Juan Pérez hijo (Curú) estaba en la agenda de los sicarios del tirano para ser ejecutado, allá, en el Pedernales de la frontera con Haití, 307 kilómetros al suroeste de la capital. Delito: vio sin querer un ahorcamiento en unos terrenos contiguos a la playa del pueblo.

Ese sitio, como isla Beata, era un matadero clandestino de personas de la metrópoli desafectas al régimen del “generalísimo doctor, padre de la Patria Nueva”, Rafael Leónidas Trujillo Molina (1930-1961).

Los muertos eran quemados; los sobrevivientes debían purgar sus penas bajo las inclemencias de la isla solitaria de 27 kilómetros cuadrados, a 32 millas del municipio cabecera. http://guia-republica-dominicana.blogspot.com/2014/05/la-isla-beata.html.

Don Curú madrugaba para ir a pie a trabajar sus predios frente al mar Caribe. Un día, al llegar, fue testigo de escenas horribles de un asesinato en curso. Un hombre rogaba clemencia; unos esbirros que cumplían sin piedad la encomienda de algún superior. No valió. Misión consumada. Ocurría en cuestión de minutos.

El alto mando del Ejército sospechó que este agricultor larguirucho rondaba el lugar, y convocó una reunión de urgencia para analizar el caso. La orden fue precisa: eliminarlo de inmediato, si resultaba cierta la conjetura. De aquellas tropelías nadie podía enterarse.

Un guardia se enteró del plan macabro y corrió en busca de él, quien estaba muy ajeno. La idea de los verdugos consistía en preguntarle si había visto a un hombre determinado, pero sin referirle el asesinato. Y si contestaba que sí, “ahí mismo lo lo linchan, sin apelación”. Cuando le abordaron, don Curú contestó sin titubear: ¡No!

Salvó su vida, pero tuvo que vender sus tierras por 500 pesos a Prieto Mafungo. Corrían los años cincuenta.

“ESO NO ES MÍO”

Curú no activaba en política. Nunca se ufanaba de antitrujillista, pero rechazaba lo mal hecho sin importar de dónde viniera, y en aquellos tiempos difíciles, la maldad brotaba a borbotones, día tras día, desde el mismo poder político. Consejero eterno de grandes y chicos, y le creían, porque modelaba los valores que pregonaba. No era raro verle sentado en un banco del parque, aconsejando a algún joven rebelde. O visitar algún hogar, a petición de la familia, para evitar una ruptura de matrimonio. 

La vida no le fue fácil desde 1927, cuando, con nueve años, el hermano de su padre Juancito, Benigno o Benino Pérez ¡Coñito!, lo metió en un árgana y echó a andar a su mulo desde Duvergé, y cruzó la sierra Baoruco en dirección suroeste, buscando un lugar seguro donde el lago Enriquillo no le anegara sus sembradíos, como le acababa de suceder.

Pero las inclemencias de la vida nunca mellaron su formación doméstica. Lo contrario: forjaron un hombre de bien, metódico y honrado extremo, sin una pizca de resentimiento, siempre listo para servir sin esperar nada a cambio. Así lo ha categorizado el pueblo.

Se cuentan por montones sus historias de servidor público indoblegable, desde su designación como oficial civil en 1963, durante el gobierno de Juan Bosch.

Sin parangón en la vida dominicana fue su actitud frente  huracán Inés el 29 de septiembre de 1966. En la víspera, se llevó a su casa de la Juan López 4 todos los ajuares de la Oficialía Civil, echó a un lado el mobiliario familiar y, en el mismo centro de la sala, instaló la oficina. Por allí desfiló todo el que urgía de un acta de nacimiento, defunción o de matrimonio…

El poderoso ciclón tumbó el edificio de oficinas públicas. Se robaron todo. Hasta  las planchas de zinc y la madera. Todos los servicios quedaron paralizados hasta que el gobierno presidido por Balaguer construyó una nueva edificación (la actual) y la equipó.

La Oficialía del Estado Civil, sin embargo, se mantuvo abierta, dando servicios. En la casa de Curú y Zora estaba la mesa ejecutiva, de caoba centenaria, que pesaba como un camión; la maquinilla Olivetti, en perfectas condiciones, sobre su mesita también de caoba, el archivo de metal, la perforadora, la grapadora, los sacagrapas… todos los libros de nacimiento, defunción y matrimonios, y hasta resmas de papel, clips, lápices y bolígrafos.

Cuando el gobierno inauguró las nuevas oficinas públicas, don Curú regresó todos los bienes salvados del huracán. Le gritaban: ¡Buen pendejo! Y él solo sabía decir en su eterno tono bajo: “Eso no es mío, eso es del Estado. Yo no soy ladrón”.

Murió el 15 de mayo de 1994, a los 76 años, a causa de un cáncer agresivo del colon, sin saber que antes, la angurria y la corruptela política de Pedernales, le habían gestionado la cancelación de su cargo de tres décadas en el que devengaba un salario de 60 pesos, que le entregaba intactos a su pareja para resolver necesidades básicas. Para que no muriera de vergüenza, sus hijos idearon pagarle el salario hasta el en que expiró.   

“Me estoy muriendo, mis hijos. Aquí estoy, pero nadie me puede apuntar con un dedo. No se corrompan”, mascullaba. Y murió.

En Pedernales no existe una calle que lleve su nombre. Mucho menos un monumento. Tal vez sea lo mejor en su honor porque nunca actuaba para ello. Nunca buscó reconocimiento público, ni esperó gratitudes. Se sentía un servidor público pura y simple. En las mentes de los honrados tiene su monumento. Cumpliría cien años el 18 de junio 2018.