Distinguida Licenciada Tavárez Mirabal:

“Pureza de corazón es querer una sola cosa”, decía un filósofo. La pureza de corazón es otro nombre de la integridad, cuyas acepciones – entereza, salud – nos son hoy tan escasas y tan urgentes en los planos moral y político. En estos tiempos, la integridad es tan rara como abundantes son sus opuestos: La doblez y  la corrupción.

En estos tiempos, querer una sola cosa es cosa de pendejos. En estos tiempos, la mayoría lo quiere todo y lo quiere rápido. Ser ricos y no trabajar, robar y ser admirados, legislar y dar funditas, “representar” al pueblo y defender a quienes los saquean. Vivimos en verdad la era de la esquizofrenia.

Su renuncia es un hecho loable y esperanzador. Una bocanada de aire puro en medio de tanta pestilencia. Una rosa fresca sobre un sueño putrefacto. Una animita al final del túnel de un metro sobrevaluado.

Su renuncia es muestra de integridad. Es falso que se pueda servir a dos amos al mismo tiempo. Es falso que se pueda servir a un partido y al pueblo. Es más falso aún que se pueda servir a un partido y a la propia conciencia.

Su valiente decisión ha provocado dos reacciones sintomáticas de los graves tiempos que nos ha tocado vivir.

Por un lado el silencio de sus ex-compañeros, apenas interrumpido por algún respeto su decisión pero la lamento cortés o alguna tímida concesión de razón, que denota indiferencia: ¿ Qué importa que renuncie un miembro, si ya se tiene el poder que será difícil, en las circunstancias actuales, perder?

Por el otro, el barullo popular que, exceptuando los aplausos de un puñado de idealistas, denota perplejidad: “¿Que Minou abandonó un puesto en el Comité Central por el que decenas de miles venderían gustosos sus almas al diablo? ¿Que renunció a pertenecer a un partido llamado a regir los destinos de la nación  por medio siglo más, al menos?” “¿Y por qué ahora y no antes?” “Sin dudas estará pensando pasarse al PRD”. Menudo aliciente para quien obra bien…

Esa algarabía es más preocupante que ese silencio porque muestra a lo que hemos llegado: A dudar de quien sigue su conciencia, de quien prefiere no traicionarse. A considerar normal el sacrificio de los propios ideales sobre el altar de los partidos políticos.

Los bullosos olvidan, sin embargo, que es a idealistas como Duarte y Bosch, como  los padres  de usted, a quienes les debemos la existencia de esta res pública, de esta democracia, lamentablemente cada vez más maltrecha: A los que por esta dieron su vida y en cambio recibieron ingratitud y olvido. A los que fracasaron en liberar aquella de tanta garrapata y no a los que, indolentes, no se hartan de mamar la leche tibia de sus ubres cansadas.

En estos tiempos confundimos la democracia con los partidos políticos. No nos damos cuenta de que estos son los verdugos de aquella. “Un problema no puede ser resuelto en el mismo nivel en que fue creado”, dijo un sabio. No olvide esta máxima a la hora de decidir sus próximos pasos.

En otro artículo he manifestado mi admiración por aquellos que han preferido renunciar antes que desoír los dictados de sus propias conciencias. A los que han elegido seguir siendo íntegros, a los que no están dispuestos a divorciar sus creencias de sus actos. Me resta felicitarla y esperar que su decisión sea imitada. El despertar de las conciencias sacará a la sociedad dominicana del lamentable letargo en que está postrada.

“Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos” dicen que dijo El Quijote. Continúe por el camino que le dicte su conciencia. Continúe, aunque los perros ladren. Continúe, aunque los perros callen.

Cordialmente,

Pablo Gómez Borbón