Durante más de una década he andado en busca del contexto de aquella frase con que Julio Cortázar solía cortar de un tajo cualquier similitud sugerida por terceros. Entre el humo del tabaco y la mirada hacia el horizonte, Cortázar no daba más que un golpe seco de párpados, y decía: “Las comparaciones son cojas”. Dejaba un escenario donde, más que interrogantes y respuestas, fulguraba un péndulo de suspenso. Sin embargo, el genial cuentista argentino concitaba la Ekagrata (la atención), una de las más elevadas cualidades mentales con que siempre se hizo estimar, respetar y apreciar de sus contemporáneos. Para algunos, aquella salomónica respuesta de Cortázar aconteció en alguna alusión a la relación de su obra literaria con la de su coterráneo Jorges Luis Borges. Aun no tengo certeza. Aunque sí me acredito la sospecha de que la puntada saldría frente a alguno de esos paralelismos que tanto abundan en los pasillos de la literatura. Y de ahí que el gran misterio de la literatura sea un infinito abanico de paralelos que indisolublemente naufragan en el ancho océano de esa “cojera” de la que hablaba Cortázar.

A mí, Cortázar me transporta hacia el mágico paréntesis con que intento buscar una pródiga hendija entre El laberinto de la soledad y Los motivos del machete. En aquel laberinto conocí al “Pachuco”, personaje que concita el rostro de ese mejicano de ultramar ubicado aun detrás de aquella transparente muralla donde transcribe la danza de su conciencia. Si trasladara a nuestro contexto el difuso estatuto de aquella imagen podría ser que asomara el desgarrón del fallido Estado dominicano, el cual, si no ha creado literalmente “pachucos”, es decir, aquellos jóvenes a quienes Octavio Paz describía como los mejicanos que viven en las ciudades del sur norteamericano y que se distinguen por su conducta y lenguaje, sí ha forzado a millones de nacionales dominicanos a formar parte de los ghettos de las grandes ciudades norteamericanas y europeas, donde son vistos como “tígueres”. En España, los llaman “sudacas”, pero si fuesen del norte del África, los llamarían “arabushim”, según Noam Chomsky.

En ambas obras se destacan dos símbolos: identidad y heroicidad. Ambos unidos y por separado destacan en todo su esplendor el espíritu de pueblos que han apostado al destino de las armas; dos naciones, una descrita por Paz y otra por Soto Jiménez. Ambos resaltan la efervescencia de la sangre y el coraje, siempre dispuestos a despejar aquella máscara, desafortunadamente tejida de intentos; urdida en una obstinada sed de zafarse de ese “Otro” que nos acompaña desde los tiempos de la conquista.

Los motivos del machete despertó en mí el rumor de la sangre. Esos huecos de la conciencia me dicen haber encontrado allí un símbolo, el más vital de todos los que recorren la obra de Miguel Ángel Soto Jiménez. Ese símbolo es el machete, como si entre la casualidad y el destino jamás hubiese una tregua. Y no tendría más que acudir a Marguerite Youcenar para definir tres símbolos de la virilidad heroica. El primero es el sable, ahora relegado al terciopelo de las vitrinas; el segundo, el hacha, que formaba parte de las panoplias arcaicas hasta el día en que los hombres de Hitler volvieron a utilizarla para matar, pero que sigue siendo para nosotros un objeto de museo, anticuado, aunque algún leñador solitario la utilice para dar muerte a un árbol. El tercero no sería otro que el cuchillo, en el cual encontraría Soto Jiménez, transfigurado en los recónditos cromosomas de nuestros bisabuelos, aquel otro objeto ya emblemático en su obra: ese machete que ha hecho un periplo tan largo en toda nuestra historia.

¿Por qué no decirlo? En nuestro machete brilla nuestra cultura. Como si esto viniese a agregar un clavo a la quebrada puerta de una nación fraguada en los perplejos destellos de la inseguridad, o como si algo místico hubiese aparecido en la mente pródiga de ese hombre de armas que escribió de un súbito desprendimiento El Trujillicón, como una versión breve y al más sutil estilo de Shakespeare, una obra cuyas implicaciones resuenan como un aldabonazo que despierta aquellos predios dormidos en la conciencia de la nación. Y si el lector curioso interpelara a Soto Jiménez, este, sin sorprenderse, respondería: “Me he informado”.

Y ahora puedo decir que, en la tierra donde nací, el machete siempre ha estado ahí con la simplicidad de un rayo de sol. Pero los motivos son esas alas que el pensamiento raramente elige para volar hacia el infinito. Si las armas muestran con agudeza el semblante de una cultura, como ha dicho Soto Jiménez, por ahí este mismo autor se acoge a lo emblemático del verbo fundido hecho bravura y rectifica: “Lo importante no es el objeto, sino el hombre que lo empuña”. Ahora puedo hacerme las mismas preguntas que sobre el poeta Pedro Mir se hizo Jaime Labastidas: ¿Cómo es posible que Soto Jiménez sea un desconocido en América? ¿Qué puede explicar que su nombre no aparezca al lado de los de Octavio Paz, Eduardo Galeano, Carlos Monsivais, Elena Poniatowska? Ya por ahí, sobre Mir, aunque me han criticado, he dado una respuesta a las crudas interrogantes de Labastidas sobre nuestro poeta nacional.

He tomado el tiempo que redondea la exactitud de una década para leer, estudiar y analizar la extensa obra de Soto Jiménez. En respuesta a Labastidas, me limito a afirmar que sobre la intelectualidad honesta de la República Dominicana ha caído un manto de negligencia. Una maniobra urdida contra un Estado que tiene las rodillas heridas por esa oligarquía rancia que ha buscado como sustento el desprecio de las grandes potencias. Y el resultado no podría ser otro que hacernos sentir ciudadanos arrinconados en una esquina del universo.

Retorno a la ya emblemática idea cortazariana sobre la cojera de las comparaciones para afirmar que, para Borges, el silencio del cuchillo era el único acorde que concitaba todas aquellas fantasías tejidas por el obsesivo recurso del arte. Atribúyase al cuchillo el impulso viril de la mano que ardiente desafía esas fuerzas que la muerte pone en su dilecta escena. Aunque el machete, por su humildad, no deja tener esos acordes que llegan nítidos a los predios del alma, tampoco carece de esos sonidos agudos o graves que fluyen con armonía como notas de cristal sobre la dura superficie del metal que desprende ese zumbido de abejas tras la búsqueda de la primavera.

He aprendido que nuestro rústico machete, además de acreditarse un nicho ya emblemático en nuestra cultura, es poseedor de dos pragmáticos atributos de nuestra cultura: ¡En su hoja reposa el alma de la nación, y en su filo fulgura el espíritu de nuestra identidad! Y, al fin, encontrado una mágica respuesta a la genial “cojera” de Julio Cortázar.