A veces sin saber por qué o sabiéndolo, nos sentimos tristes. De solo escuchar la pregunta ¿Cómo estás? Empezamos a llorar o se nos hace un nudo en la garganta.

Alguien nos llama o llamamos a alguien y no lo podemos evitar, solo lloramos al escuchar su voz. Los más protectores de las apariencias dan un saludo que deja ver claramente cómo se sienten, aunque no lo digan verbalmente.

Así ocurre, es como si no pudiésemos controlarlo, estamos vulnerables, hipersensibles, con un sentimiento de fragilidad que nos toma por completo por horas y a veces por días.

Se llama tristeza y es muy humana, nos ocurre a todos y a todas, solo que algunos tienen más destrezas en ocultarla, ponerse la máscara de la risa y pensar que engañan a los demás sin saber que lo hacen con ellos mismos.

Hoy quiero defender la tristeza como una emoción sana y necesaria.

Desde hace unos años nos han querido convencer de que tenemos que estar alegres y eufóricos todo el tiempo. Hay literatura de psicología barata y autoayuda que inventa fórmulas para la felicidad sin ir a los profundo y que el efecto que tiene es que el lector se sienta más impotente frente a la simplicidad de estas recetas.

Si algo nos duele, tenemos derecho a la tristeza, si estamos heridos, lo más sano es un duelo que nos permita mirar la emoción, integrarla y despedirla.

Esa intención de mostrarse siempre fuerte, siempre alegre, siempre listos que sobre todo a los hombres les enseña esta cultura nos impide conocernos, entrar en el mundo emocional y por lo tanto crecer.

A veces no queremos bregar ni con la tristeza ajena, ya que en seguida comenzamos a decir las gastadas frases de supuesto apoyo, “Suelta eso que no vale la pena”, “La vida es hoy”, “Más para adelante vive gente”, frases todas que en vez de ayudar a que el otro o la otra se sienta comprendido, lo hace sentir peor, ya que no solo se sentirá triste sino juzgado por los que deberían acompañarle.

La felicidad no se compra en botica, es un trabajo de conciencia para ver todas las áreas de la vida, entre ellas una visión sensata del sentimiento de tristeza como parte de la vida que podemos conocer y aceptar, para poder despedirla.

Es por esto que me he animado a dar algunas recomendaciones concretas para crecer también en los momentos de tristeza:

  1. Trate de identificar qué le provoca el sentimiento de tristeza, póngale nombre, “Tal cosa me hizo sentir triste”
  2. Hágase acompañar de alguna amiga o amigo, cuéntele cómo se siente, comparta la emoción, no para que el otro le convenza de que no tiene razón para estar triste sino para que le escuche.
  3. Escriba cómo va viviendo el proceso, cómo se va sintiendo a cada momento y qué emociones y conductas va descubriendo.
  4. Llore si quiere hacerlo, llore cuanto quiera, mientras más lo haga más rápido saldrá de este estado.
  5. De acuerdo a sus creencias, utilice alguna técnica que lo ponga en contacto con la trascendencia y con usted mismo, como la oración, meditación, yoga, música, entre otros. Se dará cuenta cómo va saliendo y sintiéndose mejor
  6. A medida que se vaya sintiendo sólo un poquito mejor, sólo un poquito, cuando el río de lagrimas o el miedo a lo que ocurra vaya pasando, comience a hacer cosas placenteras para usted que lo pongan en contacto con la vida: una comida que le guste, visitar a alguien, mirar el mar o las estrellas acostado en el suelo, hacer ejercicio, ir al parque, darse un rico y largo baño, leer, lo que quiera.
  7. Si con esto no es suficiente y el tiempo de la tristeza se alarga, le incapacita o altera las rutinas de alimentación o sueño y hay algún antecedente de depresión en la familia, debe consultar a un psiquiatra

Todo este proceso le devolverá la sensación de fortaleza y control de sus emociones sin haberlas tenido que negar y ocultar, sino confrontándolas y trabajándolas.

De manera que la próxima vez que vea llegar a la tristeza, dele la bienvenida, abrácela y despídala. Esto tiene un poder incalculable para su crecimiento emocional.