El trayecto de una novela basada, amparada y fortalecida por tópicos históricos invita a una lectura de sus imágenes, signos, hablares y silencios. El significante histórico encuentra en el relato intenso y extenso sus relaciones. Pero además, encuentra los nudos de enlace y desenlace de dicha historia. Diégesis y fábula producen el sentido que se hace visible en el contexto de un encuentro y un desencuentro narrativos. El sujeto novelesco participa de la conjunción y la ruptura en el orden de la historia ubicada y motivada por narradores y narratarios.
Sin embargo, la misma escritura de la historia se convierte en novela,acto verbal, trama y discurso que involucra personajes, geografía imaginaria, recuerdo, cifra de tierra y ecos de una travesía de misiones, visiones, migraciones, distancias, revisiones e invenciones imaginarias. Lo novelesco, en este caso, asegura la necesidad de verdad, ficción y realidad.
Cuando amaban las tierras comuneras (1978), de Pedro Mir, es un texto novelesco abierto a lecturas plurales y dinámicas. Apertura y contradicción conforman una textura y una fórmula de escritura. Lo que fluye en tanto que texto y redacción sin punto ni coma, confluye también como sentido de acción y escritura. Se trata de una novela de imágenes históricas, de un recinto de citas, ecos, actuantes, opacidades, transparencias, actores y unidades que se intercambian y transforman como figuras de un entramado social epocal.
Los ritmos de la historia y los ritmos de la novela alcanzan intensidades, inflexiones y tiempos donde lo que explica el registro y la huella es lo que precisamente induce a conocer o reconocer las claves del relato que, en muchos casos, desorientan al lector. El camino hacia la claridad está marcado por los evidentes obstáculos de la opacidad y la alteridad. Truco verbal, experimento y vertiente originan el accidente o el incidente que activan la diégesis de la novela.
Sin embargo, el tiempo narrativo de esta novela-historia, no es solo el pasado, sino el presente imperfecto y el pasado perfecto. La tensión de lo que Harald Heinrich ha llamado “estructura y función de los tiempos en el lenguaje” (1977) ayuda a estructurar los acontecimientos en un ritmo sostenido de vocalidad poética. Cabe destacar aquí el acercamiento funcional al tratamiento de los modos y formas verbales que catalizan los narratemas de esta novela, esto es, su estructura de continuidad tematizada en el orden propio de la relación enunciativa o acto de narrar-novelar.
Cuando en 1978 Pedro Mir publicó esta novela, poco leída incluso hoy, en la República Dominicana, algunos lectores de la misma quedaron perturbados, confundidos, violentados en lo que concierne a un posible acercamiento al texto como tal. No era frecuente, a pesar de la ruptura propiciada por el discurso poético y narrativo latinoamericano y caribeño, que un poeta-narrador sometiera a sobresaltos de lectura a un lector ya educado en la linealidad y verticalidad sintagmática o paradigmática de un texto abierto a seguros ritmos interpretativos.
Más bien, se trata de una fractura posicional del dispositivo escritural que requiere de un hibridismo entre texto histórico, texto poético y texto narrativo particularizado en un experimento polivocal, polisémico y poliédrico. El solo hecho de que un narrador y sus correspondientes narratarios se expresen en una experiencia como esta, rigurosa, transgresora e imaginaria, hizo de nuestro escritor un prestidigitador, un mago o un alquimista de la palabra y el sentimiento.
La perplejidad que provoca una novela de la categoría diegética y narrativa como la escrita por Pedro Mir, implica una experiencia de renovación del discurso novelesco latinoamericano y caribeño. Las pautas narrativas o más bien textuales del texto, apoyan la idea de crisis de la escritura e inscripción de un orden verbal combinatorio, infuso y difuso.
De ahí la voz que subyace en las diversas historias de esta novela, en cuyos ejes podemos advertir una visión integradora de múltiples relatos organizados como cuerpos, movimientos y situaciones significativas. Estos elementos que se comportan como recursos de ficción y discurso, hacen visible un campo intertextual nivelar de significación y sus correspondientes imágenes y ocurrencias narrativas.
El primer bloque narrativo se inicia con la acción fijada sobre Ramonita, personaje que como imagen vertical aparece en el cuadraje-conjunto del foco de comienzo, organizado por los signos-imágenes textualizados por el narrador:
“Romanita estaba allí frente al vertedero y de espaldas a la calle completamente inmóvil extáticamente inerte sin que la más mínima animación de sus manos o de sus mismas pestañas infringiera las normas de rigidez impuesta a toda su figura como si de improviso hubiera sido cristalizada al llegar repentinamente a la última pared del tiempo cósmico y hubiera sido incapaz de adoptar una pose cadavérica más pura o un gesto de eternidad más elocuente sorprendiéndola además en una posición de equilibrio que habría podido ser más lúcido y no solo completamente irracional, aparte de inoportuno si hubiera transcurrido el diminuto plazo de adaptación a la realidad requerido por el instinto natural de conservación pues en ese momento se disponía a lanzar al vacío en el vertedero que tenía por delante un gran paquete al cual se aferraba su mano derecha asiéndolo por la cuerda que lo cruzaba de banda a banda y cuyo peso la obligaba a mantener rígido el brazo derecho y a extender el izquierdo en toda su longitud siguiendo el nivel de los hombros hasta formar una especie de horizonte sobre el cual reposaba su cabeza inerte como un sol apagado cuando una mirada vertiginosa se desprendió de sus ojos y partió en plan de relámpago despavorido hacia algún punto certero de las lejanías de la calle alrededor del cual y durante 40 segundos exactos perfiló su estructura corporal y detuvo y detuvo sus funciones orgánicas…”(13-14).
La narrativa asumida en esta novela como propósito y meta es una construcción verbal particularizadora por los sobresaltos que implica la continuidad enunciativa. La textualidad continúa marcada por la suma de acontecimientos, e invita a una lectura que por sus matices no detiene tampoco sus metas, ni olvida las partes de proceso de la fábula y la acción. El proceso mediante el cual Romanita repite el mismo acto de “…mantener rígido el brazo derecho y de extender el izquierdo en toda su longitud siguiendo el nivel de los hombros hasta formar una especie de horizonte sobre el cual reposaba su cabeza inerte como un sol apagado…”, define como fraseo narrativo-enunciativo la gestualidad grave y cuasi-cadavérica del personaje en el orden fantástico de la novela.
La unidad y el punctum de continuidad justificada por las pautas narrativas y las funciones indicadoras del tópico más el comentario, crea en la novela algunas vertientes de relato cualificadoras de unidades y objetivos accionales que se vuelven caudalosas en el contexto de lo narrado por el autor y asumido también por los narradores vinculares del mismo relato novelesco.