Fe, Esperanza y Claridad

Cuatro tesis de sentido común sobre la crisis del PRD

Por Luis Ulloa Morel

Primera. La actual crisis del PRD tiene relevancia para el destino inmediato del país.  Por el tamaño y significación de esa agrupación para una parte gruesa de la población, por un lado, y, por el otro, porque dicha fuerza representa, a los ojos de muchos, la más importante valla de contención posible ante los confesados aprestos del Partido de la Liberación Dominicana de eternizar su dominio omnipotente sobre la vida nacional.

A quienes no somos perredeístas, ni cosa parecida, no hay que explicarnos la naturaleza de ese partido –hoy casi ex partido--, puesta de sobra de manifiesto en sus frustrantes  ejecutorias gubernamentales y desde fuera del gobierno. Que todos los que han gobernado  “son lo mismo” y “todos son responsables” de la calamidad del país, se nos dice y yo también digo.  ¿Qué sería lo ideal, para quienes pensamos de este modo? La existencia clara y patente de una opción progresista capaz de torcerle el brazo al peledeísmo. Hoy día tal fuerza no existe. La culpa, por cierto, no es del PRD, como tampoco somos culpables los alternativos de las malas ejecutorias de ese partido y mucho menos de su crisis actual. Pero hay otra verdad: tanto el uno como los otros seremos responsables de la permanencia impune del PLD como partido de gobierno.  La crisis del PRD importa por lo que ese partido puede ayudar a evitar, más que por la esperanza de que en su seno pueda incubarse algún ingrediente esencial para la transformación de la sociedad. Bastaría con que juegue debidamente el primer papel.

Segunda. Para ello debería poner fin a la actual crisis en lo inmediato. Vistas las cosas desde fuera del perredeísmo –desde dentro puede que se vea mucho más--, hablar de posible solución vía reencuentro parece ya un ejercicio completamente estéril, gasto inútil de un tiempo que se hace corto. Miguel Vargas quemó las naves  --creo que estúpidamente, si pretendió actuar en calidad de político—y ya se sabe que conservará un pedazo ostensiblemente minoritario de partido pero también la franquicia, con sus símbolos, etc. Para ello ha contado con la ayuda impúdica de unas “Altas Cortes” visiblemente obedientes al condicionamiento del poder. Ahí debería terminar la historia por parte del sector mayoritario. ¿Por qué no dar paso, sin pérdida de tiempo, a su propia franquicia, tal vez bajo una consigna que insinúe algo así como que “me voy pero vuelvo” (por aquello del apego inevitable a símbolos históricos)?

Tercera. El sector mayoritario ha mostrado una penosa vulnerabilidad y carencia de garras. Prácticamente en todo momento han actuado de manera solo reactiva. Aunque es entendible y desde luego necesario recurrir a las instancias legales, aun de antemano suponiendo resultados adversos, parece como si ratos esperaran que auyama pariera calabazas. Lo peor: a este recurso han limitado, en lo esencial, suresistencia. Cuando han hablado de movilización ni los propios enunciantes se lo han creído. Hasta han permitido que se les identifique permanentemente con la reduccionista expresión de “sector de Hipólito”. No parece haber suficiente unidad de mando ni mucho menos elaboración de conjunto de las estrategias. Por lo demás, ¿quiénes constituyen, en su inmensa mayoría, la plana mayor del sector mayoritario? Gente social y económicamente muy acomodada –y no quiero hablar de edades--, auto-impedida para ningún accionar que ponga en riesgo su tranquilidad y confort. (Nada de esto desmiente que se trate, en muchos casos, de gente brillante y en algunos casos bien intencionada). No hay éxito verdadero sin riesgos. ¿Quiénes, aparte de la “base” –esa sí que tiene poco o nada que perder--, están dispuestos a tomar el toro por los cuernos? Vaya usted a saber…

Cuarta. Todavía se oyen voces esperanzadas en una Convención en la que el sector mayoritario saldría inevitablemente ganancioso. ¡Como si no conocieran, después de tantas muestras, de qué se trata todo esto! Nadie le va a ganar la dichosa Convención a Miguel Vargas y a Leonel Fernández, no importa lo burdo de los recursos. Después, que nadie se ofenda si alguien osa poner en dudas su grado de inteligencia.

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