Conocía la carta del profesor Juan Bosch de fecha 14 de junio de 1943 que desde La Habana   envió a sus amigos Emilio Rodríguez Demorizi,  Héctor Incháustegui y Ramón Marrero Aristy.

Al profesor Juan  Bosch y a  Juan Isidro Jiménez Grullón – Post Mortem:

Asumo  la premisa de que la mencionada carta ya no tenga un destinatario determinado,  no voy a insistir en la sustancia de elegancia, de humanidad que la misma abarca.   Advierto que al referirnos a los finados de tal  magnitud y  a la presencia  de los que han puesto nuestra lengua en la danza conflictiva del debate público, más que al desafío, invita a juicios reflexivos.  Me viene a la mente una  frase leída en algún  libro del poeta  Mir: "Las cartas de amor tienen el mismo destino de las islas".   Me pregunto, y les pregunto a los consagrados Maestros: ¿Cuál ha sido y cuál sería el destino de la Lengua Española?  Yo, dominicano, nativo del valle de las  guazábaras,  me asiste, con respeto, el derecho de lanzarme al ruedo cuando en cualquier estuario se pronuncie nuestro gentilicio. Lo hago    en honra a  la grandeza de los ya mencionados destinatarios y  por el mayor respeto que siento por mi país y agradecimiento a   ellos mismos.  Y, antes de  seguir,  considero de lugar un retorno premeditado a Mir;  más bien,  una pregunta: ¿Pasa por  alto su grandeza los tormentos y los desafíos que de manera conjunta atraviesa la Isla,  separada  por el fatalismo histórico? Por ahí advirtió el escritor Turgeniev: "En política solo los muertos carecen de futuro". No hay dudas de que Mir, hombre de luces vio  la Isla con  ojos de poeta. Otra cosa es la preocupante realidad en que cabalga el destino de una lengua ya hablada por más de 350 millones hispano-hablantes.  Pedro Henríquez Ureña expresa que durante la primera intervención norteamericana de 1916-1924, Santo Domingo se defendió resistiendo la influencia del idioma extranjero, viendo en el  español  su única arma, su único escudo, dentro  y fuera del país; es decir: ¡La lengua ha sido y será la espada solidaria y fiel del pueblo dominicano! Si una cosa ha hecho, y harían la invasión pacífica del vecino con la anuencia de potencias foráneas,  es mutilar y hacer todos los esfuerzos para  erradicar la vitalidad y la vigencia del idioma español en toda la media isla.

Bosch, guía de los tormentos del pueblo dominicano,  deja  huecos en dicha misiva que si estuviese frente a nuestra realidad podría llenarlos de sus grandes dotes  de humanista. Los tiempos como las hojas de árboles  cambian: ¡Esa inmigración indocumentada de muy escasa escolaridad sigue mellando la estructura lingüística de la sociedad dominicana! Si a esta inminente amenaza le agregamos la escasa inversión del Estado dominicano, llegamos a coincidir con Andrés Bello: "Una sociedad que no escribe correctamente, que no habla con orden, que no ama su lengua, se convierte en una sociedad  que piensa poco y que terminaría sintiéndose inferior". Acudo a los nombrados maestros para que nuestra sociedad mantenga como fuerza orgánica de la nación el instrumento que nos confirma y nos enaltece como nación: ¡La lengua española! Dicha salvedad no sólo se basa en la lucha del pueblo dominicano,  tanto pasada como contemporánea  sino en los asuntos concernientes a lo que el académico Núñez, en pleno silencio aclama: "La lengua española siempre será compañera de la nación dominicana". Es ahí donde prefiero referirme a la carta magistral del profesor Bosch.  Descarto  cualquier ápice de vanidad que pueda insinuar juicios políticos, sólo me aferro a la defensa insobornable de nuestra lengua. Por esa ventana intento con los pies descalzos penetrar al santuario de Bosch y de sus selectos amigos y adversarios. Me permito la osadía, como ya he manifestado, a dejar  y  agregar a otros que conforman esa lucha vital por la supervivencia de nuestra lengua: Unos, tocando ciertas fibras sentimentales y humanas del pueblo haitiano, pero que jamás dejarían ser poseedores de grandes logros en forjar una nación decente. Diría: Esos son exabruptos del sentimiento noble del dominicano.  En tal sentido, Bosch nos entrega la exquisitez de un pensamiento forjado en el mayor desprendimiento que otorga la decencia.  Haití, no es un enemigo asignado por los juegos del destino. Haití es  y será nuestro vecino que nos sirve como testigo insobornable de una  historia trágica  en doble partida. Desprendernos de la realidad del vecino constituye un deleznable acto de cobardía.

