Opinión

Constantino asesina a su primogénito, su esposa y su sobrino: la razón de Estado (7)

El asesinato del Augusto Licinio se debió a la negativa de este a implantar la religión cristiana en la prefectura bajo su mando en razón de los mismos motivos que, para no hacerlo, esgrimieron Diocleciano y su yerno Galerio.

Por Diógenes Céspedes

(Según el libro de Fernando Conde Torrens)

31. El episodio más tétrico del reinado del emperador Constantino, una vez que hubo derrotado a todos sus contendientes: el Augusto Maximiano, prefecto de Italia y a su hijo Mejencio, usurpador del Imperio cuando asesinó al César legítimo Severo de aquella prefectura, fue sin duda la orden de matar en el año 326 a su primogénito Crispo, hijo de la repudiada Minervina, a su propia esposa Fausta, hija de Maximiano y hermana Majencio, y a su sobrino el joven Liciniano, de diez años, hijo del derrotado Licinio, Augusto de Oriente. La política es un campo de batalla de vida o muerte en el Imperio Romano, lo que explica que Fausta, en la confrontación de su padre y hermano con Constantino, tomara partido por su esposo y denunciara a este la conspiración de su padre y hermano. Quizá esta lealtad al esposo le valió todas las prerrogativas de las que gozó hasta su trágica muerte. ¿Pero estaría conforme toda su vida una hija a quien le han matado al padre y al hermano? ¿Quién sabe lo que se anida en el alma humana? ¿La patraña del intento de violación de Crispo es drama griego antiguo o venganza?

Moneda con la figura de Crispo, hijo de Constantino

32. No solamente ha sido sombrío aquel triple asesinato debido al secreto absoluto y a la razón política de Estado que lo rodeó, sino que ni los historiadores contemporáneos del crimen ni los investigadores posteriores de la historia clásica han podido, hasta el día de hoy, desentrañar los motivos que impulsaron a Constantino a cometer semejante crueldad. El motivo principal por el que fue, y ha sido, imposible desentrañar las razones del crimen obedeció a que, desde el momento mismo del triple asesinato, Constantino ordenó ejecutar en contra de las víctimas la ley romana llamada en latín damnatio memoriae mediante la cual se borraba para siempre de los monumentos públicos y se prohibía hablar o escribir, so pena de incurrir en un delito, acerca del hecho sucedido, o sea, el borramiento total de la memoria de esos dos personajes. Esta es una ley tan antigua como el surgimiento del poder político mismo y en Egipto se aplicó siempre al pie de la letra cuando una dinastía sucedía a otra o cuando un faraón se apartada de las leyes y costumbres establecidas. En nuestro país, Trujillo fue un maestro de la damnatio memoriae, porque ordenó borrar de la sociedad la memoria de todos sus enemigos internos y externos y eliminar de los libros, revistas y periódicos anteriores y posteriores al 16 de agosto de 1930 las referencias a los opositores internos y a los exiliados antitrujillistas.

33. El trabajo más reciente que trae las últimas observaciones y análisis bibliográfico revisado de las obras de los historiadores antiguos y modernos que tratan sobre este triple asesinato es el de Esteban Moreno Resano titulado “Las ejecuciones de Crispo, Licinio el Joven y Fausta (año 326 d. C.): nuevas observaciones” (Diálogos de Historia Antigua, vol. 41, n.º 1, 2015, pp. 177-200). Otro texto no tan reciente es el de Manuel J. Rodríguez Gervás “Mujeres imperiales en la domus constantiniana (Biblid [0213.2052 (2004, 125-138], importante por los datos que aporta sobre la vida de Fausta, Helena, madre de Constantino, y Eusebia, esposa de Constancio II, sucesor del emperador Constantino luego de su muerte en el año 337. (Textos que abrevio por el último apellido seguido del número de la página).

Elena, madre de Constantino

34. La participación de las mujeres en la política romana es una supervivencia de la república y la casa imperial de Constantino no se exceptúa de esta regla, muy criticada por Salustio y Tácito (1) y otros historiadores de la misma época. Mientras Roma fue monarquía, esta participación se restringió al máximo. Pero en la república de la aristocracia militar esto fue imposible, debido al hecho de que, incluso en tiempos de César, Pompeyo y César Augusto, pero sobre todo a partir de la tetrarquía establecida por Diocleciano, los cuatro Césares y Augustos fundaron su poder y el equilibrio del Imperio en las alianzas matrimoniales de las hijas y hermanas de estos gobernantes.

