Botas del pantano

Catherine en el hospital

La primera vez que vi a Catherine Deneuve fue en Tristana de Luis Buñuel. En aquellos remotos tiempos yo estudiaba francés en la Alianza ídem, donde había un amplio catálogo de películas en VHS, que prestaban sin costo alguno a sus “estudihambres”. Inocentemente pensé que si me ponía a verlo entero, las clases se me harían menos cuesta arriba. Así que agarré la primera de la fila, sin importarme que fuera una película de los sesenta y en tecnicolor (o lo que fuera).

Buñuel se inspiró en la novela de Galdós para hacer lucir a la francesa por las calles de Toledo. Lo que recuerdo con mayor intensidad es su pelo: a veces era rubio, otras rojizo, también aparecía en forma de trenzas o escondido por culpa del luto, pues Tristana acaba de perder a sus padres. Don Lope, su tutor, es un hombre entrado en años (y en mañas), que la hará su amante. Luego ella va a enamorarse de un pintor y ya no digo más…

Y a cuenta de qué tanto rollo. Resulta que hace unos días, el 6 de noviembre para ser exactos, circuló la mala nueva de que a doña Catherine le había dado un derrame cerebral. Con 76 años encima y con la responsabilidad de ser, como lo dijo Scorsese, el cine francés, pese a las rabietas de la Bardot, Monsieur Delon y otros. El tono de las noticias subsecuentes era más tranquilizante: la diva estaba bien y, según su agente, el golpe no había diezmado sus facultades, pero el reposo era una necesidad total.

Luego me fui enterando de las criticas venenosas: que si el tren de vida que llevaba, como si tuviera 30 años y no estuviera a cuatro de los ochenta; que si fumaba como un condenado a la horca, además del alcohol; que si nunca descansaba: de Cannes a la Mostra de Venecia, que si vivía en los estudios de filmación. De hecho, el susto la sorprendió en un hospital donde estaban rodando su tercera o cuarta película del año. Por lo menos la llevaron rapidísimo a urgencias, bendito sea San Auguste Lumière.

Nacida en el seno de una familia de actores, es la tercera de cuatro hermanas. Aunque todos trabajaban principalmente con la voz. El padre, Maurice Dorléac, actor en cine y en teatro, doblaba los títulos de la Paramount y la mamá, de quien Catherine Fabienne toma el apellido, Renée Simonot, se presentaba con frecuencia en el Thêatre de l’Odéon donde además la abuela ayudaba a que los actores que no olvidaran sus parlamentos, “soplándoselos” desde un rincón. En francés le dicen souffleuse, que viene de soplar.

No he tenido la dicha de ver todas sus películas, me falta por ejemplo El último metro de Truffaut, en la que interpreta a una actriz casada con el dueño de un teatro. Lo malo es que éste es judío y que la historia sucede en el París ocupado por los nazis... Si vi la otra que había hecho con el mismo director anteriormente, a finales de los sesenta: La sirena del Mississippi, en la que Jean-Paul Belmondo y la Deneuve se enamoran por correspondencia, corres qué, dirán los jóvenes que no sacan los ojos de sus pantallas. Cuando por fin se encuentran él no la reconoce, pues no se parece en nada a las fotos que acompañaban sus cartas, en las que, obvio, salía menos linda; pero ella también ignoraba que aquél fuera rico, rico, rico, dueño de plantaciones inmensas en una isla lejana (La Reunión creo). Cierta mañana él se levanta y ella no está a su lado, también faltan los millones polvorientos que guardaba en el banco… Angelina (pas) Jolie y Antonio Banderas hicieron un triste refrito que evité a capa y espada…

Vi, a regañadientes pues soy alérgico a los musicales, una de sus primeras películas, Las señoritas de Rochefort en la que sale junto a su hermana y Gene Kelly cante y cante, baile y baile; del mismo tono es la de Los Paraguas de Cherbourg: cantar, bailar y sonreír feliz al cineasta Demy.

Eso sí, el azar o las ganas de admirarla, quiso que volviera a verla, delgada, joven, radiante, de nuevo tras la cámara del español en Bella de día (Belle de jour). Aunque ésta se filmó antes que Tristana. La vemos interpretar a una mujer burguesa que nomás por tedio se va al fino burdel de Madame Anaïs a alquilar sus caricias por las tardes, mientras su maridito trabaja en la oficina: vende caro tu amor aventurera decía Agustín Lara, ¿no? Por cierto, en esa película conoce al modista Yves Saint-Laurent, quien le diseñara los vestidos, de los cuales se despoja con una velocidad sorprendente.

En fin, ¿Es el cine francés? Creo es mucho más, ha trabajado con los mejores y la lista parece interminable: Jacques Demy, Luis Buñuel, François Truffaut, Roman Polanski, Manoel de Oliveira, Lars von Trier, François Ozon, André Téchiné, Mauro Bolognini, Tony Scott y Emanuelle Bercot, quien la dirigía cuando ocurrió el accidente.

Ahora bien, ella es experta en saltar obstáculos, se ha sobrepuesto a los amores pasajeros de Vadim, Mastroianni, Truffaut y compañía (seguramente ella decidía la fecha de terminación); a la temprana y trágica muerte de su hermana Françoise; a la vejez, con tratamiento facial con hilos de oro incluido; a su breve matrimonio con el fotógrafo David Bailey; a la muerte de su amigo Saint-Laurent; entonces, qué le dura eso que los médicos franceses llamaron accident vasculaire ischémique

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