Otro libro producto de la pandemia es mi “Criollismo poético en Santo Domingo a principios del siglo XX”, de 1901 a 1921 con la proclama del postumismo, del cual había trabajado con anterioridad sin concluirlo realmente. Gracias a  de un gran amigo que se fajó a ayudarme a corregir los errores y erratas que tenía el original, y no solo eso, sino que, generosamente redactó el prólogo. Se trata de una persona muy conocida en los ambientes literarios de Puerto Rico por sus muchos libros, que van desde “El mito de Cofresí”, 1978 a la  “La obra literaria de Jorge María Ruscalleda Bercedóniz” (2016), viviendo en ese país desde los años sesenta, se trata de Roberto Fernández Valledor (1939), de Tunas, Cuba, que reside en Moca de la vecina isla, doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de Puerto Rico y catedrático retirado del departamento de Estudios Hispánicos del recinto Universitario de Mayagüez, quien inicia sus palabras así:

“En nuestros pueblos, la literatura se vio forzada a resaltar con empeño lo autóctono, frente a las circunstancias históricas, políticas y económicas que han debido sufrir. Y aunque tengamos algunos escritores y poetas que se negaron a participar de la experiencia cotidiana, refugiándose en un mundo cerrado, creado por ellos, muchas veces, la entrelínea de sus obras los traiciona, porque se percibe en ellas el dolor del país.

Ahora entendemos la razón de por qué nuestras letras, según esto, inician con el binomio de la identidad y la libertad. Era que necesitábamos conocernos para descubrir lo nuestro y lograr ser nosotros mismos. Nunca antes, la vida y las letras han estado tan estrechamente unidas como en los pueblos antillanos. El libro “Criollismo poético en Santo Domingo a principios del siglo XX” del consagrado poeta y escritor, Manuel Mora Serrano, me ha hecho reflexionar sobre lo que ha sido el criollismo para los antillanos que compartimos estas “islas abrazadas”, en el decir del Magno Martí: “[…] las tres Antillas que han de salvarse juntas, o juntas han de perecer […]”

Y nosotros, en las palabras introductorias, señalamos:

“A través de estas páginas invitamos a nuestros lectores a participar de una aventura sin precedentes en la historia literaria americana: La de asistir al nacimiento y la evolución de todo un movimiento sin manifiestos ni declaraciones ideológicas, sin banderías políticas, salvo en algunos detalles ‘conchoprimistas’, que de una manera silente, con una persistencia increíble, e no solo surgió y floreció originalmente en la ciudad capital de la República durante el auge y la decadencia del modernismo y en medio de la algarabía vanguardista, sino que se propagó por todo el territorio nacional un poco al margen de otras temáticas vehementes, pero en el centro mismo de la afirmación de la nacionalidad, mientras se peleaba en nuestros montes, y al final, una oprobiosa invasión que contribuyó a confirmarla, de tal modo, que más que una tendencia, por haber sido masiva la participación de poetas, versificadores y prosistas líricos, incluyendo periodistas, consideramos adecuado decir que fue un movimiento revolucionario del lirismo nacional.”

En otra parte señalamos:

“Iniciaremos con versos de “Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis criollista”: tres de Santo Domingo y uno del interior del país, escogidos como únicos durante el período estudiado por los hermanos Pedro y Max Henríquez Ureña y Pedro René Contín Aybar, en el orden que hemos señalado: Arturo Pellerano Castro, con sus Criollas; Bienvenido Salvador Nouel con versos de su libro Pinceladas; Armando Álvarez Piñeyro con sus diez sonetos criollistas, y los versos de Rafael Damirón, nativo de Barahona.” A partir de ellos continuamos en el orden que están en el libro, como en el caso de los capitaleños que figuran al final por eso y no por antigüedad de sus publicaciones.

ESTOS SON LOS OTROS DE SANTO DOMINGO: Juan S. Durán, Valentín Giró, Enrique Montaño hijo, Manuel F. Cestero, Ana Josefa Puello, F. Eugenio Moscoso Puello, Osvaldo Bazil, José María Pichardo, Juan Cherí Victoria, Primitivo Herrera, Gustavo Henríquez Velásquez, Enrique Montaño hijo, Federico Henríquez y Carvajal, Francisco Xavier Amiama Gómez, Felipe J. Santana, Domingo Moreno  Jimenes, René Fiallo, Víctor Garrido, Abraham H. López-Penna, Porfirio Herrera, Enrique Aguiar, Ernesto Brea Padilla, Fabio Fiallo, Apolinar Tejera, Máximo S. Coiscou, Arturo F. Mejía, Vigil Díaz, Carlos Sánchez i Sánchez, Juan Tomás Mejía Hijo, Andrés Julio Montolío, José Otero Nolasco y Luis Cohén. CRIOLLISMO EN PROVINCIAS, CRIOLLISMO EN EL NORTE. SANTIAGO DE LOS CABALLEROS, Enrique Deschamps, Ramón Emilio Jiménez, J. Furcy Pichardo, Pedro M. Germán, Juan Goico Alix, Germán Soriano y José Ma. Jiménez. LA VEGA, Trina Moya de Vásquez. MAO, Juan de Jesús Reyes. MOCA, Raúl Cabrera, Onésimo Polanco, Gabriel Morillo y Miguel A. Guerrero R. MONTECRISTI (LAS AGUAS), Andrés Avelino. PUERTO PLATA, Emilio Prud’Homme y Alfonso Concepción Tapshire. SÁNCHEZ O SAMANÁ, María Teresa Conde. SAN FRANCISCO DE MACORÍS, Gabino Alfredo Morales. CRIOLLISTAS DEL ESTE DEL PAÍS, HIGÜEY, Tirso Antonio Valdez, Antonio Valdez hijo, José Audilio Santana, Baldemaro Rijo, Félix Servio Ducoudray, J. Humberto Ducoudray y Humbertilio Valdez Sánchez. SAN PEDRO DE MACORÍS, Federico Bermúdez y Mario Caminero Sánchez. EL SEIBO, Emilio A. Morel. POETAS DE LA REGIÓN SUR, SAN CRISTÓBAL Jacinto T. Pérez. BARAHONA, además del citado Rafael Damirón, Josefita Cavallo. BANÍ, Arquímedes Cruz Álvarez y Alfredo Emilio Matos. NEYBA, Apolinar Perdomo. AZUA, Luis Ney Agramonte (aunque no sabemos si Brea Padilla era realmente capitaleño ni si Miguel A. Guerrero R., era de Moca, aunque firma su colaboración en esa ciudad, por no conseguir sus datos personales).