35. Estas alianzas explican el creciente poder de Elena, Fausta y Eusebia en la política (Gervás, 2004). Constantino otorgó ese poder a su madre Elena y a su esposa Fausta, lo cual atestiguan las monedas que se acuñaron con su efigie, los bustos y las inscripciones laudatorias en los monumentos públicos. Pero siempre permaneció la mujer asociada a Constantino y al Imperio como mater, genetrix o procreatrix (Gervás, 129) encargadas de dar hijos al emperador y si esa ideología y rol asignado eran transgredidos, el historiador o escriba oficial desataba su lado antifeminista. Fue lo ocurrido a Fausta cuando Constantino decretó su muerte en un baño sobrecalentado, según las fuentes antiguas (Resano, 2015; Gervás, 2004), pero nadie ha podido establecer las razones de su asesinato y el texto que quizá pudo traer la noticia de la verdadera causa desapareció: el libro de Nicómaco Flaviano, Anales, publicado en 370 (Resano, 182, nota 24). Los distintos motivos esgrimidos por historiadores antiguos y modernos son, pues, especulaciones (Gervás, 133-134). Allí donde faltan las fuentes históricas de un hecho, entra en acción la novela. El ejemplo palmario del Conde Ugolino y sus hijos, condenados a muerte en un calabozo tapiado documentado por Dante en la Divina comedia es una prueba antigua, al igual que lo es, pero moderna, la parte novelada de la obra de Conde Torrens donde da como veritas fictio los motivos que tuvo Constantino para asesinar a su hijo Crispo, primero, y a su esposa Fausta, después, en el mismo año 326 mientras celebraba en Roma el vigésimo aniversario de su ascenso al poder.

Eusebia, esposa de Constancio II.

36. El asesinato del Augusto Licinio se debió a la negativa de este a implantar la religión cristiana en la prefectura bajo su mando en razón de los mismos motivos que, para no hacerlo, esgrimieron Diocleciano y su yerno Galerio. A petición de Crispo, y por amor a su hermana Constancia, Constantino le prometió a su hijo salvar la vida de Licinio, derrotado en 324 en la batalla de Andrianópolis, una vez que este juró pasar a la vida privada. Pero los historiadores sostienen que no cumplió su palabra. En esa virtud es asesinado y con él, su hijo Licinio el Joven, para que una vez adulto no reclamara herencia. La violación de la palabra empeñada la trae dos veces el texto de Conde Torrens: cuando Constancio le dice a su hijo Constantino que los pactos los firman los listos para que los cumplan los tontos. Ese mismo consejo se lo repite Constantino a Crispo cuando este le reprocha haber faltado a su palabra. Queda claro que, a falta de datos históricos, entra en acción la novela y Conde Torrens aporta como veritas ficto dos motivos para los asesinatos de Crispo y Fausta, siguiendo las fuentes antiguas, pero no confirmadas, de la infidelidad de Fausta al emperador al cometer incesto con su hijo Crispo.

Busto de Fausta, esposa de Constantino.

(1) Dice Moreno Resano a este propósito: “En las versiones de la tradición oral, tanto Fausta como Elena compartían un rasgo común, y es el hecho de intervenir en asuntos de poder, hecho, de por sí, mal visto en la cultura romana. Su actitud resulta censurada en la historiografía antigua, como demuestran las críticas vertidas por Salustio contra Orestila, Fulvia y Sempronia y por Tácito contra Livia, Urgulania, Mesalina, Popea y Agripina. No en vano, Tácito acusaba a Agripina de incesto, al igual que le ocurrió a Fausta, y critica que Livia, madre de Tiberio, recibiera el título de Augusta, que también se le concedió a Elena.” (pp. 196-7). Y en el otro artículo comentado, Rodríguez Gervás resalta el papel preponderante de Eusebia en la política romana al desplazar casi de sus funciones a su marido el emperador Constancio II (pp. 134-38). Se advierte de inmediato en los historiadores antiguos el carácter misógino desde el momento mismo en que una mujer de la casa imperial asume un papel político protagónico, sea por que el emperador se lo haya otorgado o por lo hayan conquistado por mérito propio.

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