Son pocos, pero hacen ruido. No están muy organizados – todavía – pero joden. Nuestra República, penoso es admitirlo, está infestada de Nazis.

Los Nazis no son dominicanos. Los Nazis son Nazis. Pertenecen a un país sin territorio, limítrofe de la estupidez. Sus fronteras son la ignorancia y la necedad. Su idioma es el racismo y la exclusión. Su pasaporte es la violencia. Su moneda es la crueldad.

Los Nazis no son patriotas; no confundamos el culo con las témporas, por favor. Yo he leído sobre patriotas, he estudiado a patriotas, incluso he conocido patriotas, y en ningún caso se parecen a los vociferantes y enloquecidos rufianes que andan por ahí gritando, mintiendo, agitando, insultando, empujando a mujeres y niños, quemando casuchas, repartiendo pescozadas a personas indefensas y acosando a quincalleros. No. Estos vociferantes y enloquecidos rufianes a quienes sí se parecen, como se parecen dos gotas de agua, es a los Nazis. No son patriotas. No son dominicanos. Llámalos por su nombre. Son Nazis.

Por más que busco, en ninguna parte encuentro que Duarte le haya prendido candela al bohío de alguna familia pobre. O que Sánchez haya ido empujando y pateando a una mujer campesina calle abajo. En ningún libro he podido leer que Eugenio María de Hostos haya guindado a un limpiabotas -amarrándolo primero de pies y manos- en plaza pública, que Salomé Ureña se desgalillara pidiendo la muerte de trabajadores y comerciantes, que Ercilia Pepín le negara su sabiduría a nadie a causa de su etnicidad o nacionalidad, o que Ramón Emeterio Betances encabezara redadas para expoliar arrabaleros y desbaratar sus mínimas posesiones y escaso ajuar. Quienes sí hacían eso, como queda establecido en crónicas, fotografías y pietaje fílmico, eran los Nazis.

Verán, los Nazis son cobardes por naturaleza, por más que quieran aparentar lo contrario. Un patriota examina el paisaje social de su país, detecta los males de la sociedad en que vive y ataca a los que perpetran esos males, no a sus víctimas. Las Némesis de los patriotas son siempre gente poderosísima, gente capaz de asesinarlos, o de mandarlos a asesinar, o de exiliarlos, de empobrecerlos, de encarcelarlos. Los patriotas son hombres y mujeres valientes que se la juegan.

Un Nazi, por el contrario, rehúye a los poderosos que han establecido el armatoste de la desigualdad social y prefiere antagonizar a las víctimas del armatoste: limpiabotas, chineros, coqueros, obreros de la construcción, cañeros, una actriz que – como Duarte, ¡oh, ironía! – trataba de educar al público a través del teatro en una demostración reciente, un yunyunero, una madre adolescente, un amolador. Los Nazis son heroicos siempre y cuando el contrincante sea manso, desprotegido, vulnerable e impotente.

Humildes no son los Nazis, me temo. Todavía me falta por descubrir a un patriota que cante y celebre su propia gesta. Los Nazis, por el contrario, no esperan a los bardos. Ellos mismos suben a Facebook vídeos de sus gloriosas hazañas: como la del heroico varón que saca de su chabola a una muchacha y le rompe sus enseres, o la del revolucionario que lleva a otra muchacha a patadas por la calle, o esa de la bizarra media docena de sublevados que agarró en Pedernales a un motorista y le cortó los moños. Y ni hablar de la empetrosada y babeante Valkiria, cuyo nombre omitiré para no embarrar estas líneas con mugre, que le hizo frente a un solo, joven e impasible haitiano que vendía chucherías en el Malecón.

La más somera revisión de las fuentes revela otro dato curioso: los verdaderos patriotas, los que antaño fundaron o mejoraron nuestras sociedades y cuyo ejemplo hoy veneramos, fueron gente inteligente, instruida y, muchos de ellos, elocuentes oradores y escritores. Pergeñaron novelas y poesías y obras de teatro. Pusieron escuelas. Escribieron tratados filosóficos, pedagógicos y políticos. Dieron memorables discursos que aún conservamos. Valoraron la educación por sobre todas las cosas.

Los Nazis, al contrario, son balbuceantes idiotas. Siempre lo fueron, lo son, y lo serán. Y lo peor de todo es que se regodean en su idiotez. Condenan el saber y el análisis. No saben escuchar. Son enemigos de la parsimonia, inmunes a la razón y fanáticos de teorías conspiratorias. Para los Nazis de todas las épocas, los libros son anatema. No hay lugar donde esto se evidencie con mayor claridad que en las redes sociales, donde, además, los Nazis hacen alarde de una bizarría, arrojo, brío y coraje inigualables a la hora de enfrentarse a desconocidos que jamás verán de frente en sus vidas.

Como he dicho, los ejemplos sobran, pero he aquí uno bueno, tomado de un muro en el que un grupo de Nazis externa su opinión sobre un mordaz y certero vídeo de Matías Bosch Carcuro:

 

Además de querer hacerse pasar por patriotas, los Nazis intentan por todos los medios convencernos de que la suya es la posición conservadora. Que ni lo sueñen. Yo conozco a los conservadores. Conservadores tampoco son los Nazis. Los Nazis nunca han querido conservar nada, al revés: les encantan las purgas y los pogromos, su afán primordial es la limpieza étnica y la depuración cultural. Nuestros Nazis, por ejemplo, recientemente han querido blanquear a Robalagallina, prohibir el Gagá y eliminar a los mascaritas del carnaval de San Juan de La Maguana. Llevados de su fervoroso celo e incurable ignorancia, los Nazis no solo quieren eliminar todo lo haitiano, sino todo lo dominicano que parezca haitiano. Los Nazis quieren destruirlo todo a su paso; atento a ellos, que arda el mundo.

Por supuesto, ningún Nazi admite esto, ni siquiera cuando los apresan y los sientan en los estrados de Nuremberg o La Haya. A lo largo de la historia, todos los Nazis – desde los que adoptaron en Alemania las consignas del Nacionalsocialismo hasta los que repitieron las consignas de la Interahamwe en Ruanda, pasando por los que idolatran a Trump y los que revolotean alrededor de Ramfis Trujillo como moscas alrededor de la caca – han estado convencidos de la pureza de sus intenciones. Los nuestros no son una excepción; se ven a sí mismos como ángeles de luz que se enfrentan en desigual batalla contra hordas demoníacas asistidas por miserables traidores, o como inmaculados soldados ungidos por Duarte y bendecidos por la Virgen de la Altagracia para llevar a cabo la trascendental misión de corregir los males de su país… Pero el único país que añoran los Nazis es el cementerio. Su verdadera patria es el Infierno. Su estrategia predilecta, la fosa común.

A causa de esto, con los Nazis no se razona. A los Nazis simplemente se les detiene y desbanda. Hemos tenido que hacerlo varias veces a través del tiempo. Y lo volveremos a hacer cuantas veces sea necesario.