Detrás de la historia de grandeza de los Estados Unidos de América se esconden muchas curiosidades desde que proclama su independencia hasta la fecha. Es aquí donde se inicia el primer sistema democrático presidencialista en el mundo: La gente vota en unas elecciones por un presidente, legisladores y otras autoridades para que lo gobiernen y administren el patrimonio público. Hasta ese momento la humanidad sólo conocía las monarquías, reyes que supuestamente su poder venía de Dios y se iba traspasando por herencia familiar.

Al independizarse de Gran Bretaña, por los abusos en el cobro de los impuestos de la monarquía con sus  13 colonias, y tras librar una guerra; quisieron ser la negación radical o antítesis del imperio inglés. La nueva nación quiso diferenciarse en todo, incluyendo en los títulos de nobleza: su majestad, su excelencia, excelentísimo… 

Al presidente norteamericano, legisladores, embajadores y demás simplemente se le llama “señor”.  El proponente de que un gobernante y los otros funcionarios se le llamara únicamente “señor”, por su nombre o el cargo fue del grandioso general George Washington, padre de la Patria y su primer Presidente. Washington era contrario en esto al vicepresidente y uno de los padres fundadores del país, Jhon Adams, quien pensaba que se podían utilizar algunos títulos.

Es diferente a República Dominicana donde los periodistas y locutores tienen que hacer un curso para aprenderse el protocolo (lambisconería) de cómo llamar a los funcionarios. Para referirse al Presidente, los ministros, legisladores, embajadores hay que decirle “excelentísimo”, “honorable”;  además de doctor, ingeniero, licenciado.  Esto es obligatorio, aunque a veces no tienen nada de honorabilidad en el desempeño de sus funciones. En Estados Unidos no es necesario acompañar el nombre de los funcionarios o ciudadanos con el de doctor, licenciado, ingeniero y otros.

Jhon Adams fue el primer vicepresidente y solía decir que ese es el cargo más aburrido y de poca importancia en el mundo. Luego se convirtió en el segundo presidente de Estados Unidos. Cuando Washington concluyó su segundo período de gobierno constitucional, sus seguidores  le pidieron que buscara la reelección nuevamente, respondió que si hizo la guerra a la monarquía no podía convertirse en un rey, en un dictador. Recalcó que no podía desvirtuar el origen de un gobierno democrático que da oportunidades a todos los ciudadanos que quisieran optar por la presidencia de la nueva nación. Se fue a la vida civil.

Desde ese momento (hace más  de 200 años) hasta el día de hoy se convirtió en una tradición en que los presidentes norteamericanos, por malos o buenos que sean, traspasan el mando sin rechistar. Se estableció desde entonces, por costumbre o tradición (originalmente no estaba en la Constitución), que a un Presidente se le permite optar por un segundo mandato y nada más.

Todos respetaron la tradición hasta que el presidente Franklin Delano Roosevelt la rompió y permaneció en el poder por cuatro períodos. Es el único en ganar cuatro elecciones: 1932,  1936, 1940 y  1944. Pero fue por una coyuntura muy especial. Roosevelt llega al gobierno en medio de la crisis económica más grande que jamás haya tenido país alguno, bautizada como “la gran recesión”.  Está considerado como uno de los mejores gobernantes de la historia por la forma que sacó el país de la crisis.

Para enfrentar el problema se hizo acompañar de los “cerebros”, nombre que recibieron los miembros de su gabinete y  colaboradores.  La otra coyuntura que permitió la reelección de Roosevelt fue que el país entró en la Segunda Guerra Mundial. Ganó la guerra, aunque murió unos meses antes de la rendición de Alemania y Japón. Un dato curioso es que después que concluyó la guerra, para que a nadie se le ocurra “inventar”, se realizó la enmienda constitucional número XXII de 1951 limitando a dos mandatos “y nunca jamás”.