El fascismo fue derrotado en Europa por la Unión Soviética en 1945. Salvo la versión de Hollywood, todo el que ha estudiado historia sabe que fueron los pueblos que conformaban la Unión Soviética, aliados al invierno, quienes detuvieron al criminal ejército nazi e iniciaron la epopeya de recuperar todo su territorio, empujaron a los fascistas más allá de Europa Oriental, entraron a Alemania y tomaron Berlín. La intervención de Estados Unidos desde el norte de África y Normandía tenía como propósito tomar una tajada del botín y no dejarlo todo en manos del ejército rojo, que hubiese llegado a la Península Ibérica y derrocado la dictadura franquista. Ni siquiera es mérito de Stalin el triunfo de los soviéticos, ya que él había asesinado a casi toda la oficialidad militar soviética antes de la invasión nazi, igual que a millones de ciudadanos soviéticos.

Derrotados los fascistas alemanes e italianos en Europa, Estados Unidos masacró a miles y miles de japoneses civiles bombardeando dos grandes ciudades niponas con armas nucleares. Es la acción terrorista puntual más grave de toda la historia de la humanidad. Hitler, Stalin y Truman son responsables de graves crímenes de lesa humanidad.

Los intereses económicos de los grandes capitalistas norteamericanos -motor de la intervención militar norteamericana en la Segunda Guerra Mundial- desataron su apetito por toda la riqueza del planeta una vez se acallaron las armas. Su único obstáculo era precisamente la Unión Soviética, por lo que convirtieron en consigna el rechazo al modelo definido por los soviéticos como comunismo, y nació la versión del anticomunismo como ideología que sustentó la Guerra Fría.

El anticomunismo propositivamente es la defensa de los intereses económicos de los Estados Unidos en todo el mundo. Es la pulsión por el enriquecimiento -la codicia a niveles absoluto- del grupo de los grandes capitalistas estadounidense lanzados a conquistar el mundo. Quien se resistía a dichos intereses, sin importar su modelo político o económico, automáticamente era catalogado como comunista y se le combatía con las armas, el bloqueo económico y toda suerte de artilugios ideológicos, incluida la religión, que pasó a ser una marioneta en manos de los propagandistas del Departamento de Estado.

Dictadores criminales como Batista en Cuba y Trujillo en República Dominicana asumían el discurso anticomunista en su esencia: se doblegaban a los intereses del gran capital estadounidense, y por esa postura infame recibían el respaldo del imperialismo norteamericano para masacrar sus pueblos, y en el caso del dominicano también al pueblo vecino. Cuando ambos sátrapas fueron derrocados los represores, ideólogos y torturadores de dichos regímenes se articularon en movimientos fascistoides como los Paleros en nuestro país o la Brigada de Asalto 2506 en Miami. Batistianos y trujillistas fuera del poder se nuclearon en torno al anticomunismo, con lo que afirmaban su sometimiento a los designios del complejo militar-industrial, tal como Eisenhower lo denunció y Bosch lo analizó en su obra El Pentagonismo sustituto del Imperialismo. Desde la ideología anticomunista se articularon los argumentos para la destrucción de muchos esfuerzos democráticos en la región, como el caso de Jacobo Árbenz en 1954, Juan Bosch en 1963 y Salvador Allende en 1973.

Analizando el grado de violencia que generó esa política anticomunista en todo el planeta Bosch argumenta que: “En la guerra de Viet Nam, como en la intervención armada en la República Dominicana, la razón esgrimida por los Estados Unidos, a lo menos en público, es la del anticomunismo: están peleando en el Sudeste de Asia y enviaron sus “marines” a la isla antillana porque ellos tienen una misión planetaria, la de destruir el comunismo dondequiera que éste asome la cabeza o dondequiera que a los Estados Unidos les parezca que hay comunistas. Desde luego, el derecho que se atribuyen los norteamericanos de aniquilar a los comunistas genera el derecho de los comunistas a aniquilar a los norteamericanos. El resultado lógico de esos derechos en pugna es un estado de violencia internacional muy adecuado para que una llamada “guerra limitada” resulte desbordada más allá de los límites previstos; y eso es lo que ha sucedido en Viet Nam” (Bosch, vol. VIII, pp. 346-347). En el caso de la guerra de Viet Nam -que era propiamente una guerra de independencia y liberación nacional- ese pueblo derrotó a los Estados Unidos y hoy día es uno de los aliados económicos de su antiguo agresor para beneficio de su sociedad. Es uno de los ejemplos más evidentes que el anticomunismo simplemente es el discurso imperial norteamericano para someter a todos los pueblos de la tierra a su designio. En Viet Nam sigue en el poder el Partido Comunista, como lo está en China, pero ambas naciones tienen mercados libres, empresas capitalistas y millones de burgueses que se enriquecen, pero no están sometidos a los intereses norteamericanos.

Bosch diferenció en el momento más álgido de la guerra en el sudeste asiático que los gobiernos de Europa no eran tontos y entendían la naturaleza perversa del discurso anticomunista y su grado de violencia. “Visto que los países europeos han abandonado su actitud de anticomunismo religioso, será difícil hallar un país de Europa que mande tropas a Viet Nam para combatir del lado norteamericano” (Bosch, vol. VIII, p. 349). Así ocurrió y la salida de las tropas norteamericanas y sus aliados del sur de la península fue vergonzosa y todavía hoy día sigue siendo esa guerra un baldón moral en la conciencia de los norteamericanos de buena voluntad. La mayoría de los estadounidenses son personas buenas, racionales y solidarias. Son minorías insensatas las que celebraron el asesinato de los hermanos Kennedy, Martín Luther King o Malcolm X, son pocos los que asaltaron el Capitolio o se confiesan seguidores de QAnon, minorías que odian a los negros y latinos, y por supuesto un grupo reducido los que alimentan el anticomunismo como ideología del terror y la agresión contra los pueblos más pobres.

Bosch se hace la pregunta sobre los factores que impulsan ese tipo de ideología contra los pueblos que buscan la soberanía, el progreso y la democracia. “¿Cuál es la fuerza ciega que incapacita a los Estados Unidos para aceptar los cambios que se han producido ya en el mundo y que necesariamente llegarán a imponerse en Asia y en América Latina? Esa fuerza es la misma que los mueve a hacer la guerra de Viet Nam. En apariencia, es el anticomunismo, pero el anticomunismo es sólo el aspecto negativo —o anti— del afán de lucro. El afán de lucro de los norteamericanos es la fuerza ciega que ha convertido a los Estados Unidos en el campeón mundial del statu-quo” (Bosch, vol. VIII, p. 349). Es ese afán de lucro, esa codicia, la que está destruyendo la democracia, la que está aniquilando la naturaleza, la que promueve el racismo, la xenofobia y la misoginia. El trumpismo fue derrocado por la voluntad democrática de lo mejor de los estadounidenses. Sus tentáculos llegaron incluso a influir en grupos políticos dominicanos que han quedado huérfanos y ahora se juntan en Miami a llorar sus infortunios y evocar los buenos tiempos del trujillismo, el balaguerismo y hasta el trumpismo. Quizás, no lo sé, habrán cantado medio borrachos Cara al Sol o Viva San Cristóbal, a la usanza de los viejos gardelianos. Son vestigios de un pasado sórdido y criminal que los dejó varados en la cuneta de la historia.