Botella en el mar

Celestina y celestinos

Por Pedro Conde Sturla

Hay quien dice que de no haber escrito Cervantes aquella obra famosa sobre el ingenioso hidalgo, “La celestina” ocuparía probablemente el primer lugar en importancia de la literatura hispánica. De hecho, “La Celestina” o “Tragicomedia de Calisto y Melibea”, del supuesto Fernando de Rojas, no tiene igual en su género. Y en ambos casos, como diría Miguel de Unamuno, los autores son “enormemente inferior(es) a su(s) obra(s)”, o por lo menos a sus personajes.

La composición de “La Celestina” “se remonta a los últimos años del siglo XV, durante el reinado de los Reyes Católicos, si bien su extraordinario éxito editorial comienza en el siglo XVI y continúa, con altibajos, hasta su prohibición en 1792”. Lo extraño es que no la hubieran prohibido antes, lo extraño es que en aquella España santurrona, intolerante, inquisitorial hayan dejado durante casi un siglo en libertad a un personaje tan sucio y podrido, tan demoníaco y blasfemo como la Celestina. Alguien que debió haber sido incinerado en la hoguera o víctima del garrote vil.

Celestina, desde luego, no es menos culpable que la España de su época. Todo lo que tiene de suciedad y podredumbre, de ambición y codicia es una emanación, una sublimación de los valores épocales de aquella misma España intolerante y santurrona, la España de la inquisición en sus mejores tiempos. Ella, como las prostitutas, cumplen una función social de la que nadie quiere saber en principio, de la que muchos abominan, en principio, de la que nadie se hace cómplice, en principio. Quizás por eso la prohibieron, pero no la incineraron.

“La Celestina es una obra única en cuanto a la creación de caracteres. Aunque Calisto y Melibea aparecen como protagonistas, es Celestina la que señorea la obra entera; éste es el hecho que justifica el cambio de título. Es, sin duda el personaje mejor logrado y a la vez el más complejo de los personajes creados por Rojas. Sobre este personaje se han cargado todos los calificativos imaginables, hasta el demoníaco. Y Celestina no es un personaje demoníaco sino humano en el sentido de que su existencia sólo es posible porque existe una sociedad urbana que de alguna manera la necesita. Celestina es un personaje que vive del vicio y de las bajas pasiones de los demás. Y todo esto lo aprovecha en beneficio propio. Pero sin los vicios y miserias morales de la ciudad, Celestina no sería posible”. (http://www.rinconcastellano.com/edadmedia/celestina.html#).

La trama de “La Celestina” se sostiene sobre unos diálogos maravillosamente articulados. Celestina tiene y emplea recursos de mala ley y mala leche, pero cuando Calisto le promete cien monedas de oro a cambio del amor de la Melibea que lo rechaza, Celestina se emplea a fondo confiando más que nada en sus dotes de persuasión.

Para lograr la "mudanza de los sentidos” (o de los sentimientos), como en el título de la novela de Ángela Hernández, Celestina pone primero en juego una especie de pensar y de decir profundos, una dialéctica sin par, una manera de razonar al estilo de lo que los cubanos llaman “muela”, el arte del convencimiento a base de mucho elaborar y mucho hablar. Cierto es que en el primer intento Celestina fracasa, pero el fracaso anuncia el triunfo: “¡Más fuerte estaba Troya y aun otras más bravas he yo amansado! Ninguna tempestad mucho dura”.

CELESTINA.- Bien tendrás, señora, noticia en esta ciudad de un caballero mancebo, gentilhombre de clara sangre que llaman Calisto.

MELIBEA.- ¡Ya, ya, ya! Buena vieja, no me digas más, no pases adelante. ¿Ese es el doliente por quien has hecho tantas premisas en tu demanda? ¿Por quien has venido a buscar la muerte para ti? ¿Por quien has dado tan dañosos pasos, desvergonzada barbuda? ¿Qué siente ese perdido que con tanta pasión vienes? De locura será su mal. ¿Qué te parece? Si me hallaras sin sospecha dese loco, ¡con qué palabras me entrabas! No se dice en vano que el más empecible miembro del mal hombre o mujer es la lengua. ¡Quemada seas, alcahueta falsa, hechicera, enemiga de honestidad, causadora de secretos yerros! ¡Jesús, Jesús! ¡Quítamela, Lucrecia, de delante, que me fino, que no me ha dejado gota de sangre en el cuerpo! Bien se lo merece esto y más quien a estas tales da oídos. Por cierto, si no mirase a mi honestidad y por no publicar su osadía dese atrevido, yo te hiciera, malvada, que tu razón y vida acabaran en un tiempo.

CELESTINA.- ¡En hora mala acá vine, si me falta mi conjuro! ¡Ea pues!: bien sé a quien digo. ¡Ce, hermano, que se va todo a perder!

MELIBEA.- ¿Aun hablas entre dientes delante mí, para acrecentar mi enojo y doblar tu pena? ¿Querrías condenar mi honestidad por dar vida a un loco? ¿Dejar a mí triste por alegrar a él y llevar tú el provecho de mi perdición, el galardón de mi yerro? ¿Perderé destruir la casa y la honra de mi padre por ganar la de una vieja maldita como tú? ¿Piensas que no tengo sentidas tus pisadas y entendido tu dañado mensaje? Pues yo te certifico que las albricias que de aquí saques no sean sino estorbarte de más ofender a Dios, dando fin a tus días. Respóndeme, traidora, ¿cómo osaste tanto hacer? Jesús! No oiga yo mentar más a ese loco, saltaparedes, fantasma de noche, luengo como cigüeña, figura de paramento mal pintado; si no, aquí me caeré muerta. ¡Este es el que el otro día me vio y comenzó a desvariar conmigo en razones, haciendo mucho del galán!

CELESTINA.- Tu temor, señora, tiene ocupada mi disculpa. Mi inocencia me da osadía, tu presencia me turba en verla airada y lo que más siento y me pena es recibir enojo sin razón ninguna. Por Dios, señora, que me dejes concluir mi dicho, que ni él quedará culpado ni yo condenada. Y verás cómo es todo más servicio de Dios que pasos deshonestos; más para dar salud al enfermo que para dañar la fama al médico. Si pensara, señora, que tan de ligero habías de conjeturar de lo pasado nocibles sospechas, no bastara tu licencia para me dar osadía a hablar en cosa que a Calisto ni a otro hombre tocase.

MELIBEA.- Dirasle, buena vieja, que, si pensó que ya era todo suyo y quedaba por él el campo porque holgué más de consentir sus necedades que castigar su yerro, quise más dejarle por loco que publicar su grande atrevimiento. Pues avísale que se aparte de este propósito y serle ha sano; si no, podrá ser que no haya comprado tan cara habla en su vida. Pues sabe que no es vencido sino el que se cree serlo; y yo quedé bien segura y él ufano. De los locos es estimar a todos los otros de su calidad. Y tú tórnate con su misma razón; que respuesta de mí otra no habrás ni la esperes. Que por demás es ruego a quien no puede haber misericordia. Y da gracias a Dios, pues tan libre vas de esta feria. Bien me habían dicho quien tú eras y avisado de tus propiedades, aunque ahora no te conocía.

CELESTINA.- ¡Más fuerte estaba Troya y aun otras más bravas he yo amansado! Ninguna tempestad mucho dura.

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