Don Ramón amaneció cansado y sudoroso porque el apagón le duró toda la noche, se bañó con un jarrito, echándose poco a poco el agua que su mujer le trajo en un cubo subiendo trabajosamente, por su edad y gordura, tres niveles de escaleras, a pesar de ello, como es un hombre feliz, no le importó. Don Pedro leyó la prensa durante su desayuno, un nuevo escándalo de nepotismo y muchos millones malversados ocupaban un modesto espacio del diario, como esas cosas eran tan frecuentes y nunca pasaban de ahí, siguió siendo feliz, y no le importó. Doña Patricia se paró en la bomba de gasolina, notó que otra vez habían subido los precios de los combustibles aunque en esa semana el barril crudo se cotizó a un 6% menos, lo analizó y llegó a la conclusión que pagaba la gasolina bastante más cara que en  muchos países ricos, pero como nada podía hacer, se declaró feliz, y no le importó.

Don Juan, camino a la oficina, se encontró con un tremendo atasco que duró cuarenta y cinco minutos por un semáforo que llevaba varios días sin funcionar, como no podía ir a ninguna otra parte, no por eso dejó de ser feliz, y no le importó. Aquel día era el de cobro de Luís, su cheque como mensajero de la empresa describía un importe equivalente a 250 dólares, todo un mes de jugarse en pellejo y la vida en motor  por las calles, treinta días de estrés acumulado y seis personas que mantener, un panorama bien complejo, pero como ser feliz es lo primero, no le importó.

A Roberto y María una joven pareja con un niño de pocos meses de nacido les llegó la factura de la luz, hasta el momento pagaban un promedio soportable de 2,300 pesos, pero ese mes, a pesar de no haber aumentado el consumo y sí haberse recrudecido los apagones, les facturaron 8.000 pesos, un 25 % del total de lo que ganaban, pero como reclamar era gritar en el desierto, decidieron seguir felices, y no les importó.

Ramón, un jubilado que trabajó cuarenta y cinco años en diversos empleos como administrativo, fue a cobrar su cheque de pensión, 1.500 pesos como único báculo económico de su vejez, cincuenta pesos diarios, pero como había otros que no recibían ni un solo centavo, se sintió muy feliz, y no le importó. Don Julio, que de no haber sido nada en toda su vida llegó a un buen puesto en uno de los gobiernos de turno, pagó con gusto aquella cena entre colegas, los churrascos importados, los vinos franceses, los finos entremeses, los exquisitos postres, los habanos, los licores exóticos, hicieron una cuenta de varias decenas de miles de pesos, pero con los millones que ganaría con ese negocito que le otorgaron, pensó que aún se podía vivir mejor, y no le importó.

Al salir del restaurante, un encuestador le preguntó si era feliz y él dijo que sí, que mucho. Pocas semanas después una firma inglesa de opinión afirmaba que los dominicanos somos los segundos habitantes más felices de la tierra. No lo hemos dudado ni por un solo momento. Es más, con nuestra  forma de ser, deberíamos haber quedado los primeros.