Iniciamos una serie de 7 artículos de Carlos Báez Evertsz, en los cuales se recoge la conferencia pronunciada por el autor en Madrid el 30 de marzo de 2012, invitado por el Sector Externo de apoyo a la candidatura presidencial de Hipólito Martínez, con motivo de una reunión con los jóvenes residentes en Europa.
La conferencia trató de la crisis actual, las políticas que se están implementando de desmantelar el Estado de Bienestar en Europa, y del papel que debe jugar la socialdemocracia o el socialismo democrático, como una alternativa realista a las políticas neoliberales y neoconservadores, hoy en auge en el “establishment” político y que son cada vez más contestadas por la población víctima de tales políticas.
Crisis, estado del bienestar y socialdemocracia
1. La crisis actual
Voy a referirme a la crisis y a lo que nos está ocurriendo. La crisis actual que estalló en el 2008, y que afecta fundamentalmente a Europa y a los Estados Unidos, aunque tiene repercusiones en el mundo, fue una sorpresa para la gran mayoría, pero para otros fue algo predecible, un caso de libro, que había sido ya prevista por algunos economistas (Stiglitz, Roubini et al.)
Un mercado desregulado, con un exceso de liquidez, con unos tipos de interés bajos, una burbuja inmobiliaria mundial, y unos créditos que se otorgaban alegremente y de altos riesgos, eran una combinación que hacían prever lo peor. A todo esto se añade un déficit público y comercial de Estados Unidos verdaderamente enorme.
Lo que era distinto en esta crisis de las otras que le habían precedido en el último cuarto siglo era que mientras las anteriores habían sido contenidas, dentro de las fronteras nacionales o regionales (crisis asiática oriental (1997), crisis mejicana (1994-1997), crisis argentina (2001), etc.), ésta crisis, sin embargo, no se limitó a EE.UU., sino que se extendió a todo el mundo. En ese sentido esa exportación de la crisis tiene semejanza con la Gran Depresión de los años treinta.
El presupuesto en que se basaban esos créditos hipotecarios era que el precio de la vivienda seguiría subiendo o que no descendería. Era algo que no se podía seguir sosteniendo y así fue, no se sostuvo
Los elementos esenciales de esta crisis- la iniciada en él 2008-, se pueden describir brevemente. EE.UU. tenía una burbuja inmobiliaria. Cuando ésta se rompió y los precios de las viviendas se desplomaron desde sus precios estratosféricos, un gran número de propietarios se vieron ahogados económicamente. Debían más por sus hipotecas de lo que se valoraban sus casas.
Muchos a la vez que perdían sus casas habían perdido sus ahorros de toda su vida y veían frustradas sus esperanzas o sus sueños (dar una educación superior a sus hijos, tener una jubilación que les permitiese vivir dignamente, viajar, etc.).
En ese sentido se pasó de un dulce sueño a una terrible pesadilla para la que no se estaba preparado. El motivo era que los ciudadanos de los EE.UU. estaban viviendo muy por encima de sus posibilidades económicas.
Pero como la economía de los EE.UU. y del mundo dependía del consumo en constante aumento para crecer, esa loca carrera consumista no era objeto de crítica sino que se hablaba, por ciertos economistas neoliberales, de que se habían superado las crisis y que entrabamos en la era del crecimiento permanente.
La realidad, sin embargo, era que los ingresos de los estadounidenses estaban estancados y para mantener ese consumo el truco que se buscó fue facilitar créditos, y gracias a esos préstamos obtenidos a la ligera se seguía la espiral consumista. Como dice Stiglitz, “como si sus ingresos estuvieran aumentando”.
Las tasas medias de ahorro, por tanto, cayeron a cero, y entre los pobres se produjo “una alta tasa de ahorro negativo”. Es decir, se estaban endeudando hasta el cuello.
Mientras tanto, se podía mantener la orgía de consumo y los prestamistas disfrutaban de cifras records de beneficios. Así pues, unos bajos tipos de interés y una regulación muy flexible o inexistente en los hechos, fueron alimentando la burbuja inmobiliaria. En un año alcanzaron los créditos con garantía hipotecaria el 7% del PIB (es decir, el 7% del total de la suma de todos los bienes y servicios producidos en la economía de los EE.UU.).
El presupuesto en que se basaban esos créditos hipotecarios era que el precio de la vivienda seguiría subiendo o que no descendería. Era algo que no se podía seguir sosteniendo y así fue, no se sostuvo. La burbuja estalló y las primeras víctimas eran los que tenían los ingresos más bajos e hipotecas de más alto riesgo, pero enseguida se produjo el efecto de las fichas de dominó y fueron cayendo otros prestatarios con ingresos más altos.
A esto se unió que los efectos se amplificaron porque los bancos habían hecho operaciones financieras complejas apoyadas en las hipotecas con bancos de todo el mundo, y estas operaciones de inversión estaban –como la de los particulares-, basadas en un elevado endeudamiento.
Esto trajo una crisis de confianza y de seguridad interbancaria, ya que nadie sabía cuáles eran los activos reales de los otros bancos, y por lo tanto no se prestaban unos a otros, o se exigían unos muy elevados tipos de interés por asumir el riesgo de prestar. Los mercados mundiales de crédito empezaron a desmoronarse.
Al no conseguirse préstamos, el consumo tuvo un parón. Al bajar la demanda de bienes se produjo un colapso en el sector industrial. Y surgió la gran pregunta tanto en EE.UU. como en Europa. ¿Cómo se iba a hacer la reestructuración de la economía?