obús: el Likud y el “Israel Nuestro Hogar” de Lieberman formarán una lista de elección conjunta –poniendo en movimiento la creación de un partido conjunto‒. La lista será llamada “Likud Beiteinu” (“Likud Nuestro Hogar”). De esta fácil manera se lo impuso a su partido reacio, aunque nadie supiera los detalles del acuerdo.

Pero las provisiones principales del acuerdo oral ya se han filtrado: Lieberman será el No 2 de la lista y será podrá elegir uno de los tres ministerios principales en el próximo gobierno: Defensa, Tesorería o Relaciones Exteriores.

No puede haber la menor duda de que Lieberman va elegir Defensa, aunque tratara de tranquilizar al público fingiendo él que podría preferir Relaciones Exteriores, su esfera actual, en la cual está siendo boicoteado por la mayor parte de los líderes principales del mundo.

El subtexto del acuerdo es que los dos partidos pronto serán uno y que Lieberman logrará suceder a Netanyahu como el líder de la derecha completa, y que dentro de unas semanas, podremos verlo como el omnipotente ministro de Defensa, con su dedo en los gatillos convencionales y nucleares, y, aún más espantoso, como el único gobernador de los territorios palestinos ocupados.

Muchos israelíes tiemblan.

Hace sólo unos años esa idea era impensable. Aunque él llegó a Israel hace 30 largos años, Lieberman se ha mantenido como "la quintaesencia del inmigrante ruso”. En realidad, él vino de la Moldavia soviética.

Hay algo profundamente siniestro en su aspecto, su expresión facial, en sus ojos furtivos y su lenguaje corporal. Su acento en hebreo es pesadamente ruso, su lenguaje es crudo. Proyecta una lujuria desenfrenada por el poder, en el sentido más brutal.

Su más cercano (y quizás único) amigo extranjero es Alexander Lukashenko, el presidente de Bielorrusia y el último dictador que queda en Europa. Su principal objeto de admiración es Vladimir Putin.

El credo descarado de Lieberman es la limpieza étnica, un Estado Judío Araber-rein. Él ha traído consigo de la Unión Soviética un desprecio abismal por la democracia y una creencia en “el gobierno fuerte”.

Hace años preparé la ecuación “Bolchevismo ‒ Marxismo = Facismo”.

13 VECES en su anuncio de dos minutos a la nación sobre la fusión, Netanyahu empleó las palabras "fuerte" (gobierno fuerte, Likud fuerte, yo fuerte), “poderoso” (Israel poderoso, Likud poderoso), y "gobernabilidad", una nueva palabra del hebreo, querida tanto por Lieberman como por Netanyahu. (Esta semana varios comentaristas emplearon el nombre que acuñé hace algunos años: “Bieberman”.)

Si el Bieberman gana estas elecciones, será, en efecto, el final de “Das System”, y el principio de un nuevo capítulo espantoso en la historia de nuestra nación.