A grandes rasgos…..

La arquitectura dominicana ha tenido a lo largo de su historia varios momentos de gloria y grandes exponentes, no siempre arquitectos, pero casi siempre dotados de un alto sentido común y de una alta conciencia de las condicionantes climáticas y ambientales de nuestra isla.

Desde antes de los tiempos de la conquista y de la colonia estas tierras han servido durante siglos como escenario para la práctica de un oficio que ha crecido paralelo al desarrollo de nuestra sociedad; unas veces traduciéndose en respuesta fiel a las necesidades de los ciudadanos, otras quizás no tanto.

Por otro lado, también es cierto que el lento desarrollo económico de nuestra sociedad impidió durante muchos años que nuestros pueblos y ciudades pasaran de ser caseríos con mínimos rasgos de planificación, emplazados en torno a centros de producción o de riqueza natural, a centros urbanos ordenados y acordes a algunas proyecciones de crecimiento.

Sin embargo -y esto hay que hacerlo notar- en muchos de los casos, poseían una marcada identidad arquitectónica autóctona merecedora del más alto reconocimiento. Vale decir que muchos de estos rasgos son comunes a otras islas del Caribe inglés y francés, y más aún a otras regiones tropicales que desde luego tienen idénticas características ambientales y climáticas.

Los arquitectos somos los responsables de interpretar  -y en muchos casos definir- las aspiraciones de una sociedad en materia de infraestructura urbana y no tan urbana

La realidad de hoy en día (triste pero no insalvable y a los ejemplos actuales nos remitimos) es que en muchos casos pareciera como si nunca hubiese existido una tendencia definida de cómo hacer las cosas, como si los rasgos de la arquitectura vernácula hubiesen sido tan tímidos que no nos sirvieran ni de guía, ni de inspiración ni de nada; dejando a varios de los edificios  que recientemente se van levantando como fieles exponentes de ninguna intención de diseño óptimo y eficiente.

Podríamos llegar a creer que la regla del quehacer arquitectónico que traza el perfil urbano de nuestras ciudades no va más allá de la consigna: Yo resuelvo mi problema y el que venga atrás que arree, o Yo hago esta torre para ganarme mis cuartos. Si a esto le sumamos el desvergonzado sistema de “desplanificación urbana” (quizás el término sea nuestro), imperante en nuestros usos y costumbres, el tema podría llegar a ser preocupante.

La ausencia de responsabilidad social no debe ni puede ser la norma de una sociedad que quiera ingresar al círculo virtuoso del desarrollo. La arquitectura es un gran espejo donde se reflejan los valores de una sociedad, sus niveles de bienestar y crecimiento. Los arquitectos somos los responsables de interpretar  -y en muchos casos definir- las aspiraciones de una sociedad en materia de infraestructura urbana y no tan urbana.

Es bueno que el perfil de Santo Domingo cambie, y que el de Santiago cambie también; y que el de muchas ciudades experimenten esos aires de bonanza, pero no a la brigandina ( que nos perdone la Bridge and Dine), ni con la complicidad del profesional con el perfil más social de los actores del cambio: el arquitecto.

En nuestro país se hace necesario una especie de código de honor -código deontológico le llaman- entre los profesionales de la construcción, unos lineamientos macros revestidos de sensatez y sentido común, consecuentes con los postulados de la arquitectura bioclimática (que incluye a la vernácula) y la eficiencia energética, cosa esta que sería lo ideal y es por lo que al final propugnaremos siempre.

Como ejemplo de agentes de cambio nos llegan a la mente los protagonistas de La Escuela de Chicago que para finales del siglo XIX y principios del XX, encabezaron una tendencia renovadora en la ciudad de Chicago, pionera en la introducción de nuevos materiales y técnicas para la construcción de grandes edificios en altura. Esta tendencia rompía en cierta medida con las reminiscencias de estilos pasados, pero no porque fueran pasados, sino porque no servían ya. Aquí tendríamos que romper no tanto con el pasado (ojo al dato), si no con las formas poco eficientes de proyectar nuestros edificios y ciudades.

Aquel momento histórico de reordenamiento urbano motivado por el auge económico del Chicago de Louis Henry Sullivan, William Le Baron Jenney, Henry Richardson, y potenciado por la desgracia del incendio de 1871, nos puede servir de inspiración para acometer la empresa del crecimiento ordenado de nuestros centros urbanos. En aquel contexto de cambio de siglo, Chicago experimentó lo que muchas ciudades de nuestro país están viviendo ahora: la necesidad de crear mejores edificios residenciales y comerciales con los pequeños rascacielos como elementos de definición del Skyline.

No nos oponemos al cambio de perfil de las urbes dominicanas, pero si nos oponemos al crecimiento deforme, desordenado y sin planificación que revienta las arterias de circulación de los barrios y residenciales con edificios que son sumideros energéticos. Estamos convencidos de que podemos hacerlo mejor, autoridades, arquitectos, constructores, agentes inmobiliarios, ciudadanía; podemos hacerlo mejor y ya hay quienes lo están haciendo mejor.

Es el momento oportuno para instaurar una nueva escuela de arquitectura en dominicana, no tanto una reedición de la famosa Escuela de Chicago, pero si inspirada en su espíritu de cambio y renovación de un paradigma que pocas cosas buenas nos augura. Comprometida con la sostenibilidad, el medio ambiente y la colectividad. Rompamos el ciclo de pan para hoy y hambre para mañana.

La forma de hacer arquitectura, de pensar y planificar nuestras ciudades, tendrían que ser un reflejo de las aspiraciones que como sociedad quisiéramos alcanzar. No solo un reflejo del desarrollo material de un pueblo, sino un sello de identidad a la vez que una ruta que a la luz de los acontecimientos actuales se revele como sostenible y energéticamente eficiente.

La única posibilidad para que estas líneas pasen de ser pura poesía, es abrir una mesa de debate y planificación, un espacio para la discusión y planteamiento de las soluciones…. Algunas de ellas las hemos querido ir expresando por aquí e intentaremos continuar; cuenten con ello.

Hagámoslo mejor….  En memoria de Don Guillermo González. (*)

(*) Padre de la arquitectura moderna dominicana, nacido en Santo Domingo (1900-1970). Estudió en la Universidad de Yale en 1930 obteniendo los más altos honores. Entre sus obras podemos citar El Parque Eugenio María de Hostos (antiguo parque Ramfis), el edificio Copello, el Hotel Jaragua demolido en 1985, la planificación de La Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, el Ayuntamiento del D.N y el Congreso Nacional. Como reconocimiento a su obra y trayectoria, fue declarado el 3 de noviembre fecha de su natalicio, Día de la Arquitectura Dominicana.