Diario de la ciguapa

Cuando el chivo no sabe qué son esas bolitas negras...

Por Sara Pérez

Lo pueden ver en Youtube. Es un perro que se está comiendo un hueso y, quizás por un "tic", acerca una de sus patas traseras a la comida y reacciona gruñendo, amenazando con morderse a sí mismo, porque de repente pretende que esa pata, una de las cuatro con las que nació, con las que camina y corre todos los días y con las que por años se ha rascado, no es suya.

Según él, esa pata trasera es una alienígena, que no sabe de dónde salió, a la que no conoce, que no le pertenece, de la que nunca ha tenido noticias y a la que, desde hace algunos días, dizque (porque eso está por verse, del verbo todavía no ha ocurrido) está en disposición de enfrentar enérgicamente.

Para el perro, el comportamiento de una de sus patas es responsabilidad de esa extremidad, que es absolutamente autónoma. No está conectada a su cerebro, no es parte de su alma, no tiene articulaciones, huesos, sangre, ni nervios interconectados  con el resto de su organismo.

Es como si el perro no hubiera reparado en la existencia de esa parte de su cuerpo hasta  el instante en que comienza sospechar que la pata le añade una dificultad al disfrute de su hueso.  Por su cabeza no pasa la idea de que su pata no le es ajena y que es su componente que mejor lo representa, el que lo concentra y resume, le sirve de firma y singulariza sus huellas.

El vídeo tiene más de un punto en común con la perspectiva que la Iglesia Católica, a regañadientes, ha acabado por difundir, del problema de los abusos y violaciones a menores registrados dentro de la institución.

A pesar de que la pederastia dentro de esa Iglesia y ha tenido reiterados y numerosos episodios en serie, los casos se plantean como si se tratara de incidentes esporádicos y aislados.

El mal entendido no es solo de los acólitos con menos luces, sino de muchos de los líderes que dirigen la orquesta, algunos de los cuales, además, no acaban de acoplarse a la nueva batuta general, que, quiéralo o no, tiene que confrontar, aunque sea con algún simulacro, un problema que no hay forma de mantenerlo enterrado en las catacumbas.

El Cardenal López Rodríguez  es de los más rezagados. Acostumbrado a un ejercicio "pastoral" principesco y ya sin destrezas para evolucionar, se le hace imposible adaptarse al nuevo código en boga, de simpática, afable y humilde "honestidad", sea esta de mera fachada, o más profunda, de cocina, baño y closets.

Después de mentir, asegurando que no estaba ocurriendo nada con el Nuncio, acabó por declarar que,  como en otros lugares y entre otra gente, se han registrado casos de abusos, sugiriendo que esto ocurre al interior de la "sagrada" institución, con una frecuencia similar a la de otros contextos. Parece que todavía no sabe que un solo caso es demasiado en cualquier sitio y que es más grave aún cuando se trata de una avalancha.

El propio Vaticano, entre otras razones, por las de orden económico, pretende interpretar las violaciones, abusos, maltratos cometidos por sus pederastas como conductas y "pecados" individuales y aislados, ejecutados por "malos" sacerdotes, que hasta hace muy poco no eran tan "malos" como para los alejaran permanentemente de donde pudieran hacer daño, ni se les pusiera en manos de la justicia. Ese es un punto crucial.

Se parece mucho a la posición de La Policía, cuando habla de los oficiales que "deshonran" el uniforme, sin mencionar el problema estructural de la institución como promotora de crímenes, multiplicadora de abusos y generadora de conductas delictivas, con un peso colectivo, aunque no absoluto, sobre sus alistados.

Aparte del milenario silencio cómplice, la adicción al embuste y la postergación, si no es que la indiferencia ante las víctimas, ¿No es para preguntarse si al interior de estas instituciones hay algún tipo de abono para el abuso?

La misma práctica social, política y económica de la Iglesia Católica,¿No es la más eficiente escuela para prestigiar el despotismo, la arbitrariedad y el atropello?

Tal vez si la Iglesia Católica dejara de meterle manos al presupuesto nacional, al espacio público y a los derechos ajenos, los pederastas que anidan en su interior acaben enterándose de que también es incorrecto -y sujeto a sanción- trastear las partes íntimas de los niños, violarlos, usarlos como retretes y servirse de ellos con la misma cuchara con que su institución se sirve la riqueza y el poder.

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