Nunca fui de las que se preocupan mucho. En realidad siempre me molestaba la gente que se preocupaba demasiado y las personas que se preocupan siempre incluyen los miembros de tu familia nuclear y hasta la extendida. El alcance de sus preocupaciones es también extensor; lo que comes, lo que no comes, cómo te vistes, con quién pasas el tiempo, lo que no has logrado todavía, lo que deberías estar logrando ahorita mismo en vez de compartir chisme con tus amigos en Facebook – estos son los principales puntos de interés en cualquier discusión familiar que surge.

Entre mis temas preocupantes favoritos hay también cosas que no están sucediendo todavía, pero tal vez podrían! Por ejemplo, te podrían asaltar. Podrías quedarte emocionalmente o físicamente herido (lo que a veces puede ser tu propia culpa – dicho pensamiento le da a los que se preocupan no solo preocupación misma, sino rabia tambien). Podrías perder algo costoso o llegar tarde a algún lugar importante (seamos sinceros no sólo podrías, probablemente te pasa al menos una vez a la semana – ¿o quizás es sólo mi caso?).

Durante mi adolescencia he anunciado en varias ocasiones (durante las discusiones calentadas sobre la ruta que mi vida esta tomando) que nunca voy a ser uno de ellos, que mantendría la calma sea lo que sea que suceda a  mis futuros hipotéticos hijos. Oh padre, ¡que equivocada estaba! Pero no nos adelantemos. Tal vez deberían saber que no tengo hijos, por lo menos hasta ahora. Sin embargo, ya estoy segura que tengo el gen de la preocupación activo y fuerte.

Debo contarles una cosa mas, durante mis años de rebeldía adolescente anuncie una o dos veces que no quería tener niños – no porque no me gustaran los niños, sino porque no me gustaban las madres. Es algo muy raro que le sucede a una mujer después de dar a luz. Su personalidad – acabada, su identidad – terminada, todo consumido por el monstruo maternal obsesivo, preocupado, incesantemente vigilante, que reside dentro de la mujer de ahora en adelante.

¡Pero vaya estupidez adolescente, que tonto orgullo de la edad! Mi monstruo está vivito y coleando. ¿Y quién tiene la culpa de eso? El gatito chiquito que rescatamos en el parqueo de nuestro edificio con mi novio y dicho novio y todos sus viajes transatlánticos o el simple conducir el carro en el magnífico tráfico de Santo Domingo.

Recuérdenlo bien señores y señoras, estos dos deberán pagar por atormentar mi cabeza. Su castigo será mi constante preocupación, obsesión de temor y llamadas sin cesar. Pues bien, eso no afectara tanto al gato, así que voy perseguir todos sus pasos. Comprenderá el mensaje constantemente viendo mi sombra detrás.

Ahora, bromas aparte recientemente me he estado sorprendido a mi misma por los lugares donde tu imaginación te lleva si alguien que te importa podría estar en un hipotético peligro. Los aviones son el medio más seguro de transporte, dicen. Pero al diablo con las estadísticas! Si se cae se cae bien. Como el efecto inverso de la lotería. La estadística justamente te abofeteó directamente en la cara. Y a pesar de que yo vengo de un círculo cultural donde se produjeron éste tipo de lemas nobles: Una muerte es una tragedia. Un millón de muertes es una estadística* desarrollé alguna especie de sensibilidad, supongo que sólo para ir contra corriente.

Volviendo al tema, mis amigos ya están cansados de mis series de escenarios trágicos que continuamente estoy inventando. ¿Que tal si hubiera un accidente, ¿Que tal si el avión se estrelló, ¿Que tal si alguien le asaltó, que tal si eso, que tal si otro… ¡Entrame a bofetadas, me estoy volviendo loca aquí! Esto es lo que Matylda tenía que escuchar mientras yo esperaba una llamada del otro lado del Atlántico (cuando todavía estábamos separados) con esta sensación de cosquilleo en mi estómago pensando que cómo las cosas recientemente han sido perfectas algo de acuerdo con (y aquí vamos de nuevo) las estadísticas, debe malograrse. Como si ella no tuviera suficientes problemas con su cabeza medio afeitada y los lamentos de parte de su madre en cuanto a porque ya no va a la iglesia (y este es otro tema que tendremos que cubrir, así que prepárense para ser ofendidos por mi incorrección política en otra ocasión).

Pero me estoy alejando del tema. El hecho importante es mi descubrimiento del gran gen maternal. No hay manera de luchar contra la evolución. Acepto la idea de procrear y pues enojar mis hijos en consecuencia. Lo haré con orgullo y sin descanso, así que me gusta creer que están genéticamente obligados a amarme y obedecer y eso me sobra, aceptaré incluso si yo no les caiga bien como persona. Bueno, lo más probablemente no tendré este problemita, les voy a encantar claramente con tan chula que soy, así mismo voy a establecer una estricta milicia polaca si necesario. Lo haré sin remordimiento alguno, porque ahora, siendo adulta, sabia, y tal, conozco este hecho clave… Es decir, aunque no directamente a mi cara, me lo agradecerán más tarde. Y el placer es todo mío.

(* cortesía de Joseph Stalin, el tipo bigotudo, no este otro calvo (siempre se me han confundido los dos)