El premio Nobel de Economía 2011 Thomas Sargent declaró en Taipei que "Las crisis fiscales producen con frecuencia revoluciones políticas, y por revolución quiero decir un nuevo diseño de la Constitución sobre quién elige qué y cuándo,”
No tardaron en aparecer rumores de que un importante dirigente político chino habría acusado al Premio Nobel de ser japonés. Acosado por la prensa, que conoce de su inclinación por la oración, el dirigente reconoció que efectivamente el Evangelio de Juan dice “que sólo la verdad os hará libres” pero que no prohíbe ocultarla.
Varias OMGs (Organizaciones Muy Gubernamentales) dedicadas a la transparencia cuestionaron a Sargent publicando abundantes informes de consultoría en donde demuestran que crisis fiscal es un concepto multicausal, multidimensional y multifactorial lo que impide una aproximación certera sin el apoyo de algún organismo internacional. Fueron categóricas al afirmar que no darían a conocer las cifras puesto que no están en un país de números.
Así las cosas y preparando un “paper" acerca de la relación entre la transparencia electoral y la acción de los relacionistas públicos, encuentro un escrito de E. Tironi acerca de la comunicación en tiempos de crisis que quiero compartir y que será, sin duda, un manjar para las autoridades chinas que no pueden dormir porque no saben qué hacer para convencer que 6,2 no es número primo y saben que el fatídico número tarde o temprano se hará público.
Tironi, autor de la frase “la mejor política de comunicaciones de un gobierno es no tener ninguna” (¿se imagina la tele sin voceros?), refiriéndose a la importancia de estar preparado para las situaciones de crisis elaboró un interesante listado de pasos que no deben ser ignorados, si es que se quiere evitar apagar incendios con gasolina, como intentó hacer el dirigente chino recordado más arriba.
De los pasos que Tironi presenta para el manejo de crisis recordemos primero que a la crisis la identifica “como un suceso nuevo que genera una fuerte incertidumbre e inestabilidad”, frente a la cual por lo general los actores no tienen “en su memoria histórica reglas ni normas de conducta para hacerle frente”.
Ante tamaño desafío lamentablemente recomienda el experto que “prepararse para lo peor es el mejor antídoto para contener la tentación de dar por superada la crisis cuando ella recién está comenzando”.
Si lo peor de la crisis llegará más tarde se debe “informar, no calmar” (nunca amenazar, intimidar o fanfarronear). El público tiene derecho a estar informado y debe ser tratado como adulto, no como un niño. También se debe “asumir que la prensa lo sabe todo o que inevitablemente lo sabrá”, así se evitará la tentación de ocultar información que acabará con la confianza del emisor.
Frente a los medios hay dos aspectos que no deben ignorarse. No se puede esperar que los periodistas no informen (siempre hay muchos que no están en la planilla), eso es igual a esperar que los profesionales “abdiquen de su misión y renuncien a una oportunidad espectacular desde el punto de vista tanto profesional como comercial.”
No espere nadie exigir a los comunicadores “que no opinen sobre determinado asunto porque no son especialistas, pues su trabajo es precisamente opinar en materias en que no lo son” y quienes son responsables del manejo de la crisis deben mostrar y demostrar una “comunidad de intereses”.
“Es paradojal pero la comunicación externa depende en gran parte de la fortaleza que alcance la comunicación interna de la organización. Cualquier diferencia, brecha, desconfianza o incertidumbre tiene efectos cataclísmicos en una situación de crisis.” Casi sobra anotar que debe haber un diagnóstico compartido del problema que origina la crisis, de su origen y de sus responsables (de todos sus responsables).
Como en momentos conflictivos los errores se pagan caro, reducir la incertidumbre es la tarea principal, para lo que se debe informar periódicamente, “aunque no haya novedades” y en “buenos ambientes” evitando “todos aquellos escenarios que denoten angustia”.
Queda fuera de toda duda que si lo afirmado por el Premio Nobel está errado, o sea, que la crisis fiscal no existe, nada de lo dicho en este artículo debe ser considerado.