Esta es una grave violación al protocolo”- dicen que exclamó el Tirano Ilustrado, el seis veces presidente de la República Dominicana, cuando se enteró de la exaltación a cardenal del Arzobispo de San Juan de Puerto Rico.

Resulta y viene a ser que la sede eclesial “Primada de América” ha sido, tradicional y protocolariamente, la Arquidiócesis de Santo Domingo, el eje de las demás diócesis del Caribe y del resto de América (por antigüedad canónica).

El tratamiento otorgado a la “Primada de América” ha sido siempre el de “Primus inter Pares” (“La Primera entre Iguales). Ese fue también el tratamiento que había existido antiguamente entre los cinco Patriarcados Cristianos originales: Jerusalén, Antioquía, Alexandria, Bizancio y, el último, Roma.

Cuando el Cesar Romano decidió trasladarse a Bizancio (Estambul), se armó la de San Quintín, porque el Patriarca de Roma insistió en que él era el papa-upa con jurisdicción sobre los demás Patriarcas, aunque el Cesar ya no residiera en Roma. El rompimiento no se hizo esperar, dividiéndose el mundo cristiano católico en dos mitades: La Iglesia Oriental u Ortodoxa (donde predominaba el griego)  y la Iglesia de Occidente (Roma) donde siguió predominando el latín.

 

Al Arzobispo de Santo Domingo siempre le toca el sitial principal en las ceremonias entre los purpurados de Latinoamérica. Además, el Nuncio Apostólico (el Embajador de La Santa Sede) siempre ha residido en Santo Domingo desde el 1953, donde ha sido el decano del Cuerpo Diplomático (Concordato) y desde donde funge también como Delegado Apostólico de Puerto Rico.

Cuba, a través de los años y de los engranajes clericales entre sus purpurados, fue siempre “harina de otro costal”, hasta el punto de que en el 1941 Eugenio Pacelli (Pio XII) le otorgó el capelo cardenalicio a su amigo Manuel Arteaga Betancourt. Este había nacido en Puerto Príncipe, Camagüey, y estaba emparentado con uno de los próceres más connotados de la “Guerra de los Diez Años”, Ignacio Agramonte y Loynáz.

Como bien dice el refrán: “El que tiene padrino, siempre se bautiza”.

Muchos años después, en el año 1968, Giovanni Montini  (Pablo VI) solicitó una gran contribución en metálico a todas las jerarquías eclesiásticas, para ayudar al “país más pobre del mundo”, Bangladesh, que se acababa de independizar. 

La diócesis de San Juan de Puerto Rico, recolectó para ese fin varios millones de dólares y el Nuncio Apostólico de Santo Domingo, a la sazón Luciano Storero, solicitó en recompensa el capelo cardenalicio para su dilecto amigo Luis Aponte Martínez, pasándole por encima al protocolo, ya que, de exaltar a nivel cardenalicio a algún purpurado del Caribe, la persona indicada era el Arzobispo de Santo Domingo, el Primado de América. Una reverenda metida de pata.

El objetivo de Storero fue el de recompensar a su amigo y de recompensarse a sí mismo, porque Pablo VI “reconoció el gran esfuerzo de su Nunciatura”, aunque el tiro le salió por la culata, pues el Tirano Ilustrado, que sabía de esas cosas más que el mismo Nuncio, se encargó de recordárselo al Vaticano.

Ese “engranaje” (amiguismo) con los nuncios de turno ha sido siempre el mecanismo que convierte a muchos clérigos en obispos, arzobispos y en cardenales de la noche a la mañana. Todo depende del nivel del amiguismo.

En esas cosas el Tirano Ilustrado nunca se perdía, pues, de haberse metido a cura (nunca se casó aunque tuvo seis hijos en humildes trabajadoras domésticas), hubiera llegado a ser el Sumo Pontífice de su tiempo.

Su gobierno pegó el grito al cielo, haciendo que se corrigiera el entuerto, pero, como ya no se le podía arrebatar el capelo cardenalicio a Aponte Martínez, dieron un doble salto mortal, una cabriola protocolaria típica, y nombraron tardíamente cardenal al Arzobispo de Santo Domingo.

Sólo a Roma, acostumbrada a decir que “no” mientras dice que “sí” (o al revés), a declarar “inválido” lo que antes decía que era “válido” (o al revés), se le ocurre ese doble tableteo entre Dios y el Diablo. Por eso, Martin Lutero llamaba a sus amanuenses “artífices diabólicos de títulos y de palabras”.

El asunto no se quedó ahí, porque resulta que un Nuncio anterior, Enmanuele Clarizio, había majareteado para su amigo, Hugo Polanco Brito, el título de “Administrador Apostólico Sede Plena” de la Archidiócesis de Santo Domingo (un mamotreto inventado que sólo existe en la mente de eunucos de sacristías).

Polanco Brito, oriundo de Salcedo, había sido el primer Obispo de Santiago de los Caballeros y el creador de la Universidad Pontificia Madre y Maestra, además de autor del primer libro sobre la historia del clero dominicano. Sin embargo, Enmanuele Clarizio consideró que al Arzobispo titular de Santo Domingo de aquellos años, el seibano Octavio Antonio Beras Rojas, había que mandarlo a su casa, porque dizque olía mucho a trujillismo y había que “renovar a la Iglesia” (cosa que se inventan a cada rato para “adaptarse”, sin cambiar absolutamente nada en realidad, a los signos de los tiempos. “Signa Temporis”).

El caso fue que detutanaron y le “serrucharon el palo” al seibano, dejándolo con el título de “Arzobispo Metropolitano”. Ese fue su gran error, pues lo dejaron sin pito pero con flauta. Una flauta que el Tirano Ilustrado luego sopló hábilmente, porque “jamás se le escapaba una liebre”.

Rescató de su retiro forzado a su amigo de los años trujillistas, Octavio Antonio Beras Rojas (que mantenía el título), y se lo restregó en las narices a los “santos” de La Santa Sede, haciéndoles ver su error protocolario. Estos tuvieron que meterse el rabo entre las patas y, como Polanco Brito nunca había sido santo de su devoción (pensaba que éste sufría, como él, de la mega ambición permanente de ser presidente por toda la eternidad), fue el que salió perdiendo.

 

Polanco Brito resultó ser la víctima propiciatoria del proverbio “la ambición rompe el saco”, pues del altar mayor de La Primada de América lo enviaron a la sacristía de Higuey a vestir santos. Claro, todo depende del ángulo desde donde se enfoque el rectángulo, porque a donde lo enviaron fue a la Basílica de la Altagracia, a los brazos de la Virgen, en lugar de permanecer en Santo Domingo donde él y Clarizio habían  amarrado la chiva. A este último lo trasladaron a Roma a encargarse del turismo del Vaticano. De lo contrario, el primer cardenal dominicano hubiera sido mi amigo, el hacendoso salcedense Hugo Polanco Brito.

De ahí en adelante, muchos chismosos comenzaron a referirse a Polanco Brito como “el Obispo que más amaba a la Virgen, porque aunque casi nunca estaba en Higuey, la visitaba cuantas veces podía”

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.