El calor en países como el nuestro, suele tener dos versiones. El calor de los que poseen riquezas, y el calor de los que solo poseen pobrezas. Y que nadie se extrañe porque  este es un país de dos velocidades, la rápida de los que lo tiene todo, y la lenta de los que nada tienen, y que a menudo van marcha atrás.

Aquí, las  clases sociales desde el “ descubrimiento” hasta nuestros días han sido y son tan diferentes como distantes, y estas diferencias existen en todos los ámbitos de nuestra vida, desde la ropa que lucimos, el entierro o funeral al que asistimos, o un simple cepillo de dientes, hasta en el asunto atmosférico que requiere la intervención de los termómetros.

Veamos. Los pudientes combaten las inclemencias solares poniendo en toda la casa alegres  y firmes acondicionadores de muchos VTU en todas las habitaciones, o de manera más cómoda, uno central, bien potente, que enfría hasta la tapa excusado para que uno diga al sentarse ¡guau, qué rico mami!, mientras que  los desposeídos tratan de no asfixiarse con tristes y temblorosos ventiladores de pie o de techo, que no se sabe si echan más aire caliente del que ya hay en el ambiente.

Y los más precaristas que no alcanzan ni para esos sencillos electrodomésticos, salen a la tardecita con su silla plástica y abanico de mano en mano , o con la mecedora desvencijada de la abuela, a la calle, a coger lo que puedan.

Otro ejemplo. Las mansiones, que no casas, de los ricos están arquitectónicamente diseñadas para combatir el calor, ventilación cruzada, grandes galerías, aislantes, impermeabilizantes, cámaras de ventilación natural, etc. Mientras que los pobres, por estar siempre cruzados y sin ventilación, reciben el fuego que desciende directo del techo de zinc agujereado y que convierte el ranchito en un horno de asar batatas como las de los alrededores de Villa Altagracia.

Más ejemplos, los ricos, aminoran el veraniego calor deleitándose suavemente con piñas coladas coronadas con coquetas sombrillitas, carísimos y finos whyskis importados, cubalibres hechos con rones bien añejados, o cocos locos con guirnaldas, al estilo hawaiano.

Los pobres, en cambio, lo hacen bebiendo como locos, los cocos de los “tricículos “, descabezados habilísimamente por el machete de un moreno, y echando unas cucharadas de un azúcar que ha recorrido media ciudad a pecho descubierto. O también con un humilde refresco de colmado, y los mas aguerridos, con rones lavagallos que más que enfriar el cuerpo, calientan las cabezas a extremos peligrosos.

Más y más ejemplos, los ricos van a las heladerías de marca y postín, saborean exquisitos cucuruchos llenos de sabores combinados, o costosas tartas heladas finamente decoradas, y los pobres se conforman, cuando pueden, con unas simples paletas agua congelada y colorantes, que dejan las lenguas y los labios más colorados que el trasero de un mandril africano.

Los ricos, toman el sol protegidos por eficaces cremas protectoras, ”factor X” en las finas arenas de las playas del Este, o en las de renombre internacional, y los pobres cogen sol colgados en los andamios de los edificios sin apenas protección, o en los interminables surcos recogiendo lechugas, o vendiendo mangos y cuchillos en los semáforos, con amplios sombreros de cana, y trapos rojos que les llegan hasta el cocote.

Los ricos, atemperan el calor con las suaves brisas marinas bajo los toldos de sus lujosos yates junto a mujeres esculturales, degustando aperitivos y mariscos, y los pobres lo hacen al descubierto, flotando encima de gomas de carro o camión infladas, no lejos de los espaguetis con pan preparados por unas señoras de prominentes glúteos y barrigas.

Un último ejemplo, cuando hace calor, los ricos acuden a una nutrida nevera fabricada con tecnologia punta, dónde encuentran agua enfriada a diversas temperaturas, o les suministran de manera automática chorros de cubitos de hielo en sofisticadas formas, en cambio, los pobres tienen una especie de mostrócolo cuadrado, que funciona por verdadero milagro, la mayoría de las veces vacío, que apenas les puede dar un algo de un agua medianamente fresca.

Ya hemos visto cómo las clases sociales cambian las cosas. Por eso los grandes jefes no comen, si no que se nutren. No beben, pues se refrescan. No duermen, ellos descansan. Y en nuestro caso concreto del calor, los ricos no sudan, sino que transpiran y huelen a lavanda y los pobres sí sudan y huelen a jabón de cuaba. Que no es lo mismo, ni es igual. Como decía el anuncio aquel.