Botas del pantano

Contar Anacletos

Cada vez que se habla de paraísos fiscales, de los Panamá Papers, de los Papeles de Pandora, el rimbombante nombre de los legionarios surge, suena, brilla, pero no pasa a mayores; nunca una investigación, nunca un juicio. ¿Será voluntad de Dios la perpetua impunidad?

¿Conoces el cuento de Anacleto Morones? Me preguntó mi amigo Pablo. Cuando no puedo dormir en la alta noche, pongo youtube, lo escucho y zaz, el sueño llega, aunque a veces se transforma en pesadilla y se me aparece el padre Maciel. ¡Uy! Eso sí está rete feo, respondí. Prefiero pasar la noche en vela. ¿A poco estudiaste con los legionarios? Ya sabes, tienen fama de dar demasiada “estimulación temprana” a sus alumnos. No vayas a hablar de eso, por favor, sino te voy a acompañar en tus insomnios. Claro que no escuchó.

Acuérdate, insiste, el Anacleto sostiene que si uno se muerde la lengua, las hormigas se te trepan pero sin picarte.  Así lo ve la gente que iba camino de la iglesia: los brazos en cruz, parado en un hormiguero, ante el azoro de miles de insectos. Entonces cuaja el embuste:  “Y comenzó a decir que acababa de llegar de Roma, de donde traía un mensaje y era portador de una astilla de la Santa Cruz donde Cristo fue crucificado [...] la gente se postraba frente a él y le pedía milagros", señala el texto Rulfiano.

Marcial Maciel, también se jactó (con razón) de tener el cobijo de Roma. No importó que hasta allá llegara el eco de sus abusos, ya que la respuesta de la Santa Sede tardó medio siglo en producirse. Los primeros en denunciarlo fueron los seminaristas de la misma orden que él había fundado: los legionarios de Cristo, una “hermandad” creada para la élite mexicana. Sólo gente adinerada, poderosa y por supuesto, harto devota, tiene acceso a las bendiciones del líder. A ellos se les halaga, previo donativo, asegurándoles a cambio prestigio (en la tierra) y gloria… en el más allá.

Ambos tenían carisma, supongo, un carisma perverso, continúa mi amigo. En el relato, las mujeres que forman parte de una congregación en torno suyo, buscan al ayudante, un tal Lucas Lucatero. Le piden que dé testimonio de su santidad: “Queremos que nos acompañes en nuestros ruegos [...] El señor cura nos encomendó le lleváramos a alguien que lo hubiera tratado de cerca y conocido de tiempo atrás, antes que se hiciera famoso por sus milagros. Y quién mejor que tú, que viviste a su lado y puedes señalar mejor que ninguno las obras de misericordia que hizo.”

Mientras que la misericordia de Maciel se caracterizó por la desmemoria de varios papas, digamos que desde Pío XII hasta Juan Pablo II, quien lo trató como a un niño consentido. Sin embargo, en 2006, cuando los abusos ya eran evidentes y la presión abrumadora, Benedicto XVI le sugirió que renunciara al ejercicio del ministerio y que se retirara a una vida discreta, de penitencia. ¡Vaya duro castigo!

Adentro de la hija de Anacleto Morones estaba el hijo de Anacleto Morones. Les dice Lucas Lucatero a las congregantes para que dejen de divinizarlo y despierten de su engaño. Una frase estremecedora, contundente; digna del Big Boss de la literatura mexicana que, por si fuera poco, sirve para vislumbrar la futura “obra” del padre Maciel, cuyas víctimas no sólo fueron menores de edad y aspirantes a sacerdotes, sino también mujeres con quien habría procreado uno, dos, tres...sabe Dios cuántos herederos. Tristemente, la historia de estos excesos trasciende a Marciales y Anacletos; es decir, se repite en México, Francia, Irlanda, Chile, Canadá, Boston...

Anacleto era un Don Juan, esas mujeres no sólo lo seguían por sus dotes místicas, precisa Pablo. Además, curaba la sífilis valiéndose nada más que de carrizos ardientes, de su santa saliva y de la fe del enfermo, aunque el dinero que le dieron los feligreses al final no pudo disfrutarlo como Dios manda; por culpa de su ayudante… En cambio, cada vez que se habla de paraísos fiscales, de los Panamá Papers, de los Papeles de Pandora, el rimbombante nombre de los legionarios surge, suena, brilla, pero no pasa a mayores; nunca una investigación, nunca un juicio. ¿Será voluntad de Dios la perpetua impunidad?

Me queda el consuelo de que Marcial Maciel era peor que yo, hubiera dicho Anacleto Morones, parafraseando a Rulfo, aunque haya muerto como un “santo” en la lejana Florida y sus restos no estén escondidos en el corral de Lucas Lucatero, entre gallinas, conejos y piedras de río.

Son las tres de la madrugada y sigo pensando en lo que me dijo Pablo. Estoy contando Anacletos hasta que me llegue el sueño…

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