Al inicio de este año el mundo seguía padeciendo las terribles secuelas producto de la crisis iniciada en 2007, las malas prácticas bancarias y la socialización de las pérdidas han llevado a una desconfianza generalizada entre los agentes económicos, que no han hecho más que entorpecer las intentonas de recuperación. En la secuela de este año los protagonistas han cambiado, Estados Unidos pasa a un rol secundario mientras Europa toma la principalía dada su incapacidad de dar respuestas contundentes al desastre financiero.

Estados Unidos ha ido retomando la senda de la recuperación, el presidente Barack Obama fue premiado con un nuevo período de cuatro años gracias a la creación de más de cuatro millones de empleos reduciendo la tasa de desempleo desde el 10% al 7.9%, reforma al sector sanitario permitiendo la entrada de millones de estadounidenses al sistema de salud, reforma al sistema financiero recortándole el libre albedrio a WallStreet y por si fuera poco, sustantivas ayudas a las minorías ofreciéndoles legalización y acceso a visados. Pero lamentablemente del otro lado del atlántico no han corrido la misma suerte.

Dentro de la misma Europa hubo cambios en el line-up, la novela griega que tantos dolores de cabeza dio en 2011 ha seguido su cauce, pero otros actores le han llevado la delantera en espantar los mercados, como han sido los casos de Portugal, España e Italia. Y no solo los países han sido los afectados, la estabilidad misma de la moneda comunitaria ha estado en tela de juicio en los últimos años.

Países tradicionalmente ajenos a la crisis fueron arremetidos por ésta, como fue el caso de Francia donde la inconformidad del pueblo se llevó de encuentro al gobierno de Nicolás Sarkozy dándole la oportunidad al socialdemócrata François Hollande. Las razones por la cual perdió la reelección Sarkozy fueron por la reducción del poder adquisitivo de los ciudadanos producto del aumento sostenido de los precios, desempleo y por la implementación de fuertes medidas de austeridad promovidas por la canciller alemana Ángela Merkel; medidas que Hollande aprovechó para sacar punta política hasta herirlo de muerte. Pero aún falta la elaboración de una profunda reforma fiscal y hacer un mercado laboral más flexible, si desean los galos alejar el fantasma de la recesión.

Grecia, sempiterno ejemplo de desastre económico y político europeo volvió a la palestra bajo disturbios generalizados en todo el país, rebaja de su calificación crediticia de parte de las agencias calificadoras, barajes de acuerdos internacionales para levantar la economía, eliminación de plazas laborales y la posibilidad de dejar el euro, lo que sería catastrófico para la economía helena ya que desataría el pánico entre los inversionistas y una segura brutal devaluación de la nueva moneda. En este nuevo año la economía griega debe reencausarse para lograr salir del atolladero, logrado vía mayor consenso político y apoyo de la ciudadanía.

Italia, por su parte, se encuentra inmerso en una profunda crisis donde la incertidumbre esta a la orden del día, recrudecida por la renuncia del primer ministro Mario Monti y el miedo del posible retorno de Silvio Berlusconi a dirigir el futuro del país. El pueblo italiano está cansando que se le siga cargando los desatinos de una clase política indolente, por lo que se hace necesario un poder político sobrio como el que ostentaba Monti o el nacimiento de una nueva clase política tecnócrata, alejada de los vicios del pasado.

Pero el protagonista en este año ha sido España, país que inició este periodo con un nuevo gobierno a manos de Mariano Rajoy y el Partido Popular, pero con una fuerte nebulosa sobre su sistema financiero donde la banca hizo un saneo por más de 50.000 millones de euros producto de la crisis en el sector de la varilla y el cemento, provocando huelgas en todo el territorio y desgastando rápidamente al nuevo gobierno.

El caso ibérico es uno de los más complejos: un profundo déficit, restricción del crédito, falta de confianza de los agentes económicos y un rampante desempleo que ronda el 25%; lo que ha desatado una reforma laboral que flexibilizó los despidos, recortes presupuestarios en los ministerios, aumento de los impuestos, lo que ha dejado al mercado con poco margen para competir.

Esta crisis ha dejado al descubierto las profundas asimetrías de las euro economías, la imposibilidad de lograr un acuerdo fiscal que ayude a relanzar el crecimiento y la falta de unidad política para atacar al corazón de la hecatombe financiera. El estado de bienestar es cosa del pasado, en la actualidad el ciudadano no cuenta con un estado parental que se ocupe de ofrecerles una vida digna, entiéndase pensiones, salud, educación y subsidios para los desempleados. Es necesario pues, establecer un plan creíble para la reducción del déficit, inyectar optimismo a los mercados y priorizar la recuperación de la confianza de los agentes económicos para retomar la anhelada senda de progreso.