Los miedos, las sospechas, la frialdad, la cautela, el odio y la traición se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y falaz de la cortesía”.  Jean Jacques Rousseau

Karl Marx, precursor del pensamiento socialista a partir de convecciones ideológicas sustentadas en el Materialismo dialéctico e histórico, sin duda un controversial pensador de todos los tiempos y el más grande entre los defensores de la dignidad humana, luchador incansable por el establecimiento de la igualdad en función de la aplicación de las políticas púbicas de Estado, donde el hombre como género fuera el centro de todo, nunca se habría imaginado que partidos a fines a su credo parieran normas veleidosas inclinadas a la extrema derecha.

Este filosofo, quien no escatimó tiempo ni esfuerzo en la búsqueda de la verdad, nos legó a sus seguidores la siguiente frase: “No basta que el pensamiento busque la realización, la realidad debe buscar el pensamiento”. Ese aforismo, desconocido por unos legisladores desconectados con la retórica doctrinaria en fase involutiva, sobre la cual cimentó su accionar también el más conspicuo de los hombres desarrollados en el revolucionarismo vernáculo, provoca una profunda reflexión y obliga a revisar la posterior composición parlamentaria en unos comicios futuros.

Lo digo porque toda institución partidaria que se confiesa de izquierda, ya sea de centro o no, tiene el sagrado compromiso de no caer en el juego del conservadurismo rancio, enemigo eterno de las políticas igualitarias y equitativas. Y está encaminada a la búsqueda de un conjunto de actuaciones donde los poderes, partiendo del contexto en que suceden los hechos que materializan las ideas y construyen el desarrollo de las sociedades, converjan para viabilizar soluciones a temas sensibles como es el del aborto en sus tres causales.

A mí, que me confieso peñagomista, me unía como a otros el sentimiento profundo de ver al fin las huestes conservadoras demolidas por un parlamento bajo los influjos de José Francisco Peña Gómez. Pero hoy admito vergüenza ajena y reniego de un congreso nuevo, incapaz de borrar las viejas prácticas misóginas y elaborar normas concretas para el establecimiento de las libertades individuales que viertan sobre esta sociedad del medioevo las garantías que hagan de la mujer dueña absoluta de su cuerpo.

Yo, que he servido sin interés a las causas de la institución que hoy controla el poder absoluto en ese congreso al que le aposté todo cuanto pude y por el que asumí con orgullo y determinación posiciones firmes en contra de un sistema abusivo dirigido por una mafia disfrazada de partido, me pregunto si saben los legisladores la marca que los llevó a sus curules: “asume los postulados del socialismo democrático y se identifica con la lucha que libran los pueblos del mundo por su desarrollo y bienestar”. Entre las que se encuentra la defensa irrenuanciable de las tres causales del aborto.

En eso cifraron sus esperanzas las mujeres dominicanas que votaron a favor del “Cambio” en las cámaras legislativas, que lo dieron todo para lograr el avance en una legislación que les fuera favorable y que protegiera su derecho sagrado a decidir si traer al mundo el producto de una violación, si dar a luz un niño con deformidad congénita o que pueda ocasionarle la muerte. Esta gente por la que votamos, de la que ya no estoy tan orgulloso, sigue apostando a la conculcación de las libertades individuales y a una sociedad sin garantías en las políticas sociales, jugando, como todos, con la dignidad y el derecho de la mujer.

Unos lo hacen por miedo, otros por cautela, la mayoría por traición. Pero todos esconden bajo ese velo uniforme y falaz de la cortesía la carencia de un elemento común entre los políticos responsables. Una condición de los hombres apegados a la verdad y al compromiso con los suyos, ninguno de esos tiene el valor de admitir que lo que les hace falta es: “Coherencia compañeros”.