Hay tres cosas en la vida dominicana, y hasta cuatro, que me sorprenden y que no acabo de entender: (1) el Jefe de la Policía Nacional, Mayor General Nelson Peguero Paredes, ignora dónde están 2 mil 300 policías de los 38 mil “bajo su mando” (?), (2) mantener vigente y elogiar hoy la risiblemente merecida declaratoria de Antonio Imbert Barrera como Héroe Nacional, años atrás, cuando sólo se lo merecía un “chin”, casi una “nainininga”, (3) proponer que sus restos marchitados de indicios de genocidio en 1965 -39 prisioneros de ambos sexos, entre estos 5 hermanos, fusilados por órdenes suyas; y, según la Cruz Roja Internacional, unos 100 fusilados por sus tropas durante la “operación limpieza”-, sean llevados al Panteón Nacional y (4) la propuesta y consiguiente aprobación de una resolución de la OEA pidiendo excusa por haber “validado” (?)  la invasión militar de Estados Unidos –autor del pecado original-.

El jefe policial tiene todas las características de “un campuno” –de allá, de San Juan de la Maguana, tierra de mi papá José Collado- que se sacó en un gofio en un ventorrillo de antaño el ”chuflay” de que el Presidente Danilo Medina lo trajo para la capital a “jefear” una policía controlada por el poder extranjero a través del Estado Recinto –o Estado Delincuente- narigoneado por grupos mafiosos criminales que identifican como “seguridad nacional” y que iniciaron el tramado delincuencial entre 2000 y 2004 asaltando nada más a las mujeres.

Bien de bien sabe este Mayor General, al parecer bien intencionado, que esa policía ni la manda él, ni la mandaba Hipólito Mejía, ni Leonel Fernández ni ahora Danilo Medina. Sus directrices están difusas y controladas en programas de computadoras por poderes supranacionales que siguen creyéndose que podrán gobernar a su manera al mundo… hasta que aparezca “Yo, El Supremo” nuclear, alguien, uno o más lobos solitarios, con poderes para ello, como poder tuvo el rencoroso hijo de inmigrantes afganos  cuya nación fue invadida para saquearle el petróleo y otras riquezas, y que asesinó a 49 personas en la discoteca PULSE.

A Imbert Barrera no le correspondía el título de Héroe Nacional por haber participado, junto a otros ocho valientes, en la muerte del tirano Trujillo; y si fuéramos a aceptar súper meritoria su participación como uno de tres conductores de vehículos en la emboscada, entonces todos los demás fueron héroes nacionales y, por lo demás, terminaron como  mártires.

Me ha resultado más que risible leer y escuchar a cortos de entendimientos que por el significado que tuvo aquel ajusticiamiento para un régimen posterior de libertades y por su valentía demostrada se mereció la declaratoria de Héroe Nacional y que por eso sus restos deben ser llevados al Panteón Nacional. ¿Y no fue él de los principales golpistas que dieron al traste con el gobierno democrático de 1963 de Juan Bosch y quien formó parte del Consejo de Estado de facto que lo sustituyó? ¿Y no fue él quien se puso al servicio de las tropas interventoras de 1965 para ahogar en sangre a las fuerzas democráticas? ¿Y quién dijo que por los cojones hay que llevar a alguien a un altar patrio? Por lo demás, ¿acaso esa valentía es superior a la cobardía de evadir el combate en 1965 y ordenar fusilamientos desde un despacho protegido y a mucha distancia?

Si obtemperáramos a semejante barrabasada, estaríamos ante el único caso en la historia universal de ostentación de dos títulos contrastantes: Héroe Nacional y Traidor a la Patria. ¿Cuál borra cuál?