A Alfredo Pacheco,
Presidente de la Cámara de Diputados;
con quien apenas he tenido tres o cuatro saludos verbales, por reglas de la urbanidad.

Recién me he enterado de las incidencias en la Cámara de Diputados al escoger esta la composición de las ternas para la Cámara de Cuentas y la Defensoría del Pueblo.

Me han recordado un momento del periodo en que fui activista estudiantil en la UASD, e hice de delegado en la Comisión Académica que, entre otras cosas, organizaba, evaluaba y presentaba al Honorable Consejo Universitario las ternas que calificaban, en los "concursos por oposición",  mediante los cuales postulantes ingresaban a la carrera académica, como docentes, y funcionarios académicos.

El reglamento que regía esos concursos era muy preciso; asignaba puntuaciones a las calidades requeridas a los concursantes, y la Comisión solo tenía que comprobar la veracidad de esas calidades, colocar una puntuación correspondiente en un cuadrito, y sumar. Una suma aritmética. No algebraica.

Comprobada varias veces el resultado de la suma, la Comisión Académica presentaba al Honorable Consejo Universitario una terna con las tres mejores  calificaciones.

El Consejo siempre hizo lo lógico: escoger al de la mayor puntuación. Porque además, la Comisión Académica, de manera unánime, argumentaba en ese mismo sentido.

De la que hice parte como delegado estudiantil, estuvo presidida por el profesor Rubén Silié, Vicerrector Académico de entonces; y los restantes miembros eran la profesora Ligia Amada Melo de Cardona, en representación de los Organismos Académicos Comunes, y el profesor Hamlet Herman, delegado profesoral.

Pero hubo un momento en que los concursos "se fueron a la porra";  entraron en tal descrédito que los más calificados docentes de ese momento resistieron participar en los mismos.

En varios concursos que recuerdo muy bien, resultó que “ganaron” candidatos que tenían hasta 15 puntos menos que los mejores calificados.

Y cada vez que ocurrió, el Vicerrector Rubén Silié y todos los demás miembros de la Comisión dejamos constancia de nuestro desagrado.  Como debía hacer cualquier persona que se respete, y respete.

Pero aquel hecho era una expresión de la llegada de un momento de degradación de la UASD;  que por fortuna fue breve.

Porque la UASD (1538) es más vieja que la República Dominicana (1844), y siempre ha tenido muchas reservas internas que derrotan conjuros como los señalados. Me dicen mis compañeros en esa institución, que desde hace varios periodos atrás, de más en más, se restauran las viejas y buenas prácticas académicas legadas por el Movimiento Renovador.

Donde no disipan las prácticas del negociado es en el Estado dominicano, en el espacio de la política partidaria, que es la república. En 177 años de esta, los gobiernos que han expresado una voluntad de ser diferentes  han sido de muy corta duración Ulises Espaillat (1876), gobernó menos de cuatro meses; el profesor Juan Bosch (1963), apenas lo dejaron gobernar siete; y Francis Caamaño (1965) gobernó la República en Armas, por tan solo cuatro.

En muchas ocasiones el pueblo votó por candidatos que se presentaron como opciones liberales, progresistas, y una vez alcanzaron el gobierno se volvieron conservadores en casi todo lo que tiene que ver con la gestión pública.

Las ternas para la Cámara de Cuentas y la Defensoría del Pueblo fueron resultado de un negociado en el que se olvidaron promesas de campaña electoral; se echaron por la borda viejos discursos éticos; se usaron varas más cortas que las usadas para descalificar por ejemplo las aspiraciones de Eddy Olivares a ser parte de la Junta Central Electoral; se ofrecieron empleos en el gobierno para seguidores de diputados, a cambio de que estos votaran a favor de las ternas de marras. Y, no podía faltar lo habitual en el Congreso: días antes de la toma de decisión, hubo repartición de miles de canastillas para parturientas  a los concernidos,  y al día siguiente fueron entregados bonos por decenas de miles de pesos  a casi todos los diputados.

Fui un militante a tiempo completo en las ideas y los hechos, para producir un cambio de gobierno en las elecciones de julio del año pasado. El pueblo y país necesitaban salir del gobierno del PLD, en busca de una nueva ambientación política. La continuidad de este en el poder habría resultado en depresión política en el pueblo; en un sueño lleno de pesadillas, que haría más difícil los esfuerzos para seguir tras la conquista de algo mejor. Los que trabajamos para el cambio fuimos concretos,  hicimos bien.

Reconozco me alarma que el armador de todo el negociado para las ternas de marras que han resultado en la Cámara de Diputados, sea el presidente Luís Abinader.  Solo el poder del presidente de la República podía lograr unir todo lo que unió en la composición de las mismas, y en la votación para decidirlas.

Y me alarma, porque lo único diferente a lo mismo de siempre, esperable, al menos es lo que he esperado del presidente Luís Abinader; es una resuelta y clara actitud de rechazo a la corrupción. Y aunque este negociado para las ternas no es ciertamente una manifestación de la corrupción clásica, casi lo es.  Esa práctica corrompe. Corrompe la confianza, que es vital para el buen funcionamiento de toda relación social.