Advierto: Como Bosch, escribo desde la lejana óptica de una urbe congestionada.  He vivido en ese gran río migratorio que es hoy la humanidad. Perseguido por la peste del  exilio que reserva el Estado dominicano a todo nacional dominicano que ve a su nación,  ya no atrapada en mano de los Trujillo sino en otras  dictaduras peores: La ignorancia, el saqueo al patrimonio nacional, inversión generalizada de valores, decadencia moral, y lo más preocupante, una invasión pacifica auspiciada por grandes potencias en complicidad con un Estado ya fallido en contubernio con  una legión de intelectuales sietemesinos que por soborno se aprestan a la degradación moral de nuestra calidad de vida.  Con alevosía y premeditación hacen caso omiso de una realidad insoslayable: ¡La lengua española  forma parte  no sólo  del espíritu sino también  de la vida misma del pueblo dominicano! Sí, distinguido profesor Bosch, estamos de acuerdo con la vivencia de respeto que debe primar entre los hombres; apegados a los derechos a la dignidad humana. Y debemos exigirles  a los  gobiernos de ambas naciones para que la gran mayoría desposeída tenga protección y apoyo para los retos que exigen la supuesta modernidad. Tal situación no reafirma   una culpabilidad en partida doble.   ¡Exigimos esfuerzos compartidos! Sin embargo, tenemos un vecino que nos ve como tabla de salvación de todos sus males. Se puede llegar más lejos: ¡Nos hacen responsables de una  tragedia colectiva que se propaga como la verdolaga en una porción de tierra separada por una línea ficticia! Ningún país sobre la tierra se puede darse el lujo de cargar con la tragedia de un vecino que ha devorado hasta sus propios estamentos de vida.

Naturalmente, no existen excusas para tender con  dignidad y respeto la mano  al necesitado; al que padece de la misma tragedia:  ¡El desprecio! Ese deprecio lo padecen  las mayorías marginadas de ambos lados de la frontera: Unos, los padecen en el territorio de un vecino empujado por la  incapacidad de su Estado; Otros, por las aves de rapiña que engendra el nefasto proselitismo, el clientelismo, anidado en la estructura de cada gobierno sustentado por una oligarquía rancia. Toda tragedia deja como testimonio insobornable algo que recorre los rieles de la historia: ¡Haití es el caballo de Troya que atenta contra nuestra lengua! Profesor Bosch existe algo que todo dominicano esta obligado a memorizar, obtuvimos la independencia de Haití con  algo que aún late  en el alma penitente de Elio Antonio de Lebrija: ¡Nuestras gloriosas guerras de separación del vecino fue en defensa de la lengua española! Si alguna vez, repican las campanas, no tengo dudas de que saldrá de los escombros una frase por ahí suelta: "A pesar de los agravios, hablamos el idioma de los dioses, nacimos con el privilegio de soñar"

No hay que ir muy lejos para aceptar el compromiso moral y humano de ayudar al vecino más cercano, es una responsabilidad de la esencia natural de todo hombre digno: ¡Solidaridad sin jamás tomar a la procedencia racial, ni pasar revista a cálculos de posibilidades premeditadas! ¡El problema haitiano es parte de nuestro problema! Ahora, bien dicho problema no debe jamás ser un escollo que ponga en  tela de juicio nuestra soberanía. Creo que tales rozamientos podrían haber llevado a Rodríguez Domirizi a visualizar con profundidad en las "Vicisitudes de la Lengua  Española" que representa en todo su esplendor y sacrificio la permanencia de la nación. La lengua española ha sido instrumento fundamental en formación del Estado dominicano.  De ahí que la presencia indiscriminada y creciente  de haitianos, sin más calificación que su propia desgracia, es un peligro flagrante para la existencia, justamente, de una nación que libra una batalla por el derecho libérrimo de hablar la lengua de Cervantes. No profesor Bosch, las cosas tienen ahora otros matices: los gobiernos surgidos   como obras maestras de su gran liderazgo, son ahora piezas oxidadas que la historia penosamente mantiene vigente en un paupérrimo  museo de provincias.   Lamento lastimarlo de tal manera, pero la crecían de tales obras maestras fueron  productos del más  ferviente deseo de diferir de su antiquísimo contrincante: ¡El doctor Juan Isidro Grullón! ¡La República Dominicana es un invento literario!      Uno murió convencido de la severidad apocalíptica de  su metáfora; el otro, vivió con entusiasmo  el convencimiento de sí mismo y a los demás de que podría desnudar el fantasma que ronda el armazón de la nación: ¡La soberanía ficticia! Si habría que otorgar  honor a la historia, ambos intelectuales vieron a la nación con ojos diferentes pero coincidieron en verla en un mismo espejo roto. Ahí estuvo su rivalidad. Su grandeza. Su inmenso amor por la Patria.