El once de agosto del año dos mil once publiqué una columna titulada ¿Cuánto vale un líder?, en la que comparaba el costo económico y social del liderazgo patriarcal de la historia reciente (Balaguer,Bosch, Peña Gómez), con el liderazgo contemporáneo. Y el balance nos arrojaba sobre una pavorosa realidad: el liderazgo patriarcal de la historia reciente (Balaguer, Bosch, Peña Gómez) fue “un liderazgo histórico de costo muy bajo. Más que en el dinero, se empinaban en la pasión por el poder mismo (Balaguer), en la idea más pura del bien común (Bosch), o  en el sudario del redentor que mira su propia vida con un propósito liberador de las multitudes irredentas(Peña Gómez). Pero ninguno dejó fortuna, ninguno legó riqueza material obscena. Ninguno fue proclive al dinero”. Y lo que les costaban al país es incomparable con lo que le cuesta a la nación mantener un “líder” contemporáneo.

Y quisiera ilustrarlo con el caso del presidente Danilo Medina. ¿Cuánto nos cuesta mantener su “liderazgo”? ¿Qué pagan los contribuyentes para que Danilo Medina administre el Estado? ¿Un Presidente de la república no es, acaso, un empleado público? Estas interrogantes hay que formularlas así porque entre nosotros el Estado es portador de una agresiva y engreída manera de no ser, y solemos olvidar que todo lo que hace el presidente está financiado con los impuestos que aporta el ciudadano. El Estado somos todos, pero es lo que siempre se ignora; una extraña fatalidad que hace de los presidentes dominicanos pequeños dioses terrenales. Dejando de lado el primer período de Danilo Medina, ¿cuánto nos costó la reelección de este “líder”? ¿Cuál fue el valor de la compra de diputados y senadores para violentar la Constitución y posibilitar el marco legal de la reelección? ¿Alguien recuerda  en la historia moderna una campaña electoral más dispendiosa, llena de recursos, rebosante de dinero, con todos los ministros y sus presupuestos en campaña, con el 14% del presupuesto nacional que maneja de manera directa el presidente de la república, con los contratistas, ODEBRECHT, con quince partidos políticos y cuatrocientos movimientos? ¿No es aterradora la experiencia del déficit fiscal de más de doscientos cinco mil millones de pesos que acarreó la reelección de ése “líder”? ¿No sufrimos, al inicio del gobierno de Danilo,  un paquetazo tributario que era destinado a solventar un déficit generado por ellos mismos?

Ése liderazgo se sostiene también en más de veintiocho mil militantes del partido pagados por las nominillas A, B, y C; y por el dominio casi absoluto de todas las instituciones del Estado. Se bautiza mediáticamente en casi ocho mil millones de inversión en propaganda, pago de bocinas y cooptación de comunicadores y medios. Contando, además, con el combustible de los rentistas que financiaron el proyecto político, y llegaron al estado con numerosas compañías de carpetas. Todo eso es una carga económica gigantesca que debe soportar el estado al que todos contribuimos, únicamente para que un predestinado nos guíe. Es desde el estado que todos los relatos de nuestros “líderes” han prometido empujarnos hacia un mañana siempre inalcanzable y mentiroso. El estado es la mula del sacrificio, la mula semiótica de Juan Bosch esculpida en su novela “La mañosa”.  En suma, no es difícil comprender los orígenes de las reiteradas miserias que nos desgarran, el recelo y la dificultad de construir instituciones. Si todos nuestros inesperados conflictos de pronto se grabaran en la mente de los más humildes, y se hiciera la luz respecto de la felicidad ciudadana que se roban los políticos dominicanos que asaltan el estado, de seguro que el pueblo los echaría a patadas, de seguro que dejaríamos de ser una sociedad balbuciente y un pueblo enmarañado; y desplegaríamos una gran avidez por dejar de ser lo que somos.

La reingeniería de la política dominicana  debería cuestionarse sobre cuánto nos cuesta mantener los “líderes” que nos gobiernan, porque a estas alturas todos tenemos derecho a preguntarnos si en realidad  tales “liderazgos” son verdaderamente necesarios, y si sirven para algo que no sea enriquecerse. ¡Oh, Dios!