Inicialmente son pulperías, que abren con el supuesto propósito de comercializar alimentos, para después convertirse en colmadones, con libertad para vender bebidas alcohólicas sin importar que sea a menores de edad o que sea para injerir en el mismo lugar, ocupando las aceras y parqueos aledaños, realizando el ruido de música más alto y escandaloso posible, y sin considerar la hora del día, noche o madrugada acaban con el sueño y tranquilidad de los vecinos.

Muchos de esos colmadones en realidad son bares de expendio de bebidas alcohólicas, que arrabalizan el entorno, afectan la salud,  generan violencia y operan al margen de la ley, no porque ella no exista, sino porque las autoridades no han atrevido a aplicarla.

Por eso, corresponde al Ministerio de Industria y Comercio aplicar el artículo 2 de la Ley 290-66 que le faculta para autorizar la instalación y localización de los colmadones; al Ministerio de Medio Ambiente y a las alcaldía que al amparo del artículo 114 de la Ley 64-00 y el artículo 2 de la Ley 287-04 pueden regular la emisión de ruidos y sonidos molestos o dañinos al medio ambiente y a la salud; y al Ministerio de Interior y Policía  para que intensifique  y extienda su programa de control de bebidas alcohólicas.

El momento es oportuno. Inicia un nuevo gobierno y parece tiene real interés en corregir lo que está mal. Regulemos y controlemos a los colmadones, para llevar paz a los ciudadanos.