A pesar de tantos nombres ilustres, de poetas reconocidos y de otros que solo escribieron uno o dos poemas con la temática, hemos escogido al primero de los  no citados. A quien fuera creador de páginas sociales y un periodista reconocido, de quien hemos tomado unos seis “prosemas” (prosas con sentido), con más “poesía” que la de muchos distinguidos poetas que figuran en el índice.

Juan Salvador Durán (1885-1930), era hijo del Dr. Manuel Durán Bracho, venezolano, y de Altagracia de la Concha; fue periodista, creador de la Página Sociales y Personales del Listín Diario en el siglo XIX, utilizando su seudónimo de ‘Jacinto Silvestre’ o el de ‘Gerineldos’ para algunos trabajos literarios. Fue Secretario de la Embajada Dominicana en Venezuela (1913). Iniciando, como dijimos, sus colaboraciones con unos prosemas líricos.

Noche de luna

Junto al remanso, sobre una roca, bajo la fronda del platanal estaban los dos.

La luna ascendía lentamente envolviéndolos con su velo de topacio en una enervante caricia de luz i proyectaba en las aguas, cuasi tranquilas, el grácil cuerpecito de ella que, al reflejarse, tomaba movilidades voluptuosas…

Sobre su cabeza rubia un rayo luminoso jugueteaba con las gemas de sus peinetas formando cambiantes, i la transformaba en un hermoso crisantemo de oro cuajado de irisadas gotas de rocío. Entre el follaje medio ocultas dormían las gaviotas i las auras moribundas apenas exhalaban su último beso en la arena.

Todo callaba; en la infinita poesía del paisaje solo la luna cantaba su poema de luz…

En la roca, silenciosos se contemplaban los dos. No se decían una palabra, pero sus miradas cuchicheaban lo inefable…

Al fin sus cuerpos se abalanzaron uno a otro, se cerraron los ojos i, cuando los labios se juntaron en un ósculo larguísimo, silencioso i turbador, la luna tras de la fronda se ocultó discretamente…

(La Cuna de América No.  6 de  mayo 10 de 1903)

Otoñal

Era una mañana bíblica que recordaba las versículas del Cantar de los Cantares i hacía pensar en las ovejas de Galaad, en las azucenas de Jericó

Ligera neblina, como gasa sutil, envolvía la ciudad: blancas nubes encapotaban el cielo: la mar, picada, haciendo estrellar unas contra otras sus olas agitadas se cubría de espuma: I los amarillentos rayos del sol  tornábanse pálidos al atravesar las nubes blancas i la blanca niebla.

Sobre la musgosa torre de la iglesia dos níveas palomas se arrullaban tiernamente, mientras tímida bandada de gaviotas daba celos a las nubes con la albura inmaculada de sus plumas sedátiles.

Era «la estación de las hojas amarillas…»

Suave ráfaga otoñal, fragante a lirios, entonaba entre las ramas de los árboles, desnudas de verdor, una rara psalmodia que parecía tocar el alma de las cosas en uno como místico recogimiento religioso.

I, atravesando la belleza sugestiva del paisaje, como un celaje diáfano de ensueño, la amada de mi alma que se encaminaba al templo deshojando la perfumada corola de una margarita blanca y gentil, oráculo pagano del amor, que turbaba el alborozo de mi espíritu i lo hacía sufrir tortura aún más cruel que el suplicio de la inocente margarita cuyos pétalos caían al polvo arrancados por sus pálidas manos de azahar.

(La Cuna de América No. 30 de  octubre 25 de 1903)

“Ese segundo poema inicia en el criollismo nacional otro detalle que debemos destacar: El primer párrafo señala a un modernista con las citas bíblicas, pero luego se torna romántico, y sobre todo, algo más: Es el primer criollista residente en la ciudad. Salvo esporádicos ejemplos, los poetas y prosistas nuestros y de otros países, preferían describir el paisaje rural y no el urbano. Juan Salvador Durán, un capitaleño de pura cepa, describe su ciudad mientras contempla el paisaje y a la mujer que ama”.