El vuelo de Miami a La Habana por American Airlines transcurrió sin problemas y el paso por migración y aduanas, en Cuba, fue organizado y rápido. Antes, en los ’90, habían algunas dificultades y los oficiales de migración hacían todo lo que estuviera a su alcance, para ofrecer una bienvenida lo menos amistosa que fuera posible a quienes visitaban a Cuba. Imagino que Estados Unidos copió de los cubanos, el incordioso procedimiento actual para entrar a ese país, mientras Cuba parece haber superado esa etapa.
Las visitas a Cuba desde Estados Unidos por interés educativo-cultural, artístico, medioambiental o por investigaciones científicas, aparte de los encuentros familiares que se han regularizado, son más o menos habituales -aunque fastidiosas por la tramitación de permisos especiales- y diariamente hay varios vuelos entre Estados Unidos y Cuba.
A pesar del embargo, la necesidad mutua y lo que supongo que puede llamarse “ley de oferta y demanda”, han impuesto la tendencia hacia mayores y mas frecuentes y diversos intercambios. Al menos parcialmente, se han enmendado situaciones muy traumáticas y dolorosas, como las rupturas familiares, que han conllevado, por décadas, terribles sufrimientos, tanto para los que permanecen en la isla, como para los que se han marchado.
Estados Unidos y Cuba han abierto algunas ventanas y puertas y Cuba, finalmente, permite que sus ciudadanos comunes viajen al extranjero. Nadie sabe por qué las autoridades cubanas tardaron tanto en que se les ocurriera esa brillante idea, si incluso la salida de los “marielitos” fue una de las maniobras políticas más rotundamente exitosas de Fidel.
La marginalidad de Cuba del comercio internacional, ha desabastecido la isla, ha dificultado y encarecido su acceso a servicios, productos y tecnologías y también ha eliminado perspectivas de negocios y comercio para Estados Unidos, en especial, con algunos sectores agroindustriales, que han solicitado más de una vez el levantamiento del embargo, aparte de que el muro ficticio, con aspiraciones de infranqueable, ha implicado toda clase de inconvenientes, algunos, bastante surrealistas.
Por ejemplo, los biólogos investigadores estadounidenses y cubanos han tenido grandes limitaciones -y aumento de costos- en el desarrollo de todos sus proyectos, por los obstáculos en las comunicaciones entre ambos países, mientras las especies que son sus objetos de estudio, van de un lado a otro, sin darse por enteradas del embargo, ni de las fronteras, ni de los enconos.
También, cuando alguien organiza un “tour” a Cuba, desde Estados Unidos, debe tener una justificación -y una agenda un poco al estilo camisa de fuerza- que ante los ojos de los inspectores de Estados Unidos, parezca desprovista de toda posibilidad de goces y diversiones concupiscentes y dilapidadoras.
Si EU te otorga un permiso para un viaje con fines educativos a Cuba, debes adherirte al itinerario aprobado con la devoción de un miliciano y no incurrir en transgresiones de espíritu pequeño burgués capitalista, como quedarte todo el día holgazaneando en un chaise longe a orillas de la piscina, tomando mojitos…
Y es que para los burócratas del Departamento de Estado un viaje “educativo” o “cultural” a Cuba debe ser por lo menos ascético. Quizás temen que los magníficos -aunque eso si, nocivos- cigarros y los rones de edición especial contaminen con ideas comunistas a sus ciudadanos.
Hasta estoy por creer que quienes manejan los detalles de esas disposiciones son los cristianos renacidos de la iglesia a la que asiste George W. Bush, en la que todos los feligreses son alcohólicos anónimos. O los amish. O los cuáqueros. O cualquiera que ignore que toda que la cultura de Cuba está sumergida en barriles de ron -y que hasta sus dioses y muertos lo toman- y en efluvios del tabaco, que ya formaban parte de la identidad de la isla, desde que estaba habitada por taínos, siboneyes y guanahatabeyes.
No deja de ser hasta cómico, porque en la elaboración de los itinerarios en estos viajes, me parece, que Estados Unidos se comporta bastante como si fuera lo que se supone que es Cuba y Cuba se comporta casi -casi, dije- como se supone que es Estados Unidos.
En Estados Unidos hacen unos interrogatorios como los de la Gestapo, tanto a la salida como al retorno -Y ¡Ay! de ti, si traes una botella de ron en tu maleta!- y ya los cubanos no suelen preguntar nada -o casi nada- tal vez, porque desde antes de que llegues ya lo saben todo…
Los “tours operadores” hasta envían formalmente y por escrito, la licencia del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, con una serie de espeluznantes referencias a las leyes -completamente inextricables- que rigen el viaje y remachan en la necesidad de asistir a todas las actividades, incluyendo las que a usted no le interesen y en que los ciudadanos norteamericanos no pueden gastar dinero en pecaminosos lujos cubanos, como los legendarios “mejores cigarros del mundo” o los rones, aunque sí se pueden adquirir obras de arte y artesanías.
Cada pintura o escultura o pieza artística -por suerte las carteras hechas con semillas de uña de gato y con las anillas de las latas de cerveza no están controladas de esa manera- debe salir de Cuba con un certificado que, según deduzco, tiene dos utilidades: la recaudación por cada certificado expedido de dos pesos cubanos convertibles, CUC (una moneda cubana, que es la única que sirve para comprar todo y que, por una serie de gravámenes, es unos 20 puntos más cara que el dólar estadounidense, aunque no hay forma de adivinar qué respalda su valor) y evitar que la obra en trámite de salida, no sea un original de Landaluze o Portocarrero, o algo así, aunque temo que pusieron el candado después de que una parte considerable del robo estaba hecho.
Además, el examen y verificación de las obras tiene por punto de partida el tamaño, (si las pinturas son muy pequeñas, no averiguan), imagino que siguiendo la respetable tradición impuesta por los ricos del auge del azúcar durante la II Guerra Mundial ,que seleccionaban las obras a adquirir, básicamente por sus dimensiones y la opulencia de los marcos.
Justo a la salida de Cuba, mi marido y yo tuvimos un pequeño impasse porque no aparecía uno de los certificados de artesanías adquiridas, pero después de voltear los equipajes y carteras al revés y al derecho y otra vez al revés y otra vez al derecho, el certificado apareció, no sin que antes las encargadas de la inspección, revisaran nuestros lienzos sospechosos de intento de expoliación artística: Tres Che Guevara, uno de ellos bizco, una Virgen de la Caridad Cobre, rodeada con todos los símbolos de Oshún, los girasoles y los pavos reales, un José Martí con la frente de Quasimodo y dos mulatas desnudas.
Digo, seguí al pie de la letra las instrucciones de la estadía. Soy alérgica a todo lo que tenga que ver con tabaco y el ron no se cuenta entre mis muchas debilidades, aunque tampoco tuve la descortesía de rechazar los omnipresentes mojitos que ofrecían en todas partes, a modo de bienvenida.
Seguiré -y terminaré- el miércoles.