Nos enfrentamos ante una crisis de salud global como ninguna en los 75 años de historia de las Naciones Unidas, una crisis que está destruyendo vidas, extendiendo el sufrimiento humano y cambiando la vida de las personas. Pero esto es mucho más que una crisis de salud. Es una crisis humana. La enfermedad por el coronavirus (COVID-19) está atacando a las sociedades en su núcleo. El FMI acaba de reevaluar la perspectiva de crecimiento para 2020 y 2021, declarando que hemos entrado en una recesión, tan fuerte o peor que la de 2009. El FMI proyecta la recuperación en 2021 solo si el mundo logra contener el virus y tomar las medidas adecuadas para atenuar su impacto socio económico.

Ante una situación de escala sin precedentes en la historia reciente, la creatividad de la respuesta debe coincidir con la naturaleza única de la crisis, y la magnitud de la respuesta debe coincidir con su escala. Ningún país podrá salir de esta crisis por sí solo.

Hacemos un llamado a la acción, para asegurar la inmediata respuesta de salud requerida para contener la transmisión del virus y poner fin a la pandemia; y para abordar las múltiples dimensiones sociales y económicas de esta crisis. Este es sobre todo un llamado a centrarse en las personas y en los grupos vulnerables que ya están en riesgo: mujeres, jóvenes, trabajadores de bajos salarios, pequeñas y medianas empresas y el sector informal.

La sociedad entera debe unirse. Deben intensificarse los esfuerzos de colaboración desde el principio, entre los sectores público, privado, la academia y la sociedad civil. Pero por su propia cuenta, las acciones a nivel nacional no coincidirán con la escala global y la complejidad de la crisis.

Este momento exige una acción política coordinada, decisiva e innovadora, con el máximo apoyo financiero y técnico para las personas y para los países más pobres y vulnerables, que serán los más afectados. Dadas las extensas interrelaciones económicas y sociales del mundo y el comercio, en estas circunstancias hoy somos tan fuertes como el sistema de salud más débil. El COVID-19 nos está exigiendo una respuesta integral que contemple tres aspectos estratégicos.

Lo primero es montar la respuesta de salud más sólida y cooperativa que jamás se haya visto. El gasto del sistema de salud debe ampliarse de inmediato para satisfacer las necesidades urgentes y el aumento de la demanda de pruebas, ampliar las instalaciones de tratamiento, contar con los suministros médicos adecuados y más trabajadores de la salud.

Se debe brindar el más fuerte apoyo al esfuerzo multilateral para suprimir la transmisión y detener la pandemia, liderada por la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud (OPS/OMS), cuyos llamados deben cumplirse plenamente. La colaboración científica en la búsqueda de vacunas y terapias efectivas debe promoverse a través de iniciativas como las auspiciadas por la OPS/OMS. Debe garantizarse el acceso universal a las vacunas y al tratamiento, con pleno respeto de los derechos humanos, la igualdad de género y sin estigmas.

Lo segundo es hacer todo lo posible para amortiguar los efectos negativos en las vidas de millones de personas, sus medios de vida y la economía real. Eso significa la provisión directa de recursos para apoyar a trabajadores y hogares, provisión de seguro de salud y desempleo, ampliación de la protección social y apoyo a las empresas para evitar quiebras y pérdidas masivas de empleo. Eso también significa diseñar respuestas fiscales y monetarias para garantizar que la carga no recaiga en los países que menos pueden soportarla. Se necesita ahora más que nunca una respuesta multilateral a gran escala, coordinada e integral que represente al menos el 10% del PIB mundial.

Esta emergencia es verdaderamente global. Es del interés de todos garantizar que los países en desarrollo tengan la mejor oportunidad de manejar esta situación, o los impactos del COVID-19 tienen el riesgo de convertirse en un freno para la recuperación económica.

Lo tercer es aprender al máximo de esta crisis y recuperarse en mejores condiciones. Si hubiéramos avanzado más en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París sobre Cambio Climático, podríamos enfrentar mejor este desafío: con sistemas de salud más fuertes, menos personas que viven en la pobreza extrema, menos desigualdad de género, un entorno natural más saludable y sociedades más resilientes.

Debemos aprovechar la oportunidad de esta crisis para fortalecer nuestro compromiso de implementar la Agenda 2030 y los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible. Al avanzar en nuestra hoja de ruta global para un futuro más inclusivo y sostenible, podemos responder mejor a futuras crisis. Esta es la lógica de la Década de Acción para acelerar el cumplimiento de los ODS, sin dejar a nadie atrás.

Este ha sido el llamado del Secretario General, Antonio Guterres, ahora más que nunca, necesitamos solidaridad, esperanza, voluntad política y cooperación para superar esta crisis juntos.

Las Naciones Unidas a través de su agencias, fondos y programas presentes en el país, valiéndose de nuestra capacidad y de la red global de oficinas a lo largo y ancho del mundo, apoyamos a Republica Dominicana, trabajando con nuestros socios, para garantizar ante todo que se salven vidas, se restablezcan los medios de vida y se proteja la economía, de tal manera que el país salga fortalecido de esta emergencia internacional.

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El autor es Coordinador Residente del Sistema de Naciones Unidas y Representante del Secretario General de la ONU en la República Dominicana desde septiembre de 2019.