Un político debe ser el primero en sentir los vientos del cambio. O el cambio de los vientos.
De ello depende su vida. De ello depende su éxito.
Una verdad tan evidente no ameritaría siquiera estas pobres líneas. Se trata apenas de sentido común. Pero ya se sabe lo que se dice.
Para muestras, cuatro botones.
Maquiavelo: El más grande político de todos los tiempos. Eso dicen. Pero pocos sabrán que cuando escribió su inmortal obra, ya hacía años que había caído en desgracia. Fue luego de que los Médici fueran expulsados de Florencia que Maquiavelo brilló en la política, de Florencia a Innsbruck, de París a Roma, de Venecia a Florencia. Todos pensaron que los Médici jamás volverían. Pero volvieron. Maquiavelo se arrepentiría de haber conspirado contra ellos. Fue cancelado. Fue torturado. Peor aún, fue separado de la vida pública. Para siempre. De nada le sirvió haber escrito el Príncipe. Los Médici nunca lo nombraron de nuevo. Maquiavelo duró quince años en desgracia. Hasta que cayó muerto.
Maquiavelo no sintió el cambio de los vientos.
Fouché: El Carnicero de Lyon. El más grande calié de todos los tiempos. El hombre al que Napoleón le tenía miedo. El jefe de su policía, que le pagaba hasta a Josefina para que le contara sus secretos. El hombre mejor informado. El más poderoso. Pero pasó Waterloo. Se fue Napoleón. Y llegó Luis XVIII. De nada valieron sus marrullas: El nuevo rey no se lo perdonó: veinte años antes, Fouché había elegido la guillotina para la cabeza de su hermano muerto. Fouché murió también, pobre, en el destierro ¿Cómo hubiera podido imaginar que los Borbones volverían de nuevo?
Fouché no sintió el cambio de los vientos.
Talleyrand: ¡El más grande! El cura que colgó los hábitos para nacionalizar todas las iglesias, todos los conventos. El político que sirvió a todos los gobiernos: Al de Luis XVI, al directorio, a Napoleón y a su imperio, a Luis XVIII, a Carlos X y a Luis Felipe. A todos. A realistas y a revolucionarios. A Bonapartes. A Borbones y a Orleans. A dictaduras y a monarquías parlamentarias. El político que logró que, en Viena, Francia negociara como si hubiera vencido a Wellington. El que forzó la creación de Bélgica para tener a alemanes e ingleses bien lejos de su tierra. El que solo se murió cuando negoció con la pobre iglesia, la salvación de su alma negra.
Tayllerand, ese que dijo: “Nunca traicioné a un gobierno que nunca se haya traicionado primero”. Tayllerand, ese que nunca leía, ese sí que siempre sintió primero el cambio de los vientos.
En los confines del mundo conocido, en su castillo, un príncipe de suaves maneras se acerca a su biblioteca. De entre miles de volúmenes, escoge El Príncipe y lee.
Sus ventanas cerradas no le permiten oír el viento que sopla. Sus cortinillas venecianas no le permiten ver volar las hojas de laurel muertas.