Archivos secretos

Crónicas sobre un tour gastro-cultural al México “lindo y querido” (2)

Por Diógenes Céspedes

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Jueves 24 de octubre de 2019

Al día siguiente de nuestra llegada a la capital azteca, la agencia Pertours, escogida por el grupo para que nos organizara la gira gastro-cuiltural, nos preparó una visita guiada al museo de Dolores Olmedo. (Norma, eficaz y eficiente, nos acompañó los treces días que duró nuestra estancia y en algunas ocasiones se auxilió de Érika Valencia).

Era mi cuarto viaje a Ciudad México. La primera vez que visité ese país fue en septiembre de 1982 y el objetivo pautado: acompañar a Juan Bosch y su esposa doña Carmen a un evento titulado “Congreso de los Intelectuales de las Américas por la Defensa de la Independencia y Soberanía de los Pueblos”. El Comité Dominicano de Intelectuales, presidido por Bosch, fue invitado a ese evento. En mis Memorias contra el olvido (2001: 430-36) evoco mi experiencia en aquella actividad intelectual.

En 1985, volví a la capital azteca junto a Ramonina Brea. Fuimos a visitar a su hermano José Osterman Brea y su esposa Ivette Bermúdez. Él preparaba su especialidad en pediatría en el hospital del Seguro Social. Mi tercer viaje ocurrió en 2003, ya como director general de la Biblioteca Nacional, institución a la que representé en la asamblea de la Asociación de Bibliotecas Nacionales de América Latina, España y Portugal. También narro mis experiencias del segundo y tercer viajes en las citadas Memorias. Estos viajes los he considerado siempre como aventuras culturales. En cada viaje, programo siempre actividades relacionadas con lo desconocido de la cultura mexicana. En la medida en que, en tan corto tiempo, se es capaz de entrar en ese reino.

En la mañana de aquel jueves, a las 10, visitamos el Museo Dolores Olmedo, el cual atesora todas las obras que Diego Rivera que, antes de morir, confió a la distinguida dama mexicana, quien fuera su amiga, modelo y compañera espiritual del genial muralista y, por supuesto, amiga de Frida Kahlo, esposa de Diego. Antes de entrar al museo, admiramos los amplios terrenos de la antigua hacienda “La Noria” cuya existencia data de los siglos XVII-XVIII, y fue adquirida en 1962 por Dolores Olmedo, rica empresaria y coleccionista de obras de arte, además de abogada, música y estudiosa del arte. Ahí conviven gansos, guajolotes, patos, pajuiles, perros xoloitzcuintles (raza canina casi sin pelo relacionada con el inframundo o Mictlán en las creencias religiosas prehispánicas de los aztecas) y otras variedades de aves, y plantas exuberantes.

No recuerdo si visité ese museo en mi viaje a México en 2003, pues estaba abierto al público desde 1994 y debió ser una atracción cultural para los directores de bibliotecas. Pero de todas las obras vistas, la que más me llamó la atención fue una réplica del único mural de Rivera donde aparece José Martí, con su calvicie incipiente, con sombrero negro, destocado, que saluda al poeta Manuel Gutiérrez Nájera, y con su rostro un poco alargado, único latinoamericano que figura en los murales de Diego, si no yerro. El original de dicho mural se halla en el museo Diego Rivera y tiene por título Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central y su lectura política es una síntesis de la historicidad de México desde la época colonial hasta la Revolución de 1910.

¿Por qué Martí figura en ese mural? Porque ese príncipe de la libertad y la poesía vivió en México de 1875 a 1877, símbolo de la última independencia realizada contra España en América y precursor del movimiento literario y artístico denominado modernismo. Su presencia en la capital azteca impactó la poesía y la prosa de la época. Trabó amistad con Manuel Mercado, su confidente hasta la muerte de Martí en Dos Ríos. Solo hay que leer la carta de despedida a Manuel Mercado para saber el tipo de personalidad recia que ambos poseían: “Porque he vivido en las entrañas del monstruo”, es decir, los Estados Unidos, conoce bien, dice Maartí, lo que es ese imperialismo. A los ojos de un nacionalista y partidario del compromiso político del arte como Diego, nacido en 1886, y fallecido en 1957, la figura continental de Martí debió llamarle poderosamente la atención e inspirarle admiración, tanto como al resto de los caribeños e hispanoamericanos.

Hay en este museo Dolores Olmedo una parte importante de las obras de Rivera; al igual que hay parte de las de Frida, que se completan un poco con las existentes en la casa-museo de su vivienda de Coyoacán, aparte de las pinturas de la primera esposa rusa de Diego: Angelina Beloff (nacida como Angelina Petrovna Belova, 1879-1970) y, por supuesto, una gran colección de piezas prehispánicas provenientes de los cuatro puntos cardinales de la geografía mexicana coleccionadas en vida por Diego. Casi todo lo existente en el museo Dolores Olmedo está contenido en el libro que con el título de Museo Dolores Olmedo fue publicado con el patrocinio de varias instituciones, entre ellas el Fideicomiso Museo Dolores Olmedo Patiño y el Banco de México.

Finalizada la visita al museo, la tarde y la noche fueron de solaz y esparcimiento. En la tarde, el grupo giró una visita a las chinampas de Xochimilco, con sus trajineras y mariachis. Casi todo el mundo pidió su ranchera favorita y la tarareó con el mariachi que nos tocó, un poco desafinado y mareado de seguro por unos cuantos tequilas previos. En mi primer viaje a México, hice lo mismo, llevado por mi amigo dominicano William Garrido, a quien conocí en Besanzón, y avecindado desde 1979 en la capital azteca.

En la noche, el grupo eligió cenar en el restaurante Porfirio’s, así como suena, con apóstrofe inglés. Situado en la avenida presidente Mazaryk de la colonia Polanco (vía designada en honor del fundador de la república checa), el establecimiento fue del gusto del grupo. Muy bullanguero, para la clase media alta mexicana que lo frecuenta y por el carácter y prestigio de ese distrito, según anuncio de las guías internacionales para viajeros turísticos o giras gastro-culturales. Por supuesto, que no hay comparación con la Quinta Avenida o los Campos Elíseos, pero los mexicanos, herederos de los discursos pomposos que se pronuncian en el tlatocan prehispánico, gustan de las hipérboles floridas.

A las comensales del grupo les gustó la comida, las margaritas, especialidad de la casa, la mejor de México, según el discurso hiperbólico del camarero que nos asistió. No hablo de los platillos de las comensales, por ser tantos y no recordarlos. Hablo del mío, un pollo con mole almendrado. Que no estaba en nada y mi paladar lo rechazó, pero esta falla quedará resarcida con el mole poblano que degusté más adelante en el restaurante San Ángel Inn.

P.D. Brindo mis escusas a la compañera chicana de nuestro tour, Teresa García, a quien, en mi crónica anterior, en un rapto de desmemoria, le atribuí el Martínez como apellido. (Continuará).

 

Bibliografía

  1. Museo Dolores Olmedo. Ed. bilingüe español-inglés de Dolores Olmedo. México: Nacional Financiera, 2007, 395p
  2. Para la explicación de la presencia de Martí en el mural de Rivera, el artículo de Miralys Sánchez Pupo, “Martí y su incluisión en la obra pictórica de Diego Rivera”: www.cubaperiodistas.cu
  3. Para el reconocimiento del valor de la pintura de Diego Rivera en el momento mismo en que surge como artista, véase las opiniones intercambiadas entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes en Correspondencia. 1907-1914. Ed. de José Luis Martínez. México: Fondo de Cultura Económica, 1986. En la literatura como en el arte, lo difícil es determinar el valor cuando se es contemporáneo del creador. Después que los valores artísticos o literarios de las obras de un autor han sido establecidos por la crítica, la opinión repite lo establecido y habla de las obras con autoridad, jactancia y verdad sin haber ayudado en nada a construirlos. Diego Rivera fue socio correspondiente del Ateneo de la Juventud. De ahí el fervor de Henríquez Ureña por el pintor y su contribución para que se le conociera. Reyes, sin embargo, desde su cargo diplomático en París, fue más cauto y hasta receló de la etapa futurista del pintor mexicano.